sábado, diciembre 3, 2022

El cadáver exquisito

Bajo la indolente presidencia en funciones de Mariano Rajoy, los españoles hemos asistido, como en una especie de juego surrealista, a la escenificación histórica de la dejadez política, al renunciar el encargo del rey para defender su investidura, dada su condición de líder del partido con más escaños en el Congreso nacido tras las elecciones del pasado 20D.

Después de este gesto de inédita desidia, hemos presenciado la investidura frustrada de Pedro Sánchez, a quien el rey hizo el mismo encargo en su calidad de candidato de la siguiente formación política con más parlamentarios en la cámara. En mi opinión, Rajoy es desde entonces un cadáver exquisito, un zombi político. Y así lo señalé en otra columna, publicada en este amable medio bajo el título, Adiós, señor Rajoy. El Registrador se mueve, camina, incluso balbucea y echa chispas, pero está terminado, como los ciborg de James Cameron.

Rajoy es desde entonces un cadáver exquisito, un zombi político

En este escenario, toda España ha sido testigo de la doble negativa del Partido Popular y de Podemos a permitir un gobierno acorde con los resultados electorales, es decir, un gobierno de consenso y de pacto, que es precisamente lo que propone el acuerdo alcanzado entre el Partido Socialista y Ciudadanos. Y ello, a través de un documento de actuación programática firmado entre estas dos formaciones, pero que ha estado abierto al Partido Popular. Para mayores garantías de transparencia, el documento ha sido negociado, con luz y taquígrafos, en sede parlamentaria y a partir de propuestas sensatas de gobierno y de regeneración política; y nunca sobre la base de cuotas de poder, vicepresidencias todopoderosas o reparto de prebendas, sillones y ministerios.

Entre tanto, los líderes de la derecha y de la izquierda radical, Mariano y Pablo, se han unido eficazmente para dinamitar cualquier oportunidad de acuerdo, cualquier posibilidad, por mínima que sea, de negociación y entendimiento, reeditando con éxito la pinza que preconizó Anguita.

Para ello, el PP ha representado sin tapujos su oposición frontal a cualquier pacto que no pase por un gobierno popular, presidido por Rajoy, mediante la negativa explícita y reiterada a cualquier otra posibilidad y, lamentablemente, a través de la puesta en escena de gestos de evidente de falta de educación y de cortesía, muy elementales, como cuando el presidente interino le negó la mano a Sánchez, legítimo representante de millones de votantes.

Podemos, en cambio, más sofisticado en sus planteamientos y estrategias, ha diseñado su feroz oposición a la negociación y al consenso a partir de un discurso explícitamente afirmativo en torno al pacto, pero implícitamente inabordable, chulesco y obsceno, pidiendo a los socialistas, por sorpresa, en público y con malos modales políticos, un acuerdo leonino e imposible con las fuerzas más radicales del mapa político.

Ya he escrito en otras ocasiones que a Iglesias no le interesa el acuerdo con el Partido Socialista sino la convocatoria de unas nuevas elecciones donde ansía robarle los votos y el espacio político. Eso sí, el líder populista quiere acudir a la campaña electoral acusando a Sánchez de no haber querido pactar con las fuerzas de la izquierda. Y, con esa excusa, pedirá para sí el voto de los verdaderos socialistas como su “abuelo”. Lo veremos.

Felizmente, los gestos y los actos en política tienen sus consecuencias. Y los sondeos indican que, para el 48% de los españoles, la investidura frustrada del candidato socialista ha sido una mala noticia. Lo lamentan, según la encuesta realizada por Metroscopia tras la segunda investidura fallida de Sánchez, tanto la mayoría de los votantes del PSOE como los de Ciudadanos, pero también, ojo al dato, la mitad de los votantes de Podemos, quienes desaprueban el voto negativo dado por Iglesias al candidato socialista. Es el caso de Manuela Carmena, que expresó en primera persona este estado de opinión, antes de verse avocada, bajo presión, a puntualizar y rectificar sus palabras.

Algo muy significativo de este sondeo es, a mi juicio, que el 80% de los encuestados crea que el tren del presidente Rajoy ha pasado. Siendo particularmente clarificador que el 42% de los votantes populares haya indicado el deseo de que su partido se abstuviera en la votación final o, todavía más llamativo, que el 47% de los propios votantes populares dé por finiquitado a Rajoy. En conclusión, la gran mayoría de los españoles, incluida la mitad de los votantes del PP, quiere un gobierno de cambio y sin Rajoy. Pero, no obstante esta realidad, todos los diputados populares han rechazado, dos veces, la investidura de Sánchez ¿Quién representa entonces a la mitad de los votantes del PP?.

Estas consideraciones políticas y demoscópicas me llevan a cuestionar si realmente las diputadas y los diputados en Cortes, populares en este caso, son libres y honestos y, sobre todo, si responden democráticamente al mandato representativo que les legitima (según el cual ellos encarnan al pueblo y, en consecuencia, a la hora de votar y de participar en el Congreso no están sujetos a órdenes de nadie, pues su mandante es el mismísimo Pueblo) o si, por el contrario, responden en verdad y “de facto” a un nuevo mandato imperativo, antidemocrático y proscrito desde la Revolución Francesa, pero ordenado ahora desde el aparato de su partido.

No sobra recordar que el mandato imperativo, institución medieval donde las haya, imponía a los diputados o procuradores en Cortes la obligación de actuar y votar según el encargo exacto de sus señores o poderdantes privados, representantes siempre de los estamentos, es decir, de la nobleza y del alto clero terrateniente.

Pienso que si los diputados y diputadas populares, democráticamente hablando, hubieran obedecido a su conciencia, a sus votantes y al mandato representativo que, en democracia, les vincula directamente con el pueblo, deberían haber pactado o haber permitido, al menos, la investidura de Pedro Sánchez, dada la renuncia de Rajoy. Pero no lo han hecho, porque realmente no representan los intereses de los ciudadanos, ni siquiera los de sus votantes, sino a los suyos propios y al aparato de un partido corrupto hasta la médula.

La fuerza política que ha sido capaz de entender su papel en esta crisis, como agente político de una verdadera democracia representativa y avanzada, ha sido Ciudadanos. Y su líder, Albert Rivera, ha sabido, una vez más, administrar los tiempos políticos con maestría y transparencia. Espero que las urnas, si llegan, ajusten las cuentas a unos y a otros.

Ignacio Perelló

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