sábado, diciembre 10, 2022

Adiós, amigo

Cuando un amigo se va, el consuelo que tenemos es que sabemos que la muerte no es el final. Por eso, Jesús Hermida vivirá mientras vivamos quienes le conocimos y nos honró con su amistad. Pido perdón a los lectores de este apunte por introducir un registro de connotación personal en lo que, en puridad, debería ser columna dedicada a glosar o analizar la actualidad. Pero actualidad es el adiós de Jesús Hermida, personaje público, en la medida en la que durante años fue uno más de la familia de todos los españoles que veíamos la televisión. La televisión crea un extraño mundo paralelo, holográfico, en el que la realidad se mezcla con lo virtual y de esa fusión nace la ensoñación de que quienes aparecen en la pantalla forman parte de nuestra entorno familiar. Quiero decir que uno tiene la sensación de que conoce a las gentes de la televisión de toda la vida, como si formaran parte de la nuestra. Le conocí personalmente en 1981. Jesús ya lo había sido todo en TVE. Desde la corresponsalía de Nueva York había abierto las puertas a la modernidad a la hora de  dar noticias y contar historias. Había narrado la llegada del primer hombre a la Luna y de vuelta a casa dirigía con maestría el programa estrella de las mañanas. Era director general Fernando Castedo, Pedro Erquicia el director de Informativos y a mí, que había dejado la Cadena Ser, me habían contratado para dirigir el Telediario de la  noche. Yo era nuevo en Madrid y mientas me organizaba vivía en un hotel. Jesús tenía un «Mustang», el coche mito que se había traído de América y más de un día y más de dos, al terminar el programa, me pasaba a buscar por la Redacción y me acercaba hasta el centro de Madrid. Jesús era un tipo cordial, entrañable. Un tipo humilde que disimulaba su timidez envuelto en los pliegues barrocos del personaje televisivo que se había construido y que tanto dio de comer a los humoristas y caricatos que le imitaban. Probó todos LOS géneros periodísticos: reportero en el mítico diario «Pueblo», original comunicador en la radio, director de revistas, impulsor de canales de televisión. En todos los medios dejó huella de su peculiar forma de entender el periodismo. Triunfó en casi todo lo emprendido, pero, pese a las apariencias, nunca se dejó sorprender por la vanidad en la que se embosca la fama. Llevaba años en silencio, retirado sin ruido, habiendo hecho suyo el espíritu de aquél poema de Kipling que emplaza a caminar entre Reyes sin por ello cambiar la manera de ser y habiendo tratado por igual, como impostores que son, al triunfo y al fracaso. Descansa paz, amigo.

Fermín Bocos

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