lunes, febrero 6, 2023

El retrato

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La espera, incluso el abandono temporal o para siempre de una obra no es derrota. La vida es larga, y hay montones de obras que ni siquiera se comienzan. Lo dice Antonio López en conversación con Víctor Erice a propósito de El sol del membrillo (1992), indagación sobre el proceso creativo alrededor de un cuadro: el membrillero que AL pretende reflejar en un instante determinado, bajo una luz precisa. En la realidad está todo y hay cosas que la realidad no te entrega si no sabes esperar, comenta Erice.

Los que reprochaban el retraso en la entrega del Retrato de la Familia de Juan Carlos I no entendieron nada. Quienes habían sucumbido al error de confundir el perfeccionismo de AL con una suerte de emulación fotográfica, perfecta hasta los píxeles, merecen estar decepcionados. Su realismo es de otro orden. Véase la escultura Hombre y mujer (veintiséis años de obtención) y sus diferencias con la expresividad no tan realista, por satinada y canónica, de otros clásicos.

El cuadro es hijo de la honestidad y una tensa paciencia. Tiene luz y textura, pintura en sentido auténtico. Acaso nunca fue acabado, sino que con el fin del reinado llegó el momento de la terminación. De contenido respetuoso y austero, con una pretendida naturalidad -“sin mantos de armiño, cetros ni coronas”, dijo AL-.

Al hilo de la exposición que en estos días tiene lugar en el Palacio Real de Madrid, échese un vistazo a la selección de los comisarios y compárese con el  de Isabel la Católica, de Juan de Flandes  -“¿Por qué la pintura española es tan negra?”, dijo también alguna vez-, o con la fanfarria del primer Borbón en el trono de España: el Felipe V a caballo, de Louis-Michael van Loo; o el de su abuelo, Alfonso XIII, a quien Sorolla quiso modernizar en un espacio abierto, en los jardines de la Granja, pero que se empacó con uniforme de húsar.

Volviendo a la película del 92, aquella acababa saltando hacia lo hondo, como revelándose o resumiéndose en el relato de un sueño: los membrillos se pudrían “bajo una luz nítida a la vez que sombría, que todo lo convierte en metal y ceniza. No la de la noche, ni la del crepúsculo, ni la de la aurora…”

Y por ahí nos andamos, abiertos y pacientes, en lucha con la decrepitud; luz natural contra la muerte y contra el sueño. Arte que afronta y pugna contra todo final tomándose su tiempo.

José Luis Mora

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