sábado, diciembre 3, 2022

Cataluña, un asunto sentimental

“Obras son amores, y no buenas razones”, le decían a uno en casa cuando glosaba exageradamente las virtudes de las primeras novias. Atizar con el refranero castellano un artículo sobre qué está pasando en Cataluña seguramente pondrá los pelos como escarpias a más de uno. Pero entre el músculo de la V, los recursos al constitucional, la oleada jurídica y política, da la sensación de que a los políticos a ambos lados del rio Sènia (esa posible frontera a la altura de Les Cases de Alcanar) se les está pasando por alto que el principal asunto en Cataluña es de sentimiento. Aún diría más, sentimental. Amor, al fin.

Un Estado está provisto de músculo. El de sus agentes antidisturnios, el de los fiscales –más blanquecino y flácido, pero más difícil de esquivar–, el de la Soberanía Nacional depositada en urnas y su Parlamento, embajadas, ejército, Hacienda y, posiblemente el más mortífero, el BOE. No cabe duda de que durante los últimos lustros de repunte soberanista en Cataluña, los políticos españoles de buena fe han usado todas estas armas para resolver cuitas e iniciativas separatistas.

En el Palau de la Generalitat, Pujol, Maragall, Montilla y Mas han tenido también un buen músculo a su disposición. En el mini estado federal en que ha devenido la España de las autonomías hay también policías, hay normas, Parlament, y el músculo de la calle, que asomó hace un par de diadas y no para de fortalecerse en el gimnasio de la falta de liderazgo y respuestas de los políticos.

En esta guerra de músculos ahora mismo la escena se parece a la de un duelo del far-west. Mas y Rajoy, a ver quién en este caso desenfunda más tarde. El que primero lo haga, o sea, se raje de su órdago, quedará en aparente desventaja política. Si Rajoy usa el recurso del Constitucional; si Mas se rinde antes de ese recurso, en el callejón sin salida al que ha llevado a un pueblo en su enloquecida huida hacia delante. Duelo de tahúres que juegan con vidas y haciendas.

Nadie arregla nada, ni mejora los necesarios niveles de convivencia, ni siquiera da una salida airosa a la espantosa situación a la que nos enfrentamos

Y nadie arregla nada, ni mejora los necesarios niveles de convivencia, ni siquiera da una salida airosa a la espantosa situación a la que nos enfrentamos.

¿De verdad nadie ha ido a hablar con los paisanos catalanes para ver qué les pasa? Puede Rajoy llevarse el gato al agua con el Constitucional, seguramente Mas conseguirá no llevar a cabo el referéndum –que es lo que busca, créanme–, es posible que el BOE ponga a todo el mundo en su sitio. Igual hasta hay referéndum, a saber con qué resultado. Pero nadie piensa en las mentes y los corazones.

Es suicida legislar, recurrir, gobernar o tomar decisiones sin tener en cuenta los sentimientos de tantos habitantes de una parte tan importante del país como es Cataluña, con los que algunos juegan hipócrita e interesadamente. A más éxitos en los tribunales del Gobierno central, más se habrá herido los sentimientos de una parte significativa de quienes ayer estaban de cuerpo o mente en la Plaça de les Glories de Barcelona.

No es de marcianos pensar que ese millón de personas que este jueves ha ido con la estelada a manifestarse, quienes se hayan ido de puente pero por mera cuestión de supervivencia pero piensan parecido, solo espera quizás un poco de sensibilidad.

A mi es como me ganaban cuando aquello de las novias. Si en casa se ponían cerriles en contra de aquella rubilla que yo (y ella) me sé, más ganas tenía de pelar la pava con ella. Decirle a tantos catalanes que se han quedado sin salir esta noche de ronda porque lo dice el Constitucional sin más, podrá hacer que se queden en casa viendo el Sálvame de Luxe, pero hará que hiervan (uno es fogoso de natural) de ganas de irse con la estelada a otra parte.

No se discute en qué lado está el peso de la ley. Se discute que precisamente discutiendo, y no legislando sin sensibilidad, se llega al acuerdo de convivencia que, piensa uno, es en el fondo un país, una nación (o un ligue).

 

Joaquín Vidal

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