viernes, diciembre 9, 2022

¿Qué Europa en 2018?

Este año de 2014 se conmemora el centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial que terminó en 1918 con el desmembramiento de varios Imperios. ¿Cómo llegara Europa a 2018 cuando se conmemore el final de esa Primera Guerra Mundial? ¿Con otros desmembramientos?

¿Serán Escocia y Cataluña independientes? ¿Y el País Vasco? ¿Será Ucrania un sólo país, incluso sin Crimea, o tendremos una Ucrania del Oeste y otra del Este nominalmente independiente o, incluso, integrada en Rusia? ¿Bélgica se habrá dividido en dos o Flandes se habrá separado? ¿Se habrá extraído la Padania del seno de Italia?  ¿Habrá conseguido Putin recuperar territorios en los países bálticos apoyándose, según su doctrina, en las importantes poblaciones rusas en esos países? ¿Se modificarán las fronteras de los países del Cáucaso? ¿Qué será de la Transnistria, especialmente si Moldavia se acerca a la Unión Europea? ¿Habrá otros cambios fronterizos? Baviera, siempre muy suya, ¿se dejará tentar por una moda de independencias? ¿Y Córcega? ¿Y Bretaña? Etc.

Estas incógnitas son esencialmente de dos categorías: las que amenazan desde fuera de la UE y tienen como protagonista principal a Rusia, y las que amenazan desde dentro de la propia Unión a través de los separatismos.

La caída del Muro de Berlín en 1989 permitió a muchos países recuperar enseguida la independencia y libertad que la Rusia comunista cercenaba pero no cuestionó las fronteras europeas de ese momento aunque hubo excepciones. En primer lugar, la unificación alemana que todos aceptaron. Otro caso fue la explosión interna de Yugoeslavia que dejó, sin embargo, intacto el contorno exterior de la antigua Federación. También hubo ajustes en partes de la antigua URSS, pero se interpretaron como problemáticas locales entremezcladas con cuestiones étnicas, religiosas e históricas. Se expresaron esencialmente por el Cáucaso y aledaños y algunas derivaron hacia soluciones impuestas por la vía de los hechos y no reconocidas por la Comunidad Internacional. Son los llamados «conflictos congelados».

Dado que el animador y valedor principal de estas situaciones congeladas es Rusia, ahora la de Putin, no queda otro remedio que ejercer firmeza respecto de Moscú para que no se anime a seguir por una vía que hasta ahora le ha ido bien. Los acontecimientos de Ucrania están desperezando al mundo occidental que empieza a encontrar sus límites de tolerancia. De ahí las recientes decisiones de cierta dureza política y de sanciones de la UE y de los EEUU, aún moderadas, respecto de Rusia y que la OTAN saque, renuentemente, del cajón doctrinas de contención por si Rusia se anima en exceso, aunque parezca improbable. En todo caso, ello debe complementarse con el dialogo, como el recientemente habido en Ginebra entre Ucrania, Rusia, los EEEE y la UE con un resultado razonable, si se cumple.

La Unión Europea fue la genial solución para evitar nuevos conflictos europeos. Sus componentes se habían enfrentado desastrosa y militarmente demasiadas veces. Al final de la Segunda Guerra Mundial se fijaron en Europa unas fronteras que nadie debía cuestionar para evitar nuevos conflictos. La UE fue luego, en la Europa occidental, un proyecto de futuro basado en intereses comunes por desarrollar y partiendo de esas fronteras establecidas por respetar. La UE exigió, antes de su ingreso, que los países con problemas fronterizos los resolviesen definitivamente, lo que hicieron.

La UE aspira, pues, a una integración cimentada sobre Estados miembros con fronteras definidas en el momento de su fundación o del ingreso de nuevos miembros por lo que no es aceptable la modificación de estas fronteras internas so pena de acabar creando problemáticas que podrían dar al traste con la propia UE. De ahí que la Unión no pueda ni deba aceptar secesiones en el seno de sus miembros y, si ello ocurre, la sanción es, siguiendo los Tratados, la salida automática de la UE del territorio que se separe de un Estado miembro. Da igual  una separación por las buenas o por las malas porque el hecho determinante que condiciona la respuesta es la separación de un territorio de un Estado miembro de la UE.

Pero la estabilidad fruto de la imprescindible intangibilidad de las fronteras internas de la UE requiere asimismo ir más lejos y no aceptar luego a estos nuevos Estados en el seno de la Unión, bien sea directamente o a través de otro miembro de la UE. Por ejemplo, si Flandes se separase de Bélgica no debiera de ser admitida luego en la UE como un nuevo Estado miembro o a través de otro, integrándose, pongamos, en los Países Bajos.

De lo contrario, si no se aplica esta doctrina, se favorecerán las secesiones y las modificaciones de fronteras, destruyendo de este modo la UE por dentro. Solo deberá de valer el retorno del “secesionado”, si quiere volver a la UE, a la “madre patria” que habría abandonado. Quien quiera es libre, pues, de abandonar un Estado miembro y, consecuentemente, la UE, pero debe tener claro que no hay camino de acceso a la UE desde una postura secesionista. En esto, la UE se juega su supervivencia.

Si la UE quiere llegar en buen estado a 2018, y más allá, debe de ser muy firme tanto respecto a las situaciones fronterizas exteriores que amenazan la estabilidad del Viejo Continente como por lo que se refiere al mantenimiento no solo de sus fronteras exteriores, en lo que cuenta con la OTAN, sino también de sus fronteras interiores cuya modificación afectaría negativamente a la estabilidad interna de la UE y, consecuentemente, del propio continente europeo. Por descontado, hay que dialogar para gestionar correctamente todas estas delicadas problemáticas, pero desde posturas firmes y claras. ¿Lo tendrán claro el nuevo Parlamento Europeo y la Comisión, que se derivará del mismo, así como el Consejo Europeo?

 

Carlos Miranda es embajador de España.

Carlos Miranda

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