lunes, febrero 6, 2023

Bueno, ya hemos repasado el estado de la nación. Y ahora ¿qué?

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Si le digo a usted la verdad, amable lector, me temo que esta vigésimo quinta edición del debate sobre el estado de la nación ha sido, con sus peculiaridades claro está -ahora Sus Señorías tuitean-, sensiblemente parecida a las veinticuatro anteriores a las que he tenido oportunidad de asistir: dos españas percibiéndose de manera contrapuesta y haciéndoselo saber con aspereza.

Las propuestas más interesantes, las críticas más aceradas a una manera definitivamente antigua de concebir la política, vinieron, curiosamente, de algunas formaciones 'menores', e incluso de los partidos nacionalistas, que, en punto a modernidad, no son precisamente lo más avanzado que pueda encontrarse en el mercado. Así que figúrese usted si, estando así las cosas, el famoso bipartidismo no habrá sufrido una nueva quiebra tras el importante acto parlamentario.

Y sigo diciéndole, querido lector, la verdad: tengo la sensación de haber escrito una columna parecida a esta otras veinticuatro veces, una por cada día final del debate de turno. Una cada año, por tanto. Siempre acude uno al debate, olvidadizo, con la esperanza de escuchar propuestas de verdadera renovación y siempre sale uno como el negro en el sermón: con los pies fríos y la cabeza caliente; harto de disparos con sal gorda y con la sensación de que allí nadie ha ganado y todos hemos perdido una oportunidad.

De todas las maneras, por si alguien me lo pregunta, diré que creo que el debate lo ganó Rajoy, al menos, y por escasos puntos, en su encontronazo frente a Rubalcaba: dos personas patentemente llenas de sentido común, honestas, preocupadas por el bien de la Patria y que, para colmo, se entienden mucho mejor en privado que en sus batallas en el hemiciclo. Lo que ocurre es que de ese buen 'feeling' apenas sale otra cosa que un presunto pacto para no enzarzarse en temas relacionados con ETA; en lo demás, no hay aproximación. Rajoy está demasiado sobrado, y Rubalcaba quizá demasiado empequeñecido.

Y, así, lo más notable y novedoso que surge del debate de este año es la propuesta económico-fiscal de tarifa plana para la contratación de nuevos trabajadores; una buena idea, sin duda (atribuible, por cierto, al líder de los autónomos, Lorenzo Amor), pero idea aislada al fin, que no aporta un panorama de regeneración a la vida política española. Que es, más allá de alguna propuesta de medidas beneficiosas para nuestro bolsillo -que bienvenida sea, claro-, lo que más necesitamos: una panoplia de pasos verdaderamente regeneracionistas, que nos sitúen en la modernidad, en la paz territorial y en una mayor equidad. Más política, señor Rajoy.

Y ahora ¿qué? Pues lo de siempre: ahora viene la Gran Pelea Electoral en el triple frente europeo, autonómico-local y general. Quizá una mínima remodelación ministerial -o ni eso-, las elecciones primarias en el PSOE y, claro, el olvido de cuantas resoluciones hayan sido aprobadas como colofón de este debate en la Cámara Baja. Los inmediatos meses políticos van a ser ciertamente apasionantes, porque estamos en la era del Cambio. Pero no será, desde luego, como consecuencia de las grandes ideas surgidas de este debate sobre el estado de la nación. Un estado que parece ser siempre el mismo -como si los tiempos no cambiasen- que hace un cuarto de siglo, cuando se celebró el primero de estos actos parlamentarios, allá por los tiempos de Felipe González, que puedo testimoniar que ya ha llovido desde entonces.

Fernando Jáuregui

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