lunes, febrero 6, 2023

Contrato único para comer insectos

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La actualidad no da, en su versión más despiadada, puntada sin hilo: el mismo día en que László Ándor, uno de esos caníbales de Bruselas, lanza la idea, llamémosle idea, del contrato único, la ONU canta los beneficios para el organismo de una dieta de insectos y gusanos. El contrato único, en efecto, abocaría sin remedio a ese menú único, a ese plato del día y de todos los días, que los occidentales, tan tiquismiquis, tan niños rusos, hemos despreciado siempre con un mohín de repugnancia.

Los esclavos, que es lo que, al parecer, quiere Europa que seamos los sureños, van que chutan con un contrato único

Mi pobre padre, que pasó su adolescencia en el interior del Madrid asediado y bombardeado, distrayendo la gazuza con las píldoras del doctor Negrín y con la rutilantes naranjas que llegaban a veces del Levante Feliz, ya llevaba pasadas algunas hambres cuando llegó, como contrato único para los perdedores, la hambruna fatal, brutal, de la posguerra. No quedó en Madrid ni un gato, ni un perro, ni una rata, ni una vaina de algarroba en los árboles, ni una triste flor de esas de «pan y quesillo», ni un pájaro, ni una monda de patata, pues el hambre de aquel millón capitalino de depauperados, de vencidos, lo devoraba todo, cualquier cosa. Lástima que no hubiera ONU, sino sólo una Sociedad de Naciones de agraz, pues ni mi padre ni sus amigos, esqueletos en la mejor edad, en la abortada fase del estirón, llegaron a enterarse de lo nutritivos y sabrosos que podían ser las chinches, las pulgas y los piojos que llenaban por miríadas la vida.

Los esclavos, que es lo que, al parecer, quiere Europa que seamos los sureños, van que chutan con un contrato único. Y gracias, pues lo siguiente, lo próximo, será la ausencia de contrato ninguno. La palabra del amo, el gruñido del capataz en la plaza eligiendo a éste o a aquél para la peonada del día, será suficiente. Pensamiento único, partido único, banca única, contrato único… La única variedad permitida será la de los insectos, ese rico cosmos de escarabajos y saltamontes, de cucarachas y abejorros, para que nadie se queje de monotonía en la dieta. ¿Para qué contratos fijos en esta Arcadia donde basta extender la mano, y pillar sin esfuerzo un tábano o una cochinilla, para procurarse el sustento?

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Rafael Torres

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