jueves, diciembre 1, 2022

Salen a la luz los secretos de campaña de los periodistas

Vengo sospechando desde hace tiempo que si los editores supieran el poco periodismo que hay en campaña, nunca pagarían las dietas.

Olvídese de picar puertas. En realidad, es más bien una empresa trivial. Los periodistas se dejan caer por los mítines del candidato — y los restaurantes — hablando sobre todo entre ellos y comparando notas relativas a los actos públicos a los que han asistido. (¿Fuiste a ver a Santorum a Salem? No, fui a ver a Romney en Hudson para poder llegar a lo de Newt en Nashua).

Pero esta semana pasó algo horrible. La responsable de la sección editorial del Post, Autumn Brewington, vino conmigo a New Hampshire — y descubrió el secretillo de la prensa.

Este año resultó ser un año particularmente manirroto en New Hampshire. Una vez que Romney ganó en Iowa, la pregunta no era si ganaría aquí, sino por cuánto. Pero la prensa se congregó de todas formas: las reservas hoteleras no eran reembolsables.

Los buenos residentes de New Hampshire, indiferentes a los candidatos, parecían menos interesados en asistir a los mítines que en años anteriores. El resultado fue que los grupos de periodistas desplazados superaron de forma rutinaria a «la gente real».

Mientras Jon Huntsman bajaba el ritmo de su campaña en New Hampshire con una escala el lunes en el local Crosby Bakery de Nashua, era seguido por cerca de 150 periodistas. Cifra total de votantes de New Hampshire: una docena a lo mejor. Y algunos de ellos parecían más atentos a hacerse fotos con el moderador del programa “Meet the Press” David Gregory que en ver de primera mano al candidato.

Haciendo de guía para mi editora, fue difícil ocultar el hecho de que la conducía en una gira periodística a ninguna parte. Entre nuestras primeras paradas estuvo el debate de Manchester, donde salió a la luz una de las verdades más bochornosas de la cobertura electoral: los periodistas que asisten a los debates ni siquiera ocupan la misma estancia que los candidatos. Nos sentamos en un gimnasio, enchufamos nuestro portátil — y luego vemos la televisión, como todo hijo de vecino en su casa.

Aunque mi editora contemplaba la pantalla delante de nosotros, yo traté de aparentar estar ocupado enviando tuits: “Gingrich ha sobrepasado oficialmente ya a Churchill en papada.?.?. Oh-oh. Suena a que Perry va a volver a necesitar el Desenfriol”.

El día siguiente nos dirigimos a un acto público de Gingrich que tenía una gran promesa metafórica: dialogaba con la comunidad hispana de Manchester organizando un acto en el restaurante caribeño y mexicano Don Quijote. Pero resultó ser más un truco escénico de cara al grupo de la prensa.

La campaña repartió chapas “Newt Con Nosotros” e hizo que un local de acento español presentara al candidato. Una hija de Gingrich ensayó lo que parecía un español elemental en el grupo. Pero su fluidez no importaba, porque los dos salones del local, y buena parte de un tercero, estaban saturados de prensa.

“Sólo veo caras blancas”, se quejaba nuestro fotógrafo. En lugar de hispanos, Gingrich se encontraba a manifestantes en los exteriores (unos cuantos disfrazados de mariachis y gritaban «Trabajadores del mundo uníos”) y preguntas hostiles dentro. “No voy a entrar en debates”, dijo a uno de ellos. “Me ha hecho su pregunta; ya está”.

En el acto de Rick Santorum el lunes, alrededor de un centenar de periodistas y 20 cámaras de televisión llenaban el vestíbulo de la Cámara de Comercio en la que Santorum peleaba con una megafonía que sonaba a espada láser de «La Guerra de las Galaxias». “¿Molesta? ¿Me molesta?” dijo a los presentes y luego apagó el micrófono. “¿Me escucha todo el mundo?”

“¡La televisión no!” respondió un cámara.

Un momento más tarde Santorum volvía a coger el micrófono.

Después de que Mitt Romney se dirigiera a unos altos hornos a las afueras de Nashua el lunes, el candidato aceptó preguntas de la prensa — que superaba a la cifra de locales a la vista. Pero hasta eso estaba preparado para las cámaras. Los ayudantes se aseguraron de que los partidarios que agitaban carteles de Romney fueran los únicos que se vieran de fondo en las imágenes. “Queremos a la prensa fuera”, decía un ayudante. ¿Querían a la prensa fuera de una rueda de prensa?

Mi editora y yo nos marchamos más tarde al Jackie’s Diner de Nashua, que está a la vuelta de la esquina del mitin de Huntsman. La camarera Bárbara Justason, de 77 años, nos dijo que estaba cansada de los actos de la campaña. “Todo es prensa y no hay gente real”, decía.

La «gente real» simplemente no entró en campaña este año. «Normalmente busco todo y mantengo grandes debates en la barra. Esta vez, ni siquiera me apetece leer los artículos del periódico», decía. «A lo mejor cierro los ojos y lo juego al pito, pito, colorito».

Eso es justamente lo que tememos decir a nuestros editores: que las primarias de New Hampshire simplemente no dan tanto de sí.

Dana Milbank

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