lunes, noviembre 28, 2022

Tahrir

Las movilizaciones de Túnez abrieron paso a una nueva realidad sociopolítica en los países árabes. La miseria, camuflada en formas rutinarias de subsistencia, también fue vista como una amenaza y hasta como una confabulación contra el orden establecido. En las protestas anónimas y aparentemente desorganizadas, se iba constituyendo algo más que un deseo de vivir: vivir con dignidad, con esperanza en progresar y en mejorar las condiciones de vida.

Los poderosos, vestidos de uniforme, atrincherados con las chatarreras en los pasillos de Palacio, o disfrutando de unas tardes de compras en la City un par de veces al mes, no percibieron en las revueltas el sentido trágico que las animaba. La idea de mejorar iba acompañada del deseo de no vivir de cualquier manera y, por tanto, de poder morir por los sueños. No es que se iluminara una conciencia vital entre el pueblo harapiento de Túnez, Egipto, Libia o Yemen, es que el mundo atravesando una nueva era de cambios que permiten asistir en directo a otros bienestares y a otras formas de vida mejores, se convirtió en escaparate de aspiraciones y en pantalla de comunicación directa entre los que habrían de ser protagonistas del cambio.

Al principio, el impulso radical carecía de organización en el sentido clásico, aunque de inmediato ésta fue ofrecida por los activistas más avispados. Los huecos, en política, nunca son espacios vacíos sino oportunidades para ser ocupados. Tahrir no hubiera sido la gran revuelta que fue sin la infraestructura básica de organizaciones islamistas curtidas en la inteligencia que se desarrolla bajo la persecución y la tiranía.

Pero los ciudadanos, sujetos de derecho, propietarios del sentido de ciudadanía, un bien filosófico pero también material en cuanto a justicia, derechos y oportunidades, protagonizaron con su resistencia civil el modelo revolucionario del siglo XXI, algo bien distinto de las pretensiones clásicas de los partidos islamistas, consagrados en la fobia antioccidental y en el cumplimiento estricto de las leyes divinas al modo talibán. Y su puesta en pie abrió la posibilidad de rebelarse contra lo actual, viejo y deplorable, defendiendo lo futuro, nuevo y emergente, que tantas similitudes habría de provocar en otras plazas del mundo, incluidas las del barrio financiero de Nueva York.

Ahora, mortificados de nuevo, los egipcios se vuelven contra su propia ingenuidad y contra aquellos estúpidos aplausos a la camarilla militar, beneficiaria de las grandes corrupciones del régimen, pero poco proclives a la lealtad con el sátrapa destronado. Ellos, los militares, ambiciosos de su posición privilegiada, son el blanco de las iras sociales y de aquellos otros que, siendo protagonistas de la oposición a Mubarak en organizaciones como los Hermanos Musulmanes – inspiradoras del islamismo radical que ha hecho tanto daño-, y que en los inicios de la revuelta se limitaron a cumplir con la caridad de la intendencia, ahora, cuando la decepción inspira más que la esperanza, vuelven a ser el refugio desconsolado de una sociedad que acabará instalándose en la peor expectativa que puede ofrecer un sistema político en un país árabe: la sustitución de una autocracia por otra, quizá hasta peor a la larga. Y los deseos de los ciudadanos y las ciudadanas que no se arrojen al ideal radical y religioso, se verán subsumidos por él, convirtiéndose, una vez más, en los pagadores del fracaso.

La pasividad occidental, la falta de implicación y de exigencia al gobierno de transición por parte de la comunidad de naciones, parece que enseña que sólo cuando la barbarie está instalada es efectiva la solidaridad de terceros y que si hay que contar con la ayuda de las democracias hay que haber prestado, primero, miles de muertos en una sucia y salvaje guerra civil.

Me suena. Ojalá no termine pasando lo mismo.

Rafael García Rico

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