domingo, febrero 5, 2023

Grito de placer

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Durante un tiempo y por motivos que no vienen al caso, viví en un minúsculo apartamento (estudio, llamaban entonces) de paredes tan finas que se oía perfectamente lo que ocurría en el apartamento de al lado y, si se me fuerza, en el del siguiente.

Al poco de vivir en él, alquiló el apartamento que estaba junto al mío una joven estudiante de Ciencias Químicas. No era muy guapa de cara pero si tenía un gran cuerpo.

Y entre que se oía todo lo que hacíamos en nuestros apartamentos, la coincidencia en el ascensor y alguna que otra clásica petición de sal o de leche, fuimos entablando una cierta relación que derivó en una buena amistad que nos llevaba a salir algún día a cenar o a tomar unas cañas. Era una situación muy cómoda para los dos. Cada uno tenía su vida, aunque debo reconocer que ella tenía pocas relaciones personales ya que se pasaba todo el tiempo estudiando, y cuando ninguno de los dos tenía nada a la vista salíamos juntos un rato.

Yo en aquella época tenía un par de amigas con las que me reunía de vez en cuando para hacer de todo menos estudiar, cenar o tomar copas. El problema era que, siempre que teníamos sexo en mi apartamento, me daba mucho corte porque sabía que cualquier tipo de ruido o sonido erótico-festivo era oído con nitidez por mi estudiosa amiga. Especialmente, con una de ellas a la que gustaba que todo fuese radiado. Méteme. Cógeme. Trae para acá. Ponte aquí. Súbete. Y eso era lo más liviano que solía decir, con lo que yo estaba seguro de que mi vecina lo escuchaba todo.

Tan seguro estaba que, un día, mientras nos tomábamos un café en una terraza me empezó a hacer bromas sobre lo delgada que eran las paredes y, sobre todo, lo chivatas que eran ya que lo cantaban todo, con lo que la conversación derivó a un cierto tono erótico con palabras de doble o triple significado.

Lógicamente, aquella noche, poco antes de acostarme, pasé a verla con la excusa de que se me había acabado la leche. Ella ya estaba en pijama y, en sus ojos, adiviné una cierta calentura también.

Me arrimé a ella por detrás mientras se agachaba a sacar la leche del frigorífico y puse mi sexo en su trasero. Ella se quedó quieta. Fue suficiente. En seguida noté que no llevaba braguitas. Bajé el pantalón del pijama y lo comprobé. Como comprobé que tampoco llevaba sujetador. Hice que se incorporase y cuando se puso de pié le mordisqueé la nuca. Ese es un gesto que nunca falla. La nuca de una mujer es una de las partes más erógenas de su cuerpo y, cuando se sabe hacer, se disparan. Pero aquella mujer seguía quieta, dejándose hacer.

Sin separar mi pene erecto de su trasero, giré hacia la cama y los dos caímos sobre ella. Yo no perdí ni un segundo más y puse en práctica todo lo que en el sexo había aprendido. Besé, lamí y mordí todo su cuerpo. Todos los pliegues de su cuerpo. Todas las fuentes de su cuerpo. Todos los orificios de su cuerpo. Pero ella era una pasiva de libro. Parecía que aquello no iba con ella. Yo ponía todo el interés del mundo pero ella daba la sensación que ni se inmutaba la pusiese como la pusiese. Suponía que le gustaba lo que le hacía porque mantenía los ojos cerrados pero no hacía nada. Era como un saco de patatas. Ni siquiera hizo ademán de meterse mi erección en su boca.

Pero yo estaba lanzado y ya andaba como loco por meter. Así que sin más, le abrí las piernas y la penetré, instante en el que gimió levemente. Pero, ay de mí, no llevaría quince segundos bombeando cuando empezó a respirar entrecortadamente y con rapidez… ¡Hasta que explotó!
Pero no fue una explosión cualquiera. Dio un grito que parecía que la estaba matando. Un grito que, estoy seguro, se oyó en todo el edificio. Me quedé de piedra. Es más, pese a mí experiencia, pensé que le había pasado algo porque se quedó inmóvil. Había sido un solo grito pero tenía que haber sido consecuencia de un placer brutal. Como sería aquello que yo perdí la erección y me fue imposible terminar.

Tan cortado me quedé que me levanté, me dirigí al frigorífico, saqué la leche y me fui a mi apartamento a dormir porque ella se había quedado frita.

Por la mañana, el portero del edificio me preguntó si había oído aquel grito tan espantoso, en palabras textuales, y si sabía de dónde había salido. Le dije que no sabía nada, claro.

Bastante tenía yo con pensar en cómo resolver el problema, porque aquel grito tan salvaje me había producido un morbo tremendo y no podía repetir en nuestros apartamentos.

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