miércoles, diciembre 7, 2022

Enfermos de inauguraciones

Lunes 28 de Marzo de 2011. El gobierno de Esperanza Aguirre incluye en su agenda del día ocho inauguraciones, dos visitas de obras y la colocación de dos primeras piedras. El lunes 28 de Marzo es el último día en el que las administraciones pueden llevar a cabo inauguraciones. La ley prohíbe hacerlo desde este lunes. Aunque suele ser una constante durante la legislatura lo cierto es que la tendencia al exceso inaugural se acentúa en las semanas previas a la celebración de las elecciones. Y alguna disfunción padece la política española cuando el legislador se ve obligado a poner coto al exceso. O, en sentido contrario, no hay duda de que sin ley asistiríamos a una orgía de primeras cintas que cortar, carreteras, hospitales, bibliotecas, centros de salud, calles, aceras, ascensores, papeleras, farolas que inaugurar. Todo vale, hasta el mínimo detalle, la inversión más irrelevante, para que los políticos no puedan sustraerse a la tentación de hacer de su obligación un mérito. Porque cuanto más tiempo pasa, cuantas más campañas electorales vivo, más creo ver en la actitud de quienes nos gobiernan una especie de desprecio a los gobernados. Es evidente que cada inauguración alimenta la hoja de servicios, tanto como que hay quienes creen que cada kilómetro de carretera, cada cama en un hospital, cada farola, papelera o ascensor equivalen a un puñado de votos. Y olvidan que la mejora de la sanidad, de la movilidad, de la calidad de vida es obligación que no mérito del gobernante.

Me atrevo a decir que la ley debería prohibir de manera permanente este tipo de actos que por el uso que se hace de ellos pierden la dimensión institucional para convertirse en simples actos de partido. La inauguración debería quedar para el primer ciudadano en ocupar una nueva habitación de hospital, en recorrer el primer kilómetro de una nueva carretera, en ocupar la primera butaca de un teatro reformado. Es tan obvio el abuso de este tipo de actos que en ocasiones se roza el ridículo sin que el descubrimiento de la trampa abochorne al tramposo. La pasada semana la presidenta de la Comunidad de Madrid inauguraba oficialmente una nueva planta del Hospital Clínico y una nueva zona de consultas en el 12 de Octubre. En los dos casos, los obreros siguen trabajando, las obras están aún vivas, los pacientes, los madrileños todavía no pueden disfrutar de lo inaugurado. Pero llegará la campaña, nadie recordará las inauguraciones de cartón piedra, los gobernantes presentarán como mérito el resultado de sus obligaciones, no pocos ciudadanos concederán valor a la mentira y acudirán a votar. Comenzará un nuevo ciclo, se repetirán los comportamientos, pasarán los años, llegarán nuevas inauguraciones, más obligaciones cumplidas y utilizadas torticeramente con fines electoralistas. Y serán pocos, lamentablemente, los que recuerden al gobernante de turno que una parte de esa cama de hospital, del kilómetro de carretera, de la farola, la papelera o el banco, una parte, aunque pequeña, también le pertenece al ciudadano. Serán pocos los ciudadanos que reclamen como propio una parte del mérito de lo nuevo, los que le recuerden al político que lo mínimo que se puede esperar de él es que revierta el dinero de los impuestos en los impositores para mejorar su vida.

Hay algo, sin embargo, que sí ha cambiado de un tiempo a esta parte. Gracias a la crisis y a Gürtel se han limitado los excesos. En aquellos tiempos de bonanza, los gobiernos regionales, incluido el madrileño, organizaban actos caros, muy caros, para mayor gloria del político de turno. Se pagaban miles y miles de euros por alfombras rojas, carpas, regalos para los presentes, cócteles, urnas de metacrilato, megafonía, papelería, propaganda. Y, tal y como ha destapado el caso Gürtel, en muchos casos abonando un precio muy superior al real. Destapadas las vergüenzas y vacías las arcas públicas han llegado los tiempos de la austeridad. Inauguran, sí, pero al menos ya no derrochan como antes. Aunque haya quien, como el Alcalde de Madrid, contrate a bailarines y actores para que embellezcan las salas del Conde Duque el día en el que visitaba las obras. Me temo que hay tics que no tendrán cura y que no desaparecerá de los manuales políticos el capítulo: «inaugura que algo queda».

Pedro Blanco

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