jueves, diciembre 1, 2022

Quince portavoces

El presidente Rodríguez Zapatero, en el primer Consejo de Ministros tras la última remodelación del Gobierno, dijo aquello de que serían “un presidente y quince portavoces”. Que se colocara él lejos de los focos y las furias tenía su significado en una estrategia más retórica que de fondo, pero ya se veía venir que lo de quince portavoces iba a ser un lío, sobre todo si cada uno de los ministros y sus allegados se creen que tienen una parte alícuota en la salvación del PSOE y se ponen a dar explicaciones.

Casi es mejor, si pretenden dar impresión de coherencia (de coherencia política y de coherencia entre ellos) que callen, como el ministro Blanco pidió sobre el hipotético final de ETA, y dejen hablar al vicepresidente Rubalcaba, que, además de ser una única voz, es mejor que ellos para las justificaciones como para los venablos. Si hay que tener protegido al presidente, nadie como él. Si hay que proteger, además, a los quince portavoces, resulta ser el más capaz.

Tuvimos, para empezar, el asunto de ETA y Batasuna en el que, además de la verborrea, parte de los quince se creyeron que tenían que responder al PP en vez de dar explicaciones, en materia tan sensible, a los ciudadanos. Se les mandó callar. Ha venido luego lo del Sáhara, tema sangrante en el que, escuchándoles, no sabemos si se reconoce o no, en la teoría y en la práctica, la soberanía de Marruecos sobre la antigua colonia, aunque nos va quedando claro que el Gobierno no quiere ejercer el papel de antigua metrópoli y potencia administradora que le corresponde. La ministra Salgado, según el día, nos cuenta que el PP –aunque no haya sido sólo este partido sino todos los grupos que no son sus coyunturales socios presupuestarios- es un partido “irresponsable” al querer debatir sobre la congelación de las pensiones para imponernos las reformas de Cameron o que, sin despeinarse, que el PP y los demás deberían ser “responsables” y darse cuenta de que los recortes de aquí son como en los otros países europeos, el Reino Unido incluido naturalmente.

Con quince portavoces, claro, se puede al mismo tiempo defender la laicidad del Estado que demorar en plena confusión la Ley de Libertad Religiosa. No asistir a la misa del Papa o utilizar la misa (la del Papa) para “demostrar” lo vergonzoso que es el PP, que puso en duda, al parecer, la seguridad del túnel bajo la Sagrada Familia de Barcelona. Defender los 420 euros para los desempleados sin cobertura o ponerlos en cuestión para cumplir los objetivos presupuestarios. Anteponer el crecimiento a las políticas activas de empleo o poner estas como el primordial reto ya que nada se puede segurar sobre aquél. Etcétera.

Son muchas las complicaciones para tantos portavoces. Más valdría, para lo que no es de la directa competencia de cada uno de ellas, que se limitara el número a los capaces de aumentar complicaciones sólo cuando quieren hacerlo.

Germán Yanke

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