domingo, febrero 5, 2023

Proteger el derecho al olvido

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Un mundo instantáneo e intolerablemente preciso. Móvil e interconectado. La Comisión Europea quiere abortar la profecía de Borges. Al menos que en la era de la reputación la identidad siga siendo propiedad de los ciudadanos, no de las redes, sistemas y poderes tecnológicos: empresas, gobiernos y procesadores de datos. Por eso Europa impulsa una consulta pública para el refuerzo de la protección de datos personales. Una tarea de las agencias de protección de datos que en los últimos tiempos han redoblado su vigilancia sobre las grandes empresas de internet y la comercialización de datos personales para publicidad y otros usos en la economía digital.

Vivimos con la primera generación cuya identidad, datos y actividad estarán enteramente en internet y las redes sociales: perfiles, fotos, recomendaciones, vídeos. Una generación cuya identidad real convive con otra de dominio público, inventada y alimentada para construir una reputación en las redes sociales. Una identidad construida con datos y relaciones para presentarnos y ser ante los otros.

Nuestros datos están en manos de gobiernos y empresas hasta un nivel desconocido: biométricos, biográficos, médicos, académicos, intereses personales y gustos, económicos, etc. Es casi imposible desenvolverse en la vida cotidiana sin que alguien reclame nuestros datos, la nueva moneda del hiperconsumismo. Tanto que comenzamos a asesinar la realidad con un exceso de información, como advirtió hace unos años el filósofo Jean Baudrillard.

La Comisión Europea quiere devolver el control a los ciudadanos en esta era de la reputación donde somos y valemos lo que nuestra memoria indeleble digital. Entre sus propuestas están reforzar el control y protección de los datos personales con reglas de consentimiento claras, imponer límites a la posesión de datos de los consumidores y asegurar su portabilidad, el derecho a llevarnos nuestros datos de una red social o un servicio digital a otro cuando queramos sin que nadie se quede con una parte de lo más nuestro.

Dos nuevos derechos fundamentales surgen para que la era de la reputación lo sea también del consentimiento: el derecho al olvido y a la minimización de los datos.

El derecho al olvido asegura la singularidad esencial del ser humano, su derecho a cambiar sin vivir atado a un pasado registrado y publicado. Derecho a borrar lo que fuimos y ya no queremos ser. A que nadie use nuestra el almacenamiento de nuestra identidad para propósitos comerciales o sin nuestro consentimiento. La minimización de datos preserva la privacidad y reduce la conquista o comercialización externa de la identidad. Nos permite mantener una parte de nosotros en el misterio y el enigma.

Derechos imprescindibles para evitar la maldición borgiana cuando somos ciborgs conectados en la ubicuidad de las redes sociales, los contenidos en internet (cloud computing) y los datos alojados en todo tipo de cosas: etiquetas RFID, realidad aumentada, etc.

Somos nuestros datos. Pero distinguir el almacenamiento de la memoria es crucial para la identidad y la libertad. Y la memoria nos pertenece a pesar del sueño de volcar la consciencia en un disco duro de ordenador.

Juan Varela

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