lunes, diciembre 5, 2022

Los abandonados

El destino tiene un macabro sentido del humor. Las grandes catástrofes naturales suelen asolar las partes más pobres, míseras y abandonadas de la Tierra. Resulta trágicamente paradójico que las naciones más avanzadas teman más a los hombres que a la Naturaleza. De todas maneras, cuando un país como, por ejemplo, Estados Unidos, se ve azotado por un huracán como el ‘Katrina’, es más sencillo que salga adelante porque tiene con qué hacerlo.

Haití, hace unos días, era una de las naciones más pobres del mundo. Su futuro ya era poco halagüeño. Ahora, después del terrible terremoto, es una nación literalmente en ruinas que no tiene nada con que intentar, cuando menos, salir adelante. Su pozo se ha vuelto mucho más profundo y a las muertes, desapariciones y heridas resultantes del seísmo se unirá pronto una miseria aún más acuciante. La pobreza no tiene límites.

Lógica y previsiblemente, el mundo ha reaccionado ante la catástrofe y varias naciones se han apresurado a comunicar que enviarán ayuda material, humana y monetaria al país caribeño. Las organizaciones humanitarias han lanzado la señal de alerta y pronto comenzarán a actuar sobre el terreno. Hasta Google Earth ha actualizado de forma casi inmediata su mapa fotográfico de la zona para ayudar en las tareas de rescate. Estas reacciones humanas y caritativas ayudan en parte a recuperar la fe en la humanidad, entendida en todas sus acepciones.

El problema es que, hace unos pocos días, nadie se acordaba de Haití, que malvivía en unas condiciones de salubridad, miseria y hambre absolutamente inhumanas. Dentro de unas semanas, cuando el terremoto deje de ser noticia, Haití irá recobrando poco a poco su normalidad de necesidad y precariedad. Sólo el empuje de las ONG continuará alimentando y curando unas pocas esperanzas. Y dentro de unos meses el país volverá a su pasado y su futuro será muy poco esperanzador, si es que la esperanza puede existir cuando apenas se tiene nada.

La vida es tremendamente compleja. Sobrevivir al día a día resulta a menudo algo titánico. En el entorno que nos rodea no suelen abundar verdad, bondad ni caridad. Hemos construido una sociedad materialista donde lo importante es el yo egotista, el Estado benefactor y los caprichos más peregrinos. El mundo camina tan deprisa que apenas nos queda tiempo para otra cosa que para el ocio más vacuo y los deseos más superfluos. De ahí que sea bastante difícil conseguir recordar a aquellos que tienen menos que nosotros, a todos aquellos seres abandonados de la voluntad humana, de un futuro mínimamente prometedor. Por muy comprensible que sea el hecho no deja de ser trágico, amargo, desesperante.

África, el Ejemplo, sigue ahí, pudriéndose en una tempestad de hambre, peste guerra y muerte, un apocalipsis real y cotidiano que, sin embargo, no es suficientemente llamativo para convertirse en la noticia de cada día. Haití, a su pesar, forma parte de esa pléyade de países que sólo interesan cuando tienen recursos o cuando en ellos ocurre una noticia digna de primera plana.

Por supuesto que hay que movilizarse para ayudar a los haitianos en estas circunstancias tan terribles. Pero deberíamos pensar que, si queremos seguir considerándonos humanos, siempre deberíamos estar movilizados mientras unos cuantos países, cientos de millones de personas, sigan viviendo en condiciones infrahumanas. Hay que mantener el alma despierta para que el olvido, al que siempre tiende el cerebro en busca de una complaciente supervivencia, no anegue nuestras almas y nos olvidemos de todos aquellos seres abandonados, marginados del mundo que consideramos más desarrollado.

Curiosamente, lo que digo en este artículo sería suscrito por la gran mayoría de los occidentales. Todos estamos de acuerdo en que hay cosas que se deben cambiar perentoriamente. Pero, no obstante, las cosas no cambian. A menudo denuncio en este mi rincón internáutico las carencias de España y su sistema democrático. Yo también olvido que mientras África siga en las mismas nunca seremos dignos de ser llamados humanos. El amor al prójimo, entendido en su sentido primigenio, auténtico, cerebral, humano, debería ser el principal motor de nuestras vidas. Ahora, por un terremoto, es algo que todos recordamos. Pero Haití, hasta hace unos pocos días, era un agujero olvidado, abandonado, prescindible. Desde luego no creo que en estas circunstancias vivamos en un mundo digno ni aceptable.

Daniel Martín

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