sábado 26/9/20

Se sorprenden mis amigos españoles cuando les cuento que suelo despertarme con el canto del gallo. Cuando uno está todavía perdido entre las sabanas, quizás con un ojo medio abierto, anhelando que esa mañana no suene el despertador, de repente escucha el canto del gallo. Primero suena una vez, algo cansino, un poco ronco, como si el gallo tampoco tuviera demasiadas ganas de comenzar la jornada. Luego, lo repite ya con más entusiasmo en un tono agudo. Por fin, a la tercera va la vencida, lanza su llamada con el orgullo de saberse único en todo el barrio.

No se admirarían mis amigos, claro, si uno viviese alejado del mundanal ruido, disfrutando de la paz de las verdes campiñas lusitanas, refugiado en cualquiera de nuestras muchas agrestes sierras o, simplemente, pasando la vida sin excesos en cualquiera de las modestas y entrañables quintas que rodean nuestra recoleta ciudad. Se sorprenden porque uno vive en el centro de Lisboa y, si bien es cierto que los agobios y atascos que padecemos en estas tierras no son, ni con mucho, comparables a los de otras capitales europeas, tampoco quiere esto decir que vivamos anclados en tiempos pretéritos.

Aunque ahora que lo pienso, tal vez algo de esto haya. Muchas mañanas desayuno en mi terraza. Me gusta perder el tiempo, mientras se enfría algo el café, contemplando cómo cruzan los barcos desde la otra orilla del Tajo. Es un fluir constante de esos transbordadores anaranjados que nosotros llamamos cacilheiros, en los que cada mañana viene a trabajar una multitud que vive al otro lado. También me gusta ver cómo pasa por el puente – al que algunos siguen llamando Ponte Salazar – esa interminable fila de coches y autobuses que se dirige hacia el centro bajo los gigantescos brazos del Cristo Rey.

De vez en cuando saludo a algún vecino que, antes de salir de casa hacia sus obligaciones, también pasa el rato en su terraza. Mientras, el gallo vuelve a cantar. Me asomo y veo que una de las vecinas de abajo está en su patio poniendo la comida en el gallinero. No sé cuántas gallinas tendrá. Quizás dos o tres, que revolotean cuando se acerca el vanidoso gallo. Son más que suficientes para abastecer de huevos frescos a toda la familia. Quizás hasta algunos sobren para vender en la tienda de la esquina. Luego, cuando una de las gallinas deja de ser clueca, sirve para cocer un caldo de primera o preparar una magnífica empanada.

Acabo el café. Me retiro sin prisas para ver cómo emplear este día que se promete luminoso aunque algo fresco. Recuerdo luego que algún día tendría que contar, también para asombro de mis amigos españoles, que esto de los gallineros lisboetas no es propio sólo de gentes humildes y laboriosas. También había uno bien llevado en el palacio de Palhavã, residencia del embajador de España.

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