domingo 26.01.2020

Coches antiguos, los caprichos caros

No teniendo nada que hacer un día, algo que me ocurre con frecuencia, paseando por Lisboa encontré en un garaje un Rover 2000 TC, de 1970, ese coche de líneas estilizadas, de motor potente (la versión de 3500 cc de seis cilindros ganó rallyes de Montecarlo), que fue el canto de cisne de la firma inglesa. Lo fabricaron para hacerle la competencia al Citroen DS, al que en España llaman Tiburón y en Portugal llamamos Boca de Sapo.

Se me ocurrió comprarlo, lo pagué caro para como estaba –soy bastante pardillo para los negocios- y me dediqué a restaurarlo. El donillero me había engañado. El resultado ha sido perverso. Tras montes de euros, me ha dado problemas, sigue dando problemas, aunque el motor funciona estupendamente. Y lo que es peor, me ocupa la preciada plaza de garaje en Lisboa, donde es muy difícil tener estacionamiento.

Ahora lo estoy intentando vender y, claro, como está mi país, hay muy pocos compradores potenciales, por mucho que baje el precio.

Todo esto me hace reflexionar sobre este afán que tenemos de poseer más cosas. Tanto útiles como inútiles. Hasta los que parecemos o presumimos de anticonsumistas, caemos en la trampa. Con estos tiempos en que la frugalidad está mal vista, creo que debemos volver a ella. Menos acumular cosas, objetos, menos ropa, menos restaurantes de lujo, leer libros prestados en las bibliotecas. Podemos vivir con menos, comiendo menos, bebiendo menos. Si no, terminaremos siendo los más ricos del cementerio.

El ocio y el tedio son malos consejeros para comprar cosas y para casi todo

Un coche antiguo suele ser una lata, capricho sólo de los potentados, de los que le sobra el dinero. Y a mí, con los precios por los suelos del aceite de oliva, ahora no me sobra el dinero. La heredad de Alcácer do Sal no da mucho, al revés, cuesta más de lo que produce. También la conservo por un errado sentimiento romántico, porque viene de mis tatarabuelos, porque fue el lugar de mis juegos infantiles, y hasta sobrevivió a la ocupación de fincas alentejanas después del 25 de abril que organizaron los radicales de entonces (ya saben mis lectores que el herrero comunista del pueblo salvó y aun mejoró mi biblioteca).

El ocio y el tedio son malos consejeros para comprar cosas y para casi todo. Se compran trastos inservibles, ropa innecesaria, zapatos que nos aprietan, libros que nunca leeremos, artilugios, automóviles que luego no tienen salida. Como decía Jacques Brel, faut pas jouer les riches quand on n’a pas de sous (no hay que jugar a ser ricos cuando no se tienen cuartos).

Si se está aburrido, lo mejor es quedarse en casa hasta que se nos pase. Y no tomar decisiones.

Coches antiguos, los caprichos caros
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