martes 24/11/20

Será cierto que el martes es día de mal fario, némesis de enamorados y de grumetes. Será verdad que sufre el sino del dios de la guerra, y que su hechizo se vuelve más siniestro cuando se topa con el aborrecido trece. Será inevitable o tiene que serlo o así lo sentí el pasado martes, cuando regresaba del Estadio Metropolitano tras un catastrófico empate frente al ignoto Qarabag.

Cabizbajos los atléticos, inmersos en un cruce de lamentos sin alcurnia de conversación,  topamos en el itinerario anaranjado de nuestro nuevo recinto con la invasión estrafalaria de una inesperada muchedumbre. Rojiblancos nuestro colores, negros y cenicientos los andrajos de los cientos de pasajeros que invadían los vagones al ocaso de la noche de difuntos.

Era noche de Halloween, ramalazo de desaliño y mal gusto que ha acabado de conquistar a las generaciones nuevas. La sobriedad del Tenorio, de los huesos de santo, de las conmovidas visitas a las lápidas de los nuestros,  desplazados por un grosero remedo de carnaval. Disfraces de betún y telaraña, de verruga y colmillo, de cicatriz y mercromina. “Y no estaba muerto, estaba de parranda”.

Mejor quedarse en casa, lejos al fin del fútbol o de la vulgaridad. Mejor escoger una serie del catálogo que nos ofrece el raudal de los nuevos canales. Mejor mudar el signo de las emociones y gozar de la transgresión y de la comedia esta vez en sus expresiones más agudas.

Y qué magnífica ocasión para disfrutar de los veinte episodios que componen “Master of none”, una de las series más inteligentes del menú televisivo. Su creador y protagonista es Aziz Ansari, cómico norteamericano de origen indio que deposita en sus cuidados  guiones  el relámpago de su propia biografía. Su alter ego, Dev, despliega un humor sutil, melancólico, y cosmopolita, que aborda a veces temáticamente los excesos del siglo que nos soporta: la telebasura, los mensajes de texto, las relaciones efímeras.

Pero Dev recorre además los andamios de la propia convivencia. Particularmente en la primera temporada, en la que vamos conociendo la personalidad de su autor en capítulos dedicados a la vejez, a los prejuicios raciales, al diálogo entrecortado entre padres e hijos. El sarcasmo con que se afrontan algunas de estas situaciones –con guiños como que los padres del personaje sean los padres del actor en la vida real- no impide explorar una veta romántica que se percibe en episodios como “Nashville” y que nos descubre una sensibilidad algo atribulada.

Así, mientras que la primera temporada puede verse como un racimo de capítulos que comparten tono y mensaje, la segunda construye una más sólida estructura argumental de la mano de un Dev cada vez más afligido en el terreno amoroso. El preludio es un hermoso capítulo que rinde homenaje al neorrealismo italiano y a “El ladrón de bicicletas” de De Sicca. A partir de allí Ansari nos transmite un desencuentro de ida y vuelta con Francesca, la joven italiana que como a Dev nos seduce, nos deslumbra, y nos irrita.

Entre medias se suceden los quizás más brillantes  momentos de “Master of none”. Como la secuencia de citas estrafalarias que se antojan baremo de su soledad, o el retrato de Nueva York a través de un reguero de vidas cruzadas. Formas de repetición en las que el autor incide magistralmente en el capítulo titulado “Acción de gracias”, que recrea en las sucesivas celebraciones el proceso en que su amiga Denise descubre y confía su homosexualidad al resto de su familia.

Se trata en fin de una serie cuidada, minuciosamente elaborada en sus planos y en sus guiones.  En el resultado final reverbera el humor del mejor Woody Allen, tan robusto en la descripción de las ciudades y tan frágil en los hilvanes de su propia humanidad. Y se encuentran algunas reminiscencias del estilo de “Seinfield”, tan mordaz en su fricción con la modernidad y tan efusivo en la descripción de la amistad.

En el fondo de “Master of none” palpita una dadivosa filosofía de vida. Sus personajes sucumben al paladar de los buenos alimentos, al hechizo de los viajes,  al respeto a sus raíces y a las de los otros, al regocijo del sexo, a la recompensa del amor. Ansari bosqueja un mundo solidario y apetitoso en el que resulta apacible imaginarse y en el que yo quiero creer que las derrotas deportivas son tan remotas como las infaustas noches de Halloween.

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