domingo 25/10/20

Tontos útiles de ayer y hoy

Con motivo del 60 aniversario de la muerte de Josef Stalin la pasada semana, Associated Press informaba de que los admiradores del dictador soviético, uno de los tiranos más sangrientos de la historia, se congregaban en el Kremlin para venerarle en masa como un gran líder a pesar de su repulsivo historial de represión. Junto a unos sondeos que registran un incremento de la admiración y la nostalgia de los rusos por Stalin, afirmaba AP, "Expertos y políticos se muestran desconcertados e inquietos en torno a su longeva popularidad".

Que haya rusos que manifiesten su aprobación hacia un déspota que lleva desde 1953 bajo tierra es inquietante, aunque no sea sorprendente teniendo en cuenta la campaña abierta por pulir la imagen de Stalin emprendida por el presidente autócrata ruso, Vladimir Putin. Pero un motivo de desconcierto e inquietud todavía mayor es el entusiasta aplauso a Stalin por parte de influyentes progres estadounidenses cuando éste se encontraba en el apogeo de su sangriento reinado -y la disposición de propagandistas, sicofantes y verdaderos incondicionales hoy a deshacerse en elogios hacia otros dictadores y criminales.

En la década de los años 30, mientras millones perdían la vida en las hambrunas artificiales terroristas de Stalin y la Gran Purga, el polémico periodista progresista Walter Duranty aseguraba a los lectores del New York Times que el dictador soviético estaba "dando al pueblo ruso… lo que quiere de verdad, es decir, una iniciativa conjunta, una iniciativa comunitaria". El reconocido crítico literario de izquierdas Edmund Wilson elogió a la Rusia estalinista por ser "el faro moral en la cima del mundo". Upton Sinclair, el novelista que más tarde ganaría un premio Pulitzer por su trabajo de ficción, defendió vigorosamente la validez de "las confesiones" que sacaba la policía secreta a muchas de las víctimas de Stalin: "Es evidente", decía Sinclair, que "no se confiesan las acciones que no se han cometido".

La adulación de los dictadores y los líderes de la izquierda por parte de intelectuales, periodistas y famosos occidentales no empezó con Stalin (en 1921, Duranty había elogiado a Lenin por su "estupendo y avezado sentido de la realidad"), y desde luego no acabará con él. La escritora Mona Charen recogía el fenómeno en su soberbia obra de 2003 Los tontos útiles, que pone un sorprendente ejemplo tras otro de progres estadounidenses que defienden, halagan y justifican los crímenes de un dictador izquierdista y un régimen comunista tras otro. Fidel Castro, Ho Chi Minh, Mao Tse-tung, el Jmer Rojo, Leónidas Brezhnev, Kim Il Sung, los sandinistas: una y otra vez se repite el patrón, desde los albores de la Revolución Bolchevique a la caída del Telón de Acero -y más allá.

Y la estupidez útil perdura.

Cuando la pasada semana falleció el caudillo venezolano obsesionado con América, Hugo Chávez, Human Rights Watch resumía su herencia de una forma curiosa: "Una dramática concentración de poder y desprecio flagrante a las protecciones elementales de los derechos humanos". A lo largo de sus 14 años de gobierno, Chávez logró reformar la constitución para abolir el Senado venezolano y derogar el límite a las legislaturas de los presidentes. Asfixió la independencia judicial, reprimió la libertad de expresión y utilizó sus competencias para "intimidar, censurar y procesar a los venezolanos" contrarios a su programa político. Chávez cimentó la alianza de Venezuela con Cuba -"el único país de Latinoamérica que reprime de una forma sistemática prácticamente todas las formas de disidencia política", destaca Human Rights Watch– y respaldaba de forma verbal a los dictadores de otras regiones, incluyendo al sirio Bashar al-Assad y al Libio Moammar Gadafi.

Nada de esto dio que pensar a los ideólogos, que competían por elogiar al matón fallecido. Chávez "entendió la democracia y el deseo humano básico de una vida digna" se deshacía el congresista de Nueva York José Serrano. El expresidente Jimmy Carter homenajeaba su "compromiso con la mejora de las condiciones de vida de millones de sus paisanos". Y el excongresista de Massachusetts Joseph Kennedy II, veterano respaldo de Chávez, se despedía de Chávez diciendo que era un humanitario interesado en los pobres.

Todo esto era precedido del retorno a los titulares de Dennis Rodman, porque el antiguo astro del baloncesto se había desplazado hasta Corea del Norte, donde el régimen más repulsivo del planeta preside un infierno Stalinista en el que cientos de miles de personas permanecen encarceladas en campos de trabajos forzados. Pero Rodman, cuyo viaje fue financiado por Vice Media, una productora estadounidense de izquierdas especializada en documentales, no viajó a ver de primera mano una pesadilla de derechos humanos. Iba a ver jugar al baloncesto, pasear con el nuevo dictador del país, Kim Jong Un, y –en un país en el que el hambre es la principal causa de muerte- darse comidas de 10 platos que los comensales describen como "un ágape épico".

En resumen, decía el organizador del viaje, "se lo han pasado bomba". Tanto que al parecer, ante una multitud de miles de personas, Rodman aseguró a Kim: "Somos amigos para siempre".

Ahí es nada. Es motivo de vergüenza, pero los dictadores como Kim siempre lo son.


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