domingo 22/5/22

Asuntos pendientes

No ha sido una declaración oportuna, seguramente arrima el fuego a la paja seca y añade un quebradero de cabeza suplementario a los que ya padecemos. Pero la presidenta Aguirre, en su estilo y con su tono habitual, ha vuelto a colocar sobre el tapete de la política nacional un problema sin resolver. Meses atrás planteó la insostenibilidad de una organización autonómica del estado, convertida en un disparate económico, y ahora nos plantea de nuevo la actividad desintegradora de los grupos independentistas en las instituciones del estado y en demasiados ámbitos de la sociedad.

Aguirre ha propuesto, como saben ustedes, suspender la final futbolera de la Copa del Rey si no se respetan la figura del Monarca y los símbolos constitucionales. En esta ocasión, como en tantas otras, ha logrado muy pocos aplausos y muchas críticas, pero la cuestión de fondo sigue ahí.

Todos de acuerdo: desalojar un estado atiborrado de decenas de miles de personas frustradas podría suponer un problema de orden público gigantesco. Premiaría además a los más radicales y supondría una bonificación mayúscula a los publicistas de la redención nacionalista, un argumento de regalo a todos aquellos cantamañanas que se sienten incómodos en un marco tan amplio y tan libre de convivencia. No es el momento, señora Aguirre, ni el escenario propicio, pero la escenificación repetida de esta falta de respeto al Jefe del Estado, al himno de la nación y a la bandera de todos, incluso de los que no la sienten suya, debe de atajarse de una vez por todas.

Cuando se negoció la Constitución todos los ponentes se dejaron parte de sus planteamientos en la cajonera, los partidos de izquierda mucho más que otros. Admitieron la monarquía heredada y renunciaron a la bandera tricolor y al himno republicano, emblemas importantísimos en defensa de los cuales tantos españoles habían luchado, dejándose la libertad y la vida en el empeño. De aquella Carta Magna nacieron los estatutos de autonomía y con ellos los gobiernos regionales y sus enseñas. Todos son hijos de la misma madre, le pese a quien le pese, y merecedores del mismo respeto.

Les voy a contar una anécdota personal. En plena efervescencia democrática marché de veraneo a una localidad de Cataluña. Cuando estuve instalado, contemplé con cierto asombro que las lonetas de las tumbonas reproducían la bandera catalana. Mi gesto llamó la atención del joven amaquero, y al venderme los billetitos del alquiler, me preguntó en tono desafiante: “¿Le molesta a usted la Senyera?”. “En absoluto, es usted muy joven, pero muchos catalanes de sus misma edad murieron defendiéndola, y no creo que les gustara lo más mínimo que termine sirviendo para que yo repose mis posaderas” –le contesté-. Me pidió disculpas y se ocupó de lo suyo.

El mismo respeto que yo tuve en aquel momento, Esperanza Aguirre lo exige ahora. No será el momento, pero algún día de estos deberíamos resolver este desaguisado.

Nota final: La noticia de la muerte de José Luis Gutiérrez me ha conmocionado. Me acuerdo de aquel viaje del presidente González a la República de China. Una planificación de locos hizo que recaláramos por accidente en Ankara, Emiratos Árabes, estuviéramos a punto de ser derribados por cazas iraníes y llegáramos con 24 horas de retraso a Pekín. El Guti se plantó ante Julio Feo, la mano derecha de González, y le dijo que lo iba a contar todo. Feo le enseño las manos firmes y le contestó: “mira como tiemblo”. Así se llamó la crónica que Gutiérrez publicó al día siguiente en Diario 16. Un extraordinario periodista y un hombretón de pedernal, rudo y tierno a la vez. Descanse en paz.

Fernando González-Estrella Digital

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