viernes 3/12/21

Fuego en las barbas del socio griego...

El tozudo avance de la crisis está provocando, entre otras cosas, que algunos mitos dejen de serlo o, visto de otra forma, determinadas seguridades están dejando de ser válidas, porque la realidad está siendo más como se temía que del estilo de la que se esperaba. Algo de eso está empezando a hacerse patente en torno al euro y el grado de protección que otorga a las economías asociadas a él.

Vale la pena recordar que, en los albores de la moneda única, los analistas más escépticos, en su mayoría sajones, acuñaron el desafortunado apelativo PIGGS para referirse a los países del sur de Europa a los que no concedían capacidad para ordenar sus finanzas públicas y consideraban seria amenaza para la nueva divisa, por lo que entrañarían de factor de inestabilidad. Llegaban incluso a recomendar su inadmisión en el primer grupo de países de la zona monetaria unificada.

La realidad, como es sabido, discurrió de forma distinta, pues fueron las dos economías tenidas por más serias, Francia y Alemania, las que incurrieron de forma palpable en incumplimiento de los límites fijados en el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC), impuesto precisamente desde el Bundesbank. Los meridionales, en cambio, se atuvieron escrupulosamente al compromiso, unos más que otros, sin que nadie trasladase a los transgresores la despectiva denominación.

El escenario presente, sin embargo, amenaza con recuperar viejos temores de que algunas economías de la eurozona introduzcan factores de inestabilidad en la moneda común. No sólo de parte de los rotulados PIGGS, aunque también. La primera señal de alarma ha surgido en Grecia, pero no hay que descartar que sigan otras: en términos generales, las de todos aquellos países que proyectan una progresión acelerada de sus déficits y endeudamiento en los dos o tres próximos años, entre los que figura lamentablemente España, con el poco halagador hito de presentar el mayor crecimiento relativo de su deuda viva entre el 2008 y lo previsto para el 2011.

Por malparado que esté su prestigio, hay que admitir que los mercados siguen haciendo relativo caso al veredicto de las agencias de calificación. Y éstas, en contra de lo sostenido por muchos, han comenzado a calificar las emisiones de deuda de los Estados, más en función de las expectativas de sus respectivas economías que atendiendo a la divisa en que aquéllas están denominadas. Es decir, la deuda en euros empieza a estar seriamente discriminada, según el país. Luego no parece que el sesgo de política aplicada en cada Estado vaya a ser tan neutral como algunos se han empeñado en patrocinar.

Las consecuencias son evidentes. A medida que la calificación de la deuda empeora, crecen las dificultades para colocarla entre los inversores y ello conduce a tener que incrementar los costes de retribución. En el mejor de los casos, por tanto, el servicio de la deuda se multiplica... y, en el peor, tampoco se pueden descartar dificultades para obtener recursos. Todo, en definitiva, añadiendo dificultades para la reducción del déficit y la recuperación.

De alguna manera, en un sentido más amplio, habrá que admitir que la crisis va camino de situar al euro frente a la difícil prueba -¿su hora de la verdad?- de constatar si puede resultar viable el esquema de gestión de que se ha dotado: un único estamento autónomo de decisión en materia monetaria y dieciséis -por ahora- para determinar otras tantas políticas en materia económico-fiscal.

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