viernes 3/12/21

Cosas no sostenibles

Algunas palabras se ponen de moda, no necesariamente por lo que significan. Va camino de ser el caso del vocablo sostenible, que empieza a servir lo mismo para un cosido que para un fregado en lo tenido por políticamente correcto. El cénit deberá llegar cuando se conozca y debata el texto que está preparando el Gobierno para sacar a la economía española de su actual grado de postración. Mientras, se usa y abusa de la palabreja, adjetivando con ella las cosas más variadas con el propósito de darles validez. No siempre, por cierto, con la adecuada correspondencia con el sentido que otorga la Real Academia: "que puede mantenerse por sí mismo, como lo hace, por ejemplo, un desarrollo económico sin ayuda exterior ni merma de los recursos existentes".

La ortodoxia dicta que todo se debe someter a esa condición, pero no parece regir para las cuentas públicas, cuya proyección a corto y medio plazo no hay modo de considerar sostenible, por muchos intentos que medien para disimular la realidad.

No hace falta ser ningún experto para concluir que gastar el doble de lo que se ingresa es imposible de sostener. Pero ni el Gobierno ni el resto de partidos con presencia en el Congreso parecen participar de esa valoración. Tan es así que lo más probable es que el proyecto de Presupuestos 2010 salga del trámite parlamentario con una previsión de déficit superior a lo propuesto inicialmente por el Ejecutivo.

Aunque las admoniciones y advertencias venidas de fuera suelen impresionar bien poco a los responsables domésticos, las hay más difíciles de refutar que otras. La Comisión Europea, por ejemplo, acaba de incluir a España en el grupo de países con mayor riesgo en términos de déficit público o, expresado de otra manera, entre los más firmes candidatos a padecer las consecuencias irreversibles de una profunda crisis fiscal. Recetas son las de siempre: cambios en el modelo de protección -sanidad, pensiones, etcétera-, recortes en capítulos de gasto corriente y remodelación del sistema impositivo, todo ello orientado a reducir la carga de deuda en términos de PIB. Pero las cosas no van por ahí. Ni siquiera se atiende el cumplimiento de las previsiones marcadas en el Pacto de Toledo, suscrito por todas las fuerzas con representación parlamentaria.

Ya que lo sostenible se ha incorporado con tanto entusiasmo al lenguaje político, bueno sería que su significado se aplicara, también y sobre todo, al modelo de gastos e ingresos públicos... a lo mejor reconociendo que, por loables que sean, algunos dispendios no se los puede permitir el país.

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