jueves 22/10/20

Competencia legítima... cuando toque

Electoralmente, en la Comunidad de Madrid, la presidenta Esperanza Aguirre es un cañón, pero deberá mejorar sus equipos cercanos si no quiere sufrir deterioros de imagen que, más temprano que tarde, pueden trasladarse al crucial escenario de las urnas. Sucesos superficiales, pero profesionalmente insólitos e inaceptables, como el personal desahogo con desconocimiento de la cercanía de un micrófono abierto, son menos graves por la digamos peculiar opinión imprudentemente revelada que por las facilidades dadas para su revelación. Al fin y al cabo, cosas de esas y mucho más desenfadadas comentan con sus colaboradores todos los políticos, de cualquier partido, casi a diario, pero ya cuidan sus equipos de que no trasciendan públicamente, lo que tampoco es por cierto tan difícil. El suceso es divertido pero, en términos reales, insignificante.

Lo importante, la cuestión de fondo, es que la cuarta entidad financiera de España, Caja Madrid, esencial en el escenario económico de la Comunidad de Madrid, tiene por fin en Rodrigo Rato un gran presidente, prácticamente a gusto de todos: esto sí que es consenso y un innegable éxito político del Gobierno de la Comunidad. Por razones y fuentes que no hacen al caso, tuve directa constancia, mucho tiempo atrás, primero, de que Rodrigo Rato era el candidato deseado por la presidenta Aguirre, y segundo, de que la perspectiva gustaba al candidato. Por sí misma, Caja Madrid es una institución financiera muy importante. Bajo la gestión de Rodrigo Rato y su equipo, su techo es el cielo financiero.

Nada que ver, por tanto, con esa maledicencia circulada de que Rato haya sido promovido por Mariano Rajoy para la presidencia de Caja Madrid a fin de quitarle de una presunta carrera por el liderazgo electoral del PP. Que Rodrigo Rato sería un excelente candidato a la presidencia del Gobierno lo piensan muchos, y quién sabe si entre ellos el propio Rajoy. Que a Rodrigo Rato le gustaría mucho esa perspectiva no es razonable dudarlo. Pero con la misma certeza puede afirmarse que no está en los modos ni en el estilo personal de Rodrigo Rato el maniobrar contra su jefe de filas, y que quien le conozca sabe que, mientras el candidato sea Rajoy, tendrá la lealtad y el apoyo sin fisuras de Rato. Mucho más verazmente, sin duda, que las de otros que presumen de ello de boquilla para fuera.

Volviendo al sin duda poco estético desahogo de la presidenta Aguirre, que tampoco es para tanto ruido como intencionadamente se ha generado, conviene también advertir que, entre políticos, y mucho más entre políticos del primer nivel, los conflictos tienen siempre matices y cautelas mucho más importantes y complejos que los que se perciben toscamente a primera vista. Que los segundos y terceros niveles de la muy popular presidenta Aguirre y del hiperactivo alcalde Ruiz-Gallardón tienen relaciones manifiestamente mejorables es cosa bien sabida. Ambos líderes son ambiciosos, ambos tienen peso real en el partido y por tanto no sólo sus espacios de poder actuales, sino también importantes opciones de futuro. Así que no es deseable, pero es natural que la competencia entre sus respectivos equipos tienda a ser más intensa de lo deseable en términos de partido, sin que de ello puedan deducirse otras derivadas. Sucede además que, en los equipos de ambos, hay, y sobre todo hubo, algunos personajes manifiestamente mejorables. Pero esa es otra cuestión.

He seguido con interés la carrera política de la presidenta Aguirre desde que, muchos años atrás, tuve ocasión de conocerla en el equipo que acompañaba a José María Álvarez del Manzano en su primera candidatura al Ayuntamiento de Madrid. No es cualquier cosa e incluso a pesar de sus formas extrovertidas y de su discutible criterio en la elección de algunos colaboradores, estoy convencido de que, además de un gancho electoral que parece difícil negarle, tiene largo recorrido por delante. Es, sin la menor duda, uno de los valiosos activos políticos del PP.

Y añadiré seguidamente, para granjearme el enfado de unos y el disgusto de otros, que también es un valioso activo político del partido de la derecha el ambicioso e inteligente jurista Alberto Ruiz-Gallardón, a quien los madrileños han bautizado como “el faraón” por su inocultable y excesiva tendencia a las obras sobredimensionadas. Coinciden además la presidenta regional y el alcalde capitalino en ciertas imprevisiones o errores de percepción a la hora de escoger colaboradores y formar equipos, pero en eso está claro que siguen una tendencia sorprendente y transversal, porque afecta a todos los niveles y a todos los partidos.

Así que, resumen del resumen, pienso que no sólo es posible, sino estoy convencido de que es probable que haya espacio para los dos en la futura dirección política del país, aunque hay pocas dudas de que, entre los electores del PP, hoy por hoy, es superior el gancho, o el tirón, como quiera decirse, de la polémica y combativa presidenta madrileña. En cualquier caso, y contra muchas informaciones poco fundamentadas, estoy convencido de que ninguno de los dos planea, en el corto plazo, “ser califa en el lugar del califa”, y que los dos cerrarán filas con Rajoy como candidato del PP mientras el partido, que ya va de ganador en todas las encuestas, incluso las del CIS, así lo quiera Otra cosa es el futuro a más largo plazo, por aquello tan sabido de que “no está el mañana, ni el ayer, escrito”. Es razonable pensar que cuando llegue ese futuro competirán, probablemente. Y con algunos otros, desde luego.

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