domingo, diciembre 4, 2022

Coplas de la España vacía

Y de pronto, en plena era de la innovación, va un treintañero afincado en Zaragoza y nos hace ver lo desapercibido que a menudo resulta lo inmediato. Dotado de una perspicacia que se ve y de un sentido del humor que se intuye, Sergio del Molino compone bajo el título “La España vacía” un ensayo embadurnado de la virtud de entablar un diálogo diferente con cada uno de sus lectores. Porque a todos nos atañe, nos turba, nos vivifica, el en sus palabras “viaje por un país que nunca fue”.

Parte el autor del que denomina “gran trauma”, la paulatina deserción de los predios y de las aldeas en el tránsito sin regreso a los núcleos urbanos. Pueblos anegados por presas de nuevo cuño, diásporas a las grandes metrópolis, migraciones más y menos forzosas. Se configuran así “una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada que he llamado España vacía. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía”.

Y como antecedente y engaño una España romántica, legendaria, atroz, multiplicada en su excepción por los relatos trémulos de los viajeros ingleses y franceses del siglo XIX: “España es uno de esos países que no se pueden visitar sin haber hecho testamento”, dejo escrito Germond de Lavagne tras sus recorridos por la Península. De miradas como aquélla emerge una geografía esperpéntica: es la hiperbólica patria de Buñuel, con sus trucos de guion y de cámara en el retrato despiadado de Las Hurdes y con los tambores de Calanda amplificando la rendición de Nazarín.

Antes de la consumación del “Gran Trauma”, la melancólica Generación del 98 miró con algo más que indulgencia el páramo que nos guarda. Tres autores sin memoria infantil de Castilla –Azorín, Unamuno, Machado- reivindicaron las hechuras de una tierra que poéticamente describe del Molino percibieron como “océanos de tierra”. Aunque más cínicamente agrega el autor que “un español tiene que intervenir porque le ha tocado un paisaje que no es paisaje, sino un problema a resolver”.

Semejante definición afecta a una significativa porción de tierra que abarcaría la geografía interior que conforman las dos Castillas, Extremadura, Aragón, y La Rioja. Una enorme extensión de la que habría que sustraer la ciudad de Madrid, y que sumando más de la mitad del territorio nacional (53%) apenas estaría habitado por un 15,8% del total de la población española. Un país árido y adyacente, descubierto a bocanadas por el don de la buena literatura: desde la notable producción de Miguel Delibes hasta  “Tiempo de Silencio” (Martín Santos), “La lluvia amarilla” (Llamazares), o más recientemente “Intemperie” (Jesús Carrasco).

Un mundo y otro mundo refractarios entre sí por el rayo de la heterofobia: el nosotros y el ellos y la identificación del ellos como amenaza. Quienes ven en la ciudad la perversión y en la impureza, quienes ven en el campo la ignorancia y la tosquedad. Las cifras antedichas revelan desproporción y aislamiento, pero naturalmente la superposición de las sociedades urbana y rural se descubre en latitudes vecinas. Con ejemplos del cine contemporáneo Del Molino invoca con acierto la violenta si bien aguda “Perros de Paja” de Peckinpah, como podría haber mencionado la también sanguinolenta “Fargo” o las  más esponjosas “Bienvenidos al Norte” y “Un tipo genial” (“Local Hero”). Y desde luego es mención obligada la minusvalorada “Surcos”, neorrealismo español muy próximo en estilo y argumento a “Rocco y sus hermanos”: en ambos se reproduce la nostalgia invencible y la paulatina derrota de los llegados a la ciudad, hostil y codiciosa.

Sergio del Molino no esboza remedios ni pronósticos, sino que cuenta y me cuenta sus conclusiones en un goteo de referencias. Por las páginas de su obra desfilan Tierno Galván y su apócrifo pasado rural, Rafael Alberti y su utilitario, María Cristina y sus remilgos a la Ley Vieja. Y Rousseau, y Max Aub, y Karl Krauss, y Muñoz Molina, y María Moliner, y Ramón J. Sender, e incluso Joaquín Luqui.

Yo, que crecí sin pueblo y jamás presencié la matanza del cerdo ni resbalé por la brea de una cucaña, di en imaginar un medio rural primitivo y negruzco a partir de mis noticias infantiles: las historietas de Agamenón (“igualico, igualico, que el defunto de su agüelico”), la nariz picuda de Doña Rogelia, Fernando Esteso entonando “La Ramona”. Y como no la presencia diminuta de Aurora, la mujer humilde y analfabeta que ayudaba a limpiar nuestra casa, aventando los rincones de las coplas fugitivas de la España vacía.

Fernando M. Vara de Rey

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