martes, febrero 7, 2023

Gula

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Como tengo que comprar unos muebles en una conocida marca sueca, que luego hay que montar a través de unos planos inescrutables-espero que Dios no le facilitara los planos del Arca a Noé de esta manera,  porque aviados estábamos con el diluvio universal-, me dirijo con mi esposa a una zona comercial de Alcorcón.

Con el tremendo calor que arrasa Madrid comiéndonos las espaldas, decidimos comer algo que es la hora y el hambre aprieta los estómagos, por lo que entramos en una conocida franquicia de comida italiana, buffet libre; postre y café incluido por el módico precio de quince pavos.

El lugar es amplio y agradable. Esta atestado de familias y parejas de una y otra condición sexual, que a mí me da igual que me da lo mismo con quien se acuesta cada uno. No sientan en una mesa y nos levantamos para coger un poco de comida: rissoto, espaguetis y sobre todo ensalada que para eso de la manduca, mi esposa y yo somos frugales. Todo aderezado con un poco de tinto de verano del que por supuesto puedes beber todo lo que te venga en gana.

Pero comienzo a percatarme de lo que hay a nuestro alrededor enseguida. Familias enteras de obesos con enormes platos llenos de comida que vacían con prontitud y rellenan más rápido si cabe. Los veo deglutir con ansia, como si la vida les fuera en ello, apenas sin masticar; con chorros de queso fundido y salsa derramándose por las comisuras de los labios. Comienzo a sentir asco y nauseas de ver aquella gente, occidental, española; que parece que no ha comido en su vida, que ahoga sus propias carencias llenándose la panza. Un tipo gordo luciendo pantalón corto y camiseta de un grupo heavy, se levanta con el que debe ser su vástago, de unos ocho o diez años y se dirigen a la zona de los postres. Regresan cargados con munición de alto calibre: platos llenos de tortitas con nata, helados a tutiplén y una docena de yogures que la madre amantísima guarda recatadamente en el bolso. Para después, claro.

Como no aguanto más, me levanto y salgo del establecimiento, ya que el estómago se me revuelve de manera inmisericorde. A mí me enseñaron de pequeño-cuando el asunto estaba escaso en España-, que la comida era sagrada. Que no era de buen cristiano desperdiciarla y que era un pecado el ansia por comer. Que como decía mi madre: “hay mucha gente pasando hambre por esos mundos de Dios y tú eres un privilegiado por comer todos los días” Y eso se me quedo en la memoria. Por no contar el sargento de cocina de la mili, que cuando te veía que llenabas la escudilla en plan pantagruélico, te espetaba: “¡De aquí no te mueves hasta que te lo comas todo, soldado!” Y te lo comías, ya lo creo, aunque luego te diese una indigestión.

Este mundo está enfermo. No seré yo quien diga que no hay que comerse un chuletón de vez en cuando si tu economía lo permite. Pero con respeto, que la mitad del mundo pasa hambre y la otra mitad se encuentra a dieta.

A lo mejor no nos vendría mal a cada uno de los europeos recorrer países-no a la Ribera Maya en un hotel de cinco estrellas all inclusive-, donde los niños andan descalzos y piden una limosna para llevarse algo a la boca. Donde las niñas son vendidas y prostituidas por su familia para poder conseguir algo de bienestar.

¡Si es que no aprendemos!

José Romero

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