miércoles, noviembre 30, 2022

La independencia del odio

Muchos catalanes (me niego a emplear esa catetada de muchos y muchas, catalanes y catalanas. Es algo estúpido) quieren independizarse. La mayoría. Quieren independizarse de la epidemia de odio generada por decenios de manipulación, aldeanismo, ignorancia colaboracionista, destrucción silenciosa pero sistemática de las libertades de conciencia y de expresión, exclusión social de la mayoritaria disidencia a favor de España, de las condenas a muerte civil y de todo un rosario de culpas reprobables que desde numerosas instancias de la administración autonómica se han favorecido sin piedad y con alevosía.

Esto ha sido posible por razones varias y errores de los que no quieren lo que quieren los sedicentes. La deslealtad constante de los partidos nacionalistas, a pesar de que todos los dirigentes políticos la conocían, preferían ignorarlo por nimios intereses coyunturales. La torpeza de algunas decisiones del Gobierno de España y de los partidos en cuestiones que hubieran requerido un tacto que impidiera las interpretaciones arteras de esas decisiones.

La proporcionalidad no es más democrática que el sistema de mayoría por circunscripción uninominal

El abandono de las mayorías sociales y políticas de la discusión histórica cierta que desnudaría la mentira nacionalista, abandono a minorías que carecen de la asistencia debida de la que andan sobrados los fabricantes de leyendas y ocultadores de realidades incontrovertibles. Puedes encontrar catedráticos de la Universidad de Barcelona que, sin ser nacionalistas, aseguran que Cataluña fue totalmente francesa más de medio siglo. Y si le dices que lo único que ocurrió fue que durante una década hubo una disputa con Francia de unos pocos años y que los informes de los propios franceses a su rey aseguraban que la población estaba por España, cuando comprueba los datos dice que fueron once años y medio y que entonces no son unos pocos años y por tanto el argumento no vale. Con un par. Es un ejemplo. Ilustrativo.

No solo la discusión intelectual está degradada y la ausencia de voluntad y valentía necesarias para afrontar la situación han brillado por ausencia.

También las herramientas del edificio jurídico-político que se deberían mejorar tienden a empeorarse. Hoy es factor de controversia la reforma electoral. Para hacerla más proporcional de lo que es. Esa proporcionalidad es la que ha permitido a los partidos nacionalistas ser llave en multitud de ocasiones y barrer a favor de sus intereses. Y cómo barrían de bien. La proporcionalidad no es más democrática que el sistema de mayoría por circunscripción uninominal. Como en Gran Bretaña, como en Francia como en Estados Unidos. La proporcionalidad es un puñal contra la representatividad. La mayoría, casi la totalidad, de los diputados elegidos por sistema proporcional son absolutos desconocidos para sus electores, algo totalmente al contrario en los sistemas mayoritarios donde son conocidos y controlados por sus electores. Un sistema mayoritario generaría mayorías que no dependerían de los grupos nacionalistas y el Estado estaría mucho mejor guardado y defendido.

Estamos en una fase de aparente descenso nacionalista

Lo cierto es que estamos en una fase de aparente descenso nacionalista porque en esta ocasión los embates no han contado con la mayoría numérica suficiente. Pero el peligro está ahí. Sería necesario una coincidencia de los constitucionalistas y un plan a largo plazo que evitara el próximo embate separatista, que buscara la penetración de los argumentos poderosos y verdaderos y la cercanía emocional de la mayoría clara de catalanes para conjurar ese peligro.

El momento no parece el mejor. La cerrazón del secretario general de PSOE en tantos asuntos se extiende también a este. Y no parece demasiado escrupuloso a la hora de pactar. Al PP, su aliado natural en este y tantos otros asuntos importantes como Europa, terrorismo y demás estrategias de país, le desprecia. A los nacionalistas les hace la corte.  Este es el otro odio del que también hay que independizarse.

Juan Soler

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