lunes, febrero 6, 2023

Amargura

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Mariano Rajoy descubrió esta semana pasada como se va al degüello anunciado. Rajoy se relamió los labios cuando esto mismo le pasó a Pedro Sánchez. Pudimos ver, entonces, como lucían los colmillos de un Presidente del Gobierno en funciones reencarnado en Lobo Feroz que se complacía en restregar su “NO” a Sánchez sin preocuparle que ello nos obligaba a volver a votar.

Hubiera bastado su abstención, esa que ahora exigía a Sánchez, pero Rajoy ignoró lo de no hacer al prójimo lo que no quieras que te hagan. Lo que es permisible para unos es condenable para otros, una distinción parecida a esa de que no es lo mismo meter la mano que meter la pata y que hace poco inspiró al dibujante de un periódico digital una viñeta en la que se muestra a Rajoy cogiendo un sobre con los dedos del pie.

Un gran “compi” en ese «no» de Rajoy fue Pablo Iglesias. Los extremos se tocan. Gente tan dispar pueden ser aliados objetivos como, probablemente, diría Iglesias, o compañeros de viaje como, quizás, afirmaría Rajoy. Lo que quedó meridianamente claro es que ninguno de los dos fue lo suficientemente patriótico como para ahorrarnos volver a las urnas.

Con la inestimable ayuda de Ciudadanos y de la siempre oportunista Coalición Canaria, Rajoy logró en su Investidura 170 votos en primera votación frente a los 180 de todos los demás, no sólo del PSOE. Más quisiera tenerlos Sánchez. En segunda votación Rajoy volvió a fracasar. Como Pedro Sánchez en marzo pasado.

Quedan ahora dos meses para intentar formar gobierno o ir a esas elecciones que nadie quiere pero que Rajoy ha situado estratégicamente en la Navidad por lo que convendría instalar una figurilla suya en el Belén junto a las lavanderas en el rio de papel de plata. Si elecciones hay, acabarán siendo otro día pero, como en el chiste vasco, las intenciones del Lobo bien claras estaban.

Tras las elecciones en Euskadi, a finales de septiembre, podría Rajoy intentar cambiar cromos con el Partido Nacionalista Vasco. Pero, así, solo tendríamos un empate a 175 escaños, salvo algún accidente semejante al «Tamayazo» que acabó en 2003 con la ambición del socialista Simancas de ser Presidente de la Comunidad Autónoma de Madrid.

Éste empate sería histórico, como el de la CUP no hace muchos meses por el terrible dilema de apoyar o de echar a Mas, ese señor del que ya nos hemos olvidado, como de casi todo, y eso no es bueno. Por ello conviene recordar las cosas pasadas y aceptar, también, que en la Transición quizás erraron al establecer un numero par de diputados.

Si Rajoy superase de algún modo ese empate, entonces vendría la amargura de comprobar cómo en España da todo igual. Por ejemplo, que siga gobernando quien habrá hecho cosas por el país, y pocos amigos, pero lleva trece años al frente de su partido asediado por corrupciones de las que dice no saber nada. En Génova no hay un capitán que responda, como Dios manda, de lo que ocurre en su barco, solo hay, por lo visto, un Presidente del Gobierno.

Un Partido Popular, presidido por Rajoy, al que se le reprochan obras en sus oficinas y campañas electorales financiadas con dinero ilegal, así como destrucción de pruebas, algo muy serio, relacionadas con las acusaciones de uno de los innumerables tesoreros suyos cuestionados al que su antiguo jefe y protector animó en la cárcel. En otros países vuelven a sus casas por un pico de lo anterior, que no es todo lo que hay, y aquí sólo importa saber quién sobrevivirá, Rajoy o Sánchez, como si solo fuese un frívolo combate de lucha libre.

Nada más terminar esta Investidura fallida nos cuentan que quien denunció a Aristegui y De la Serna por malas prácticas avisó antes a Moncloa y que el ex-ministro Soria, dimitido del gobierno por imprecisión fiscal, ha sido nombrado para representarnos en el Banco Mundial. ¿Se imaginan estas mismas noticias si hubieran investido a Rajoy como héroe de la regeneración política? De buena se ha librado Ribera. Rajoy debiera seguir moviendo ficha: ¿Harakiri patriótico en vez de atrincherarse en La Moncloa? Es lo que verdaderamente sugiere Felipe González y vuelve a pedir Rivera. Un candidato más viable del PP facilitaría muchas cosas.

Carlos Miranda

Embajador de España

Carlos Miranda

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