sábado, diciembre 3, 2022

David y Goliat

Finalmente, el viejo Goliat cayó al suelo humillado. El joven David le había lanzado un reto simple con su pequeña honda reformadora, tan sencillo que parecía que el gigante filisteo apenas lo había acusado. No se tambaleó y, teatralmente, buscó tiempo recorriendo alejado del zagal hebreo el terreno que le circundaba requiriendo los aplausos de sus partidarios, incluso la mano de un adversario que le había cantado las cuarenta recientemente.

David le dejo hacer y le esperó plantado en el centro del ruedo mientras sus amigos recordaban a Goliat y a los suyos que el desafío del joven no podía modificarse. Era como era y debía aceptarse como tal, sin cambiarlo.

Goliat se volvió hacia David en una postura que pareció amenazante, jaleado por sus huestes, cada vez más envalentonadas. Alzó sus brazos y cuando parecía dispuesto a domar al bisoño, después de tantos desplantes, se derrumbó sobre el suelo de los mortales. Ya de rodillas, agachó la cabeza como si fuese a pasar por unas Horcas Caudinas implantadas allí mismo por alguno de aquellos samnitas que en su día desafiaron con éxito a Roma.

David le contempló y le preguntó si cumpliría todas las condiciones que le había impuesto para poder empezar a considerar su posible ayuda para que siguiera capitaneando las mesnadas. Goliat asintió. «¿Literalmente, tal como te las dicté?». El inescrutable Goliat volvió a asentir con la cabeza y, sacándolo de su regazo, mostró un pergamino con las estipulaciones y una equis difusa abajo.

Lo increíble había ocurrido: ¡el camello había pasado por el ojo de la aguja! Para ello se dejó, hecha jirones, su grasa egocéntrica sin perjuicio de poder recuperar, más adelante, todo el esplendor de ese tocino altanero.

David se acercó al Goliat derrumbado y le dijo: «¿No te olvidas de nada?». «No» respondió escuetamente el filisteo. «Tienes que establecer la fecha de tu comparecencia ante el Ágora». Goliat miró desesperadamente hacia su impertinente rival de antes, pero éste ya se había ausentado. “Ya te buscaré luego para exigirte también pleitesía”, pensó Goliat.

El avejentado Goliat, incomodo, miró al descarado David, ese mismo que, pensaba el filisteo, debiera de estar con él, a sus órdenes, y sus labios susurraron a los oídos del muchacho el día solemne, ese que la Odalisca de la Congregación haría público más tarde ante todas las tribus por ser su prerrogativa la de determinarlo, aunque en realidad la decisión no fuese suya: «El 30 de agosto. Así”, musitó Goliat, “se os fastidiará el solsticio de invierno si antes no soy aclamado hasta por mis adversarios”.

Mi amigo, el de las pesadillas, me despertó. Me había quedado sopa en uno de los butacones del bar.

¿Te pasa algo? Estabas muy agitado. Igual tienes también pesadillas, como yo.

No. No era una pesadilla, le dije. Solo un sueño.

A los sueños les pasa como a las pesadillas: se inspiran en la realidad.

Seguramente, respondí anonadado por esta vinculación entre la realidad y la inventiva mental.

Pero nada cambia, todo sigue igual, añadió mi amigo, muy pesimista. No te hagas demasiadas ilusiones.

¿Tendremos Gobierno en septiembre? Le pregunté.

Nadie lo sabe. Igual sí, igual no, contestó mientras pedía un gin-tonic.

Dicen que si hay nuevas elecciones tendrían que ser el día de Navidad.

Quizás, me respondió sin querer comprometerse. Igual no. En todo caso la culpa sería entonces de Rajoy por haberse tomado una semana para aceptar todas las condiciones de Rivera. Si hubiera contestado enseguida, y de haber terceras elecciones, podrían convocarse para el domingo anterior al de Navidad.

A mí me da igual. Yo, el 25, nunca tengo nada que hacer. Los regalos los damos el 24 por la noche y en Reyes.

A mí también me da igual. Estoy divorciado y ya no almuerzo ese día en casa de la suegra, comentó mi amigo antes de tomarse un sorbo del gin-tonic que le acababan de servir.

Carlos Miranda

Embajador de España

Carlos Miranda

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