lunes, diciembre 5, 2022

Aquellos hombres duros

Hace unos años viaje a Sudamérica. Para darme una vuelta y disfrutar un poco de las agrestes montañas y las frondosas selvas. Llegue a Quito tras un vuelo que se me antojó larguísimo y tas pasar los trámites aduaneros, unos amigos a los que había conocido en España, me trasladaron en automóvil hasta una ciudad llamada Santo Domingo de los Colorados. Para ello tuvimos que bajar por carreteras angostas y peligrosas, donde si te despeñas nadie ira a rescatarte porque la orografía es digna del Abismo de Helm.

Tras pasar varios controles policiales donde me miraban mal por ser español, como si llegase con la intención de robar el oro de los incas, me alojé en un bonito hotel a las afueras de la población para dormir un poco y así combatir el jet-lag. Al día siguiente, fui a comer con  mis amigos, que amablemente me invitaron y por supuesto me aleccionaron al respecto del viaje que tenía pensado hacer con consejos para conservar mi integridad física lo mejor posible.

Los consejos eran determinantes: no andar solo por las calles ya que se me notaba que era guiri, no conducir que aquello no era Madrid y no comer nada de lo que se vendía por las calles excepto la fruta. Mi estómago occidental podía sentirse un tanto mal por determinados alimentos. Yo respondí amablemente que aquello era imposible, ya que la esencia de mi viaje era conocer aquellos países, no como un turista encorsetado sino como un ciudadano de a pie.

-Allá tu-dijeron-. Luego no digas que no te lo advertimos.

Así que, movido por el ansia de aventura, compré una motocicleta de una marca china de cuyo nombre no quiero acordarme, hice acopio de provisiones, me hice con un machete de jungla y me dispuse a recorrer Ecuador, Colombia y Perú, emulando aquellos ancestros que con cuatro caballos, algún cañón y siete ballestas conquistaron y exploraron el Nuevo Mundo.

Comencé mi viaje con dirección hacia el Pacifico. La intención era llegar a Atacames, una villa turística donde darme un baño en las aguas que Nuñez de Balboa calificó de pacíficas y tranquilas. Recorrí kilómetros de carreteras infernales, con mosquitos del tamaño de F-18 clavándose en mis brazos. Me detuve en aldeas de cuatro casas construidas en Cañabrava donde comí las pepas del cacao puro, el plátano maduro y arroz con camarones. En todos esos lugares me trataron amablemente, quizás asombrados de que un español cachas, de un metro ochenta, la cabeza rapada y tatuajes en los brazos tuviese los cojones suficientes para adentrase así, sin pensarlo dos veces, en un país extranjero donde la violencia y la corrupción estaban a la orden del día. Una tierra donde-al menos entonces-, los camareros te servían, caída la noche, con un revolver al cinturón.

Llegado a Atacames, busque alojamiento en un hotelito cercano a la playa. Reposé un poco y salí a bañarme. La emoción recorrió mi cerebro más primitivo cuando note aquellas cálidas aguas sobre mi piel. Sentí lo mismo que aquellos españoles de hace quinientos años cuando descubrieron-tras años de andar por selvas, esquivando serpientes, vadeando ríos imposibles y escaramuceando con indígenas-, que un océano nuevo se abría ante sus ojos. Resultaba increíble que un viaje que yo había realizado en avión-ellos en navíos un poco más grandes que la barca del estanque del Retiro-, luego en coche y en moto-ellos andando y a su vez cargando con el bagaje-, hubiera sido afrontado con tanta determinación y valentía por hombres llegados de la lejana España.

Resultaba emocionante imaginar los huevos de aquellos tipos bajitos, barbudos y con una mala leche que te cagas, para abandonar sus hogares, su tierra, sus seres queridos y embarcarse en aquellas locas expediciones. Así que bebí a su salud en un chiringuito de playa regentado por un indio fornido, que de vez en cuando se acercaba a comprobar el estado del “español”.

Con un pedo muy gordo y ya entrada la noche, decidí que ya tenía bastante y me dirigí al hotel para dormir la mona. Por el camino, en la penumbra, se me acercó un negro de unos veinte años con cara de ir puesto de pegamento hasta las trancas, exigiéndome los dólares a la vez que me mostraba una pistola que llevaba en la zona de las ingles, entre el pantalón y el calzoncillo. Sin pensarlo dos veces, le solté un bofetón que dio con él en el suelo, momento que aproveché para quitarle la pistola-una vieja “smith and wesson” del calibre nueve-, y salir de najas para el hotel.

En la recepción, explique lo ocurrido al tipo que estaba de guardia y le entregue la pistola. Me tranquilizó diciéndome que la Policía no era necesaria y que ya se encargaba el de la fusca. Después me miró con una mezcla de admiración y curiosidad diciéndome a continuación:

-Es usted muy valiente, amigo. Acá tenemos la idea de que los españoles actuales son todos un poco maricones.

Como ya no estaba borracho pues se me había pasado de golpe debido a los acontecimientos, devolví la mirada al tipo y sin pensarlo, le contesté con voz firme:

-Es que yo soy de Vallecas. Y allí no sabe cómo se las gastan.

Y me quedé tan pancho. Y orgulloso de ser descendiente de aquellos hombres que hace quinientos años cruzaron el Atlántico, las montañas, las selvas y de que el recepcionista hablase el mismo idioma que yo.

José Romero

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