sábado, diciembre 10, 2022

Matar al padre

«Hijo mío, eres un inútil; yo a tu edad ya había matado a mi padre», recuerdo haber leído o escuchado a alguien relacionado con La Codorniz.

Con escasas horas de distancia, este abril hemos perdido dos príncipes, uno televisivo, otro musical.

Esto del principado se relaciona con sagas dinásticas, títulos heredados, la ambición del opositor. El príncipe también remite a un padre o a una madre.

Se necesita tiempo para prestigiar a una persona y para ello hace falta escribir crónicas que surten efecto cuando pierden contacto con el personaje, aconsejable un par de siglos. Todos los presidentes del Gobierno han sido mejores pasada una década que cuando dejaron el cargo, y deben cumplir con la condición de desaparecer del mapa.

Lo que chirría es cuando presenciamos en directo la escritura de la crónica histórica, por ejemplo los elogios al papel de la Corona en esta corta legislatura. Ni el Cid ni el padre de Jorge Manrique hubieran resistido la comparación de la ficción con el modelo.

Sobre dinastías y coronas, algunos llegamos a pensar que una periodista, además con la experiencia vital de haber sido becaria de ABC, iba a cambiar la corte del rey Juan Carlos, y no ha sido así, con la pareja real junior disputando hoy la actualidad a la infanta Pilar de Borbón y la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein.

Un padre puede poco más que bautizar y señalar a su hijo como heredero, el resto se le escapa, incluido los efectos secundarios de su mal o buen ejemplo.

«El Príncipe» televisivo es la serie de Telecinco que acaba de terminar su segunda y última temporada, a juzgar por el capítulo final en el que ha muerto la mitad del reparto y los proyectos de sus protagonistas fuera de la televisión. Algunas cifras: 507.000 seguidores en Twitter, 249.347 en Facebook. La serie cerró su último capítulo con 5,2 millones de espectadores y un 29,2% de cuota de pantalla, que se eleva al 29,8% como mejor target comercial (congregó los 54 anuncios más vistos de la jornada), un 42,5% de share entre jóvenes y datos superiores al 30% de cuota en Andalucía, Madrid, Castilla-La Mancha, Canarias, Asturias y Murcia, indicadores todos descomunales en el actual panorama televisivo.

No hay duda de que el público ha respondido a una ficción que ha tenido aciertos como la calidad del reparto, la normalización de una familia musulmana española como protagonista, haber puesto a Ceuta y sus problemas sociales en el mapa, incluso la presencia de la Policía Nacional y del Centro Nacional de Inteligencia.

Efectos positivos todos, independientemente de que refleje la sociedad ceutí mejor o peor que El Padrino la comunidad de origen italiano en EEUU.

Uno cree intuir la cercanía del CNI con la serie, en línea con un trabajo similar de comunicación de otros organismos amparando obras de ficción (Guardia Civil, Ejército de Tierra), presencia discreta incluso -por omisión- en los errores en el tratamiento de la seguridad que se ha permitido la serie, como la deficiente protección de dos reyes del penúltimo capítulo o las pegatinas del CNI que identifican los ordenadores de los espías.

El barrio ceutí que se ha hecho conocido por la serie toma su nombre del cercano fuerte Príncipe Alfonso construido a mediados del XIX, bautizado en honor de quien acabaría reinando como Alfonso XII. A este príncipe se remonta la figura del rey-soldado, la estrecha vinculación del monarca con la milicia que seguimos viviendo en la actualidad.

El segundo príncipe que nos ha dejado este abril es Prince Rogers Nelson (Minnesota, 7 de junio de 1958 – 21 de abril de 2016). Su padre, músico aficionado, tocaba en un grupo de jazz que tenía Prince en el nombre, que adjudicó también a su hijo antes de abandonar el hogar familiar. Afortunadamente no se llevó el piano. 

Uno de los mayores éxitos musicales de Prince utiliza el morado de la sotana de los obispos, que no son príncipes de la Iglesia pero se acercan, donde se queja una guitarra eléctrica como sólo sabe quejarse una guitarra eléctrica.

La genialidad de Prince o de Alfonso XII, cada uno la suya, sin duda se la ganaron con su esfuerzo y talento, aunque ambos nacieran príncipes; el primero consiguió superar musicalmente al padre ausente y el segundo no pudo tapar ni el reinado intermitente de Isabel II ni la tuberculosis que acabó con él a los 27 años.

Hay que ser un genio o un bicho para matar al padre, categorías que escasean en política y entre los espectadores de televisión. Lo habitual es ignorarlo y luego echarlo de menos, mientras uno va abriéndose camino a trompicones.

Los errores, incapacidades o dificultades de los príncipes de la política española no hacen mejores a los ciudadanos. Vivimos y viviremos más sorpresas que cambios radicales mientras tratan de encontrar su camino.

Carlos Penedo

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