domingo, febrero 5, 2023

Reaccionen de una vez

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Un mensaje inesperado. Un whatsapp turbador. Una llamada de teléfono llena de agitación, de temor… Así suelen desencadenarse los grandes momentos de nuestras vidas, con pequeños detalles que abren la puerta a la caja de los truenos. De repente, todo aquello que estaba circundado por la monotonía de lo cotidiano, cobra un nuevo significado. Ya nada es igual.

De repente, esa estación de metro por delante de la cual pasas cada día ya no es la misma. Ese hall de aeropuerto que cruzas cada semana cobra un nuevo significado. Esos compañeros con los que compartes ocio y trabajo se ven con otra luz, con nuevos ojos. Son los mismos y son diferentes porque uno también es el mismo y es diferente: la cercanía con el horror le ha cambiado.

No es fácil asumir la irracionalidad de la violencia terrorista. Es cierto que por las responsabilidades que he ejercido, me ha tocado vivir -y convivir- bajo sistemas de protección y seguridad para evitar la amenaza terrorista. Y, lo más grave, asistir a muchos entierros de inocentes -muchos de ellos, compañeros- asesinados por la banda terrorista ETA.

Por desgracia, cuarenta años de terrorismo nos han generado ciertos automatismos que nos permiten reaccionar, tanto en lo personal como en lo colectivo, quizás como ningún otro país en el mundo ante este tipo de situaciones. Es el peaje que hemos tenido que pagar ante la sinrazón terrorista.

No obstante, uno nunca se acostumbra a ello. Diría más, cada nuevo atentado hace revivir el dolor, el horror y la angustia de los anteriores. Lejos de atenuarlos, los acentúa. Uno desea que cada nuevo atentado sea el último, pero en su fuero interno habita la consciencia de que, desgraciadamente, no es más que un deseo hecho añicos por el amargo choque con la realidad de la sinrazón terrorista.

Cada nuevo atentado hace revivir el dolor, el horror y la angustia de los anteriores

He ahí los deseos rotos en Madrid, en Londres, en París. Y en pleno corazón de Europa, en Bruselas. Demasiadas muertes para que caigan en saco roto, demasiado horror para que no haya una reacción.

Si algo ponen de manifiesto los atentados cometidos en suelo europeo son sus múltiples ramificaciones en distintos países y los constantes errores de coordinación y la persistente falta de colaboración tanto a nivel policial como de inteligencia entre los Estados Miembros. Ya basta de llamamientos a la solidaridad y a mejorar la coordinación y el flujo de información. Ya basta de poner frenos y dificultades a la necesaria integración para garantizar la seguridad.

Sí, urge crear una inteligencia europea, al igual que urge crear un cuerpo policial europeo y un ejército comunitario: ninguna política de seguridad y de defensa común puede sostenerse seriamente sobre un agregado heterogéneo de cuerpos nacionales. Desafíos supranacionales requieren respuestas supranacionales.

No, no soy optimista en absoluto en que lo logremos porque si algo nos ha demostrado el actual conjunto de jefes de Estado y de Gobierno que se sienta a la mesa del Consejo es su absoluta incapacidad, o miopía, o egoísmo, o todo ello junto, para dar las respuestas adecuadas a la dimensión de los desafíos que encaramos como continente. Ahí está el cuestionamiento del principio sagrado de la libre circulación de trabajadores y la no discriminación por razón de nacionalidad del acuerdo sobre Reino Unido. Ahí está la vergonzosa respuesta al drama de los refugiados con el levantamiento de vallas, la voladura de Schengen o el vergonzoso acuerdo con Turquía que dinamita los principios humanitarios que deben inspirar la política de asilo y que, a buen seguro, viola las leyes internacionales sobre el trato a refugiados.

Lejos de reforzar el proyecto europeo, cada solución adoptada lo debilita. Se impone el repliegue nacional cuando más necesitamos una visión, y una unidad de acción, integrada, europea. No hay mayor riesgo para Europa que la falta de más Europa. Reaccionen de una vez.

José Blanco

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