sábado, noviembre 26, 2022

Recuerdos de Bruselas

Hoy no quiero acordarme de esa Bruselas llena de miedo y angustia que unos desalmados han querido imponernos. Lo que quiero es recordar otra ciudad muy distinta, gris y lluviosa desde luego, pero rebosante de todo lo que de bueno ofrece esa Europa tolerante y cosmopolita por la que no queda más remedio que seguir apostando. Quiero acordarme de la Grande Place engalanada de flores, con las terrazas rebosantes de una multitud abigarrada, charlando en todos los idiomas del mundo mientras comparte mesa y trasiega una cerveza tras otra, a cada cual más sutil y sorprendente.

También quiero recordar la conmemoración algo carnavalesca de la Joyeuse Entrée, en la que más de un digno representante de la ciudad, al son de los tambores medievales y con la excusa de la alegría compartida, acaba perdiendo la compostura. Quiero acordarme de los paseos por esos bosques inigualables que alzan sus centenarias espesuras apenas acaban las avenidas. También de los cuadros surrealistas de Magritte y de los angustiosos de Delvaux.

Cómo no acordarme, además, de aquellos maravillosos restaurantes, Comme Chez-soi o Bom-Bom, en los que se disfruta de la mejor comida de Europa y de esos oasis de tranquilidad pausada que, en ese caos inevitable propio de toda capital europea, siguen siendo el Club des Gaullois y el Château de Sainte-Anne. Quiero recordar las óperas en La Monnaie y las tiendas inverosímiles de las galerías de la Reina donde, si uno tiene el capricho, puede agenciarse desde unos guantes a medida, que nunca usará, hasta un encaje de bolillos con el que luego, naturalmente, no sabrá qué hacer.

Quiero recordar ese cocodrilo disecado que un día no hubo más remedio que sacar del descansillo de casa para depositarlo en el museo de Tervuren, donde hoy pueden verlo los niños belgas, junto con el legado del doctor Livingstone y una estatua inenarrable en la que se representa a Bélgica llevando la civilización al África misteriosa.

Quiero también acordarme de Tintín, de los gofres y, cómo no, de los mejillones con patatas fritas, y hasta del pobre Manneken Pis, vestido un día con un inverosímil trajecito de bombero. Y quiero recordar los mercadillos en los que se encontraban todo tipo de cachivaches y de cuadros falsos, entre los que se escondía el tesoro inesperado de esa pieza única que, al final, también resultaba una burda copia.

Y quiero por fin acordarme de todos esos buenos amigos con quienes uno compartía todas esas cosas, humildes y extraordinarias, que hacían de Bruselas la ciudad irrepetible que entre todos debemos conseguir que siga siendo.

Ignacio Vázquez Moliní

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