jueves, diciembre 1, 2022

Los treinta kilómetros más duros de la historia

La temperatura es de menos cincuenta y un grados bajo cero. El frío lacera la cara, los miembros de los soldados españoles, que con la nieve por la cintura avanzan penosamente. El lago Ilmen está completamente helado, aquí y allá grandes bloques de hielo interrumpen el camino, la ventisca es constante, atroz. Los hombres pierden el sentido del tiempo y del espacio, mientras van cayendo uno tras otro. Son trasladados en el trineo que hace las veces de ambulancia, pero pronto no caben más cuerpos. Los doctores y enfermeros reparten brandy a tutiplén, dan friegas en los pies y en las manos para que entren en calor. La situación es delirante: han salido doscientos seis hombres de la compañía de esquiadores de la 250 división de Infantería, más conocida como “División Azul”, el tributo que Franco paga para no entrar en guerra junto a los alemanes. Además, así se quita del teatro político interior a la flor y nata de la molesta Falange, siempre empeñada en la revolución nacional-sindicalista. Son hombres jóvenes, voluntarios para luchar contra el comunismo, completamente convencidos de que su misión es sagrada.

“División Azul”, el tributo que Franco paga para no entrar en guerra junto a los alemanes

Al mando se encuentra el Capitán Ordás, un duro oficial, acostumbrado a las penalidades de la guerra. Anima  a los hombres diciéndoles “¡Vamos muchachos, para nosotros esto es una juerga!” La misión es complicada. Unos 500 soldados de la 290 división de infantería alemana, han quedado cercados en la aldea de Vswad, al sur del lago Ilmen, por el 71 batallón de esquiadores soviéticos. El mando alemán ha pedido al General Muñoz Grandes que intente liberarlos. Este ordena a la compañía de esquiadores que lo intente. La compañía parte el diez de Enero de 1942. No son conscientes del infierno que les aguarda.

Tan solo son treinta kilómetros, pero son los treinta kilómetros más duros de la historia, con frio desmesurado, grietas en el hielo, aire tan frio que no deja respirar, pero nuestros soldados continúan el camino sin desalentarse. Para colmo, el generador de la radio se congela continuamente, por lo que la comunicación con el Cuartel General es casi imposible.

Tras veinticuatro horas de soportar el calvario que la Madre Rusia prepara a sus enemigos, la compañía alcanza la aldea de Ustrika, contactando con elementos alemanes. Llegar a costado 102 bajas por congelación, 18 de ellas muy graves y la pérdida de 30 trineos. Ordás comunica con Muñoz Grandes: “Después de salvar seis grandes barreras de hielo y cruzar grietas, con agua hasta la cintura, hemos llegado a Ustrika.”, el General le responde: “Sé de vuestros esfuerzos durante la ardua marcha… La guarnición de Vsvad resiste aún. Debéis socorrerla cueste lo que cueste, incluso si todos vosotros os heláis en el lago. Debéis seguir, solos, si es necesario, hasta la muerte. Tenéis que alcanzar Vsvad y morir con ellos. En nombre de la patria, gracias. No perdáis el ánimo. Confío en vosotros.”

Comienzan los combates para abrirse camino hacia el objetivo. En la posición de Shiloy Tschernez, la resistencia enemiga es tan fuerte que los españoles cargan a la bayoneta, como diablos enfurecidos, sin dormir, sin comer, reventados por el esfuerzo. Logran desalojarla. Quedan pocos kilómetros hasta Vswad. El enemigo lanza un ataque blindado con seis carros T-34, que son frenados por los esquiadores como pueden. Las bajas se suceden. Uno tras otro los hombres van cayendo, congelados, heridos o muertos. Afortunadamente, elementos alemanes y letones que los españoles van liberando, se unen al combate, luchando codo a codo con los nuestros.

Se soportan ataques de la aviación soviética. Otro ataque de blindados se detiene con voluntarios que se arrojan contra ellos con cocteles Molotov en las manos.

El mando Alemán concede treinta y dos cruces de hierro

El día 21, el teniente Otero, al mando de un reducido y destartalado destacamento, toma contacto con los hombres de la 290 división cercados, que no crédito a lo que ven y gritan entusiasmados ¡Kameraden! ¡Kameraden!

¡Lo han logrado! ¡Con dos cojones!

Los rusos respetan a aquellos esquiadores bajitos y morenos. Son grandes guerreros y además no rematan a los que se rinden como los alemanes. Algunos de ellos, prisioneros, incluso defenderán con las armas a los nuestros. Muñoz Grandes habla con Ordás por radio, le pregunta:” ¿Cuantos valientes quedáis?” Ordás responde lacónicamente: “Salimos 206, mi General, quedamos 12…”

El mando Alemán concede treinta y dos cruces de hierro. Se han ganado el respeto de sus aliados y de sus enemigos.

La épica de la guerra, sea defendiendo las ideas que sean, consiste en efectuar cosas extraordinarias por hombres de carne y hueso, completamente normales. Es en los duros momentos en que la muerte acecha a cada paso, cuando un hombre aprende a conocerse, a él y sus límites. Aquellos hombres traspasaron la barrera de lo humano y por eso merecen un reconocimiento. La misma idea de España se hace aquí o allá, en las cálidas costas de Levante o en la gélida tundra rusa.

Aquella guerra fue entre dictaduras y democracias, los nuestros defendían una dictadura contra otra, pero eso no quita que fueron héroes, dando lo mejor de sí, luchando por sus ideales, por sus hermanos de sangre y por eso merecen un respeto y un lugar en la historia.

¡Descansen en paz!

José Romero

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