sábado, noviembre 26, 2022

Un huérfano, una cuerda y un bidón de gasolina

Todos los que me conocen saben que los domingos por la mañana me gusta darme una vuelta por el Rastro. A pesar de que hace mal tiempo -el frio y la lluvia de Enero hielan la punta de mi copiosa nariz-, cumplo con la costumbre y el primer día del año, cojo el metro y me bajo en la estación de Tirso de Molina. Tras tomar un café caliente para no resfriarme aún más, recorro las calles abarrotadas de guiris y nacionales, con puestos-legales e ilegales-, de variopintas mercaderías. Uno que vende ropa acá, otro con herrumbre acullá, y sobre todo cosas absolutamente imposibles de encontrar en otros sitios de Madrid. Al mediodía, en la Plaza de Cascorro, entro en un bar a calentar las tripas con vermut de grifo, que es el que más rico está. A mi lado, un joven de esos que van de modernos, se encuentra con su hijo -un niño de unos ochos años-, a su lado, trincándose unas bravas en equipo. En un momento dado, el pequeño pregunta a su progenitor con ingenuidad, señalando con su pequeño dedo la estatua de Eloy Gonzalo:

-¿Quién es ese señor, papá?

El hombre, pillado en un renuncio, sin alterarse, contesta:

-Ese fue un militar fascista hijo, ¿no te das cuenta?

Casi vomito el vermut desde mi estómago, asqueado por tanta indigencia mental. Me dan ganas de abofetear al tipo, pero me contengo ante la presencia de dos municipales que han entrado en el bar para evacuar aguas menores. Cuando llego a casa, decido escribir estas letras, en recuerdo de aquel héroe.

Eloy Gonzalo nació en Madrid el uno de Diciembre de mil ochocientos sesenta y ocho. Fue abandonado por su desconocida madre criándose en la inclusa, hasta que fue adoptado por un humilde Guardia Civil llamado Francisco Díaz Reyes, que fue destinado a la localidad de Chapinería, en las cercanías de Madrid.

Pero la fatalidad se cebaba con el niño y su padre adoptivo murió joven, quedando huérfano de nuevo. Tuvo suerte y fue adoptado por otra familia de la localidad, con la que vivió hasta los veintiún años. Como no tenía otra salida, se enroló en el ejército, donde al final obtendría el reconocimiento oportuno, aquel niño huérfano y solitario.

Eloy Gonzalo fue condenado en consejo de guerra a doce años de prisión

En mil ochocientos noventa y uno ya había sido ascendido a cabo, pero su vida no habría de ser fácil. Descubrió que su novia le ponía los cuernos con su teniente. Ni corto ni perezoso, hombre de los de honor y agallas, cogió una pistola y amenazó con ella al oficial. Detenido, fue condenado en consejo de guerra a doce años de prisión, ingresando en la cárcel de Valladolid. De nuevo estaba solo, esta vez en una celda.

Pero ocurrió que estalló la guerra de Cuba, donde unos insurrectos atacaban a los nuestros para conseguir la independencia de la perla dorada de nuestro imperio, eso sí, debidamente armados y financiados por los Estados Unidos de América, que no perdían oportunidad de socavar las posesiones de nuestra patria.

Beneficiándose de un Real Decreto que permitía alistar presos, se marchó a cumplir con su deber, siendo destinado al Regimiento de Infantería número 43, en la localidad de Puerto Príncipe, provincia de Camagüey, en la isla de Cuba.

El día veintidós de septiembre de mil ochocientos noventa y seis, varios miles de cubanos insurrectos al mando de Máximo González atacaron las posiciones españolas donde se encontraba Eloy, en un pueblecito llamado Cascorro, defendido por unos pequeños fuertes, cercando a los nuestros.

Tan solo eran unos ciento setenta españoles contras unos tres mil cubanos.

A pesar del cañoneo incesante, y del número incesante de heridos, el Capitán del destacamento, Don Francisco Neila, se niega a rendir la plaza, flipando los insurrectos con la valentía demostrada por los españoles.

El problema era que el enemigo se había infiltrado dentro del pueblo y disparaba desde los bohíos adyacentes a las posiciones españoles. El Capitán, desesperado pidió voluntarios para una misión suicida: deslizarse entre los atacantes y prender fuego a las casa de madera.

Eloy Gonzalo se presentó voluntario con estas palabras.

-Soy inclusero y no dejo a nadie que me llore o me precise.

Quizás Eloy Gonzalo, pensó que ya nada peor pudiera ocurrirle tras haber sido abandonado por su madre, muerto su padre adoptivo, engañado por su novia y pasar una temporada en chirona. Seguramente buscaba la muerte, al menos gloriosa.

Ni corto, ni perezoso, agarró una lata de gasolina, atándose con una cuerda al cuerpo. Dijo que si moría, arrastrasen su cuerpo para poder ser enterrado en España.

Corrió entre las balas hirientes que zumbaban a su alrededor. El niño huérfano, solitario, se había transformado en un guerrero digno de Homero, con el rostro desencajado, lleno de orgullo y valor.

 Sus restos fueron repatriados a España tras la pérdida de Cuba y el pueblo de Madrid

Increíblemente, Eloy consiguió su objetivo, y al rato la casa donde se guarecía el enemigo ardía como una hoguera de San Juan. Los españoles, embravecidos ante tal acción, contraatacaron aliviando un poco la situación: tenían la moral por las nubes y no se rendirían jamás. Días después, el General Don Adolfo Jiménez Castellanos, al mando de una columna de refuerzo logra liberar a la guarnición que tanto heroísmo había derrochado.

Por la acción de Cascorro, Eloy Gonzalo fue condecorado con la Cruz de Plata al Mérito Militar y el Capitán Neila, con la Laureada de San Fernando. La asignación de la medalla de concedida al héroe de Cascorro era de siete pesetas y media de por vida.

Pero poco pudo disfrutar Eloy de tal pensión. Continuó combatiendo, pero lo que las balas no pudieron hacer, lo logró la disentería. Murió en el hospital de Matanzas en mil ochocientos noventa y siete. Sus restos fueron repatriados a España tras la pérdida de Cuba y el pueblo de Madrid, agradecido al niño sin madre, con la suerte del revés, le otorgó una estatua. La misma que pueden contemplar hoy en el Rastro.

Así que cuando paseen por el lugar y vayan a comprar cachivaches, o una camiseta, o ese mueble antiguo que necesitan para su hogar y contemplen la estatua del héroe solitario, salúdenla con respeto. Y si me ven dando una vuelta por allí, no me denuncien a los guardias: estoy a ver si encuentro al joven ese moderno, para darle el bofetón que se merece.

   

José Romero

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