miércoles, diciembre 7, 2022

«Reikiavik»

Se batieron en los barrizales del Oriente extremo, se indispusieron en Berlín, se desafiaron en La Habana. Se emplazaron en el desierto, se toparon en la manigua, se citaron en las esquinas del firmamento. EEUU y URSS empuñaban sus siglas y el mundo temblaba de alboroto, pero el más temido de los litigios se demoraba hasta no ser.

También las canchas de atletismo, las pistas de granizo, los estadios, los cuadriláteros, fueron escenarios del ensayo o del desahogo. E incluso el damero pacífico del ajedrez se volvió campo de batalla en un verano sin pausa.

En 1972 se disputó en Reikiavik el conocido como “Match del siglo”. Veinticuatro partidas compondrían la final del Campeonato Mundial de ajedrez, un nudo de tácticas y de movimientos que habría de enfrentar a dos talentos nacidos a uno y otro lado del “Berliner Mauer”. Bobby Fischer versus Boris Spassky.

He aquí la simiente de “Reikiavik”, la obra en un acto y dos derrotas que escribe y dirige el siempre brillante Juan Mayorga. La Sala Francisco Nieva del Teatro Valle Inclán empapa su escenario de una contienda que se transmite del escaque a la palabra y que según uno de sus protagonistas representa “un silencio de ajedrez”.

El autor ingenia dos personajes de nombre y de hábito inesperado. Bailén y Waterloo se citan en un parque y se sientan a una mesa en la que luce un tablero. Pero su envite no es el ajedrez, sino la réplica de los dos rivales que se enfrentaron en los días sin noche de Islandia. Bailén y Waterloo, César Sarachu y Daniel Albadalejo, juegan no al juego sino a los jugadores y ante la mirada curiosa de una muchacha vestida de muchacho –Elena Rayos, testigo y alumno- reproducen sentimientos, anhelos, fobias, y desaires.

Sarachu y Albadalejo, a quienes algunos conocimos en la agudeza de “Cámara Café”, se multiplican con enorme destreza en un arsenal de personajes. Ellos son Fischer y Spassky pero con un somero disfraz –sombrero, gafas, bufanda- se encarnan en un predicador, y en un psicoanalista, y en una madre, y en una novia, y en un señor que se llama Kissinger, y en un agente de la KGB. Todo un corifeo de personajes que dan eco y a veces explicación a dos hombres retratados con inmensa piedad.

Porque Mayorga escapa lúcidamente de los antagonismos, esos que campeaban por “Rocky IV” y otras crónicas apócrifas de la Guerra Fría. En “Reikiavik” no se enfrentan el bien y el mal, ni el corazón y la cabeza, ni la libertad y la tiranía. Bajo el prisma del autor ni Fischer ni Spassky se sienten heraldos  de nada, y permanecen impermeables a las arengas de los políticos que les estrujan. En realidad su empeño – y su querer, y su demencia- no es otro que el ajedrez.

Boris Spassky se descubre más efímero, más terrenal. Lee a Tolstoi y a Bulgakov –veleidades burguesas, camarada-, tiene una esposa, es respetuoso y concesivo con su rival, lamenta filosóficamente el desenlace del duelo (“mi vida es el prólogo y el epílogo de “Reikiavik”).

Bobby Fischer deambula cínico y vulnerable, ajeno a lo codicia y a la gloria. Ansía vencer (“te devoraré el corazón”), desconfía de todo y de todos, naufraga en la obsesión. Indigente aunque patricio, errabundo aunque patriota, judío aunque antisemita.

Fischer y Spassky. No son enemigos, ni ellos ni los que vuelven a ser ellos. Mañana intercambiarán sus sombreros y al igual que en “La cantante calva” intercambiarán sus párrafos y con ellos sus destinos. Quedará el sueño compartido que Fischer –o Spassky, ya son uno- confía al público del Valle Inclán: “compartimos un mismo sueño, soñamos un tablero infinito”.

Fernando M. Vara de Rey

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