domingo, noviembre 27, 2022

La bendición de los desmemoriados

La memoria no sólo es flaca sino sobre todo caprichosa. A uno se le olvidan las cosas con una facilidad pasmosa. Nunca se acuerda de dónde puso las llaves, en qué lugar aparcó el coche o si ese encuentro con los amigos era a las ocho o a las nueve. Uno se acuerda, sin embargo, de la letra de esa canción que hacía años no escuchaba.

Hay quien dice que, a medida que pasan los años, vuelven los recuerdos de la primera juventud. Otros afirman que lo que verdaderamente se recupera es lo aprendido con tesón, ya sea en la escuela o en las aulas de la vida. Hay también quien piensa que sólo queda en la memoria aquello que se fija con anclajes sólidos, ya sea porque se relaciona con episodios y vivencias extraordinarias, ya porque se recurra a métodos nemotécnicos para rebuscar en ese baúl de los recuerdos que es la memoria. No hay nada tan frustrante como querer recordar algo que se oculta en los recovecos de la memoria –lo tengo en la punta de la lengua– y que sólo se nos venga a la cabeza cuando no nos hace ya ninguna falta.

Funes el Memorioso es la demostración evidente de ese dramatismo sin límites que sería recordarlo todo

La memoria también puede ser un fardo insoportable, quizás uno de los más pesados que puedan imaginarse. Esto es así no tanto por la repetición constante de acciones o situaciones que mejor sería que desaparecieran para siempre, sino por el carácter terrible e insoportable que conlleva la permanencia de la banalidad. El personaje de Borges, Funes el Memorioso, es la demostración evidente de ese dramatismo sin límites que sería recordarlo todo. Funes se acordaba de cada uno de los más nimios detalles de todo cuanto veía. Tenía una memoria tan prodigiosa que, al ser incapaz de descartar lo superfluo, excluía la posibilidad de racionalizar lo observado. El pobre Funes, por tanto, recordaba todo pero no pensaba nada.

Se creía en la antigüedad que los recuerdos –de ahí su hermosa etimología– radicaban en el corazón. Los griegos crearon el hermoso mito de Mnemósine, madre de las nueve musas, quien daba nombre a uno de los ríos que regaban el Hades. Si las pobres almas, en lugar de beber del Lete, cuyas aguas borraban la memoria, lo hacían del Mnemósine, se reencarnaban trayendo consigo el recuerdo de sus vidas anteriores.

Quién sabe si Borges no pensaría en esa equivocación mítica como el origen de la desmesurada capacidad de retención de su personaje. El lastimero Funes sólo tenía memoria mientras que los demás, por débiles y vacilantes que sean, lo que conservamos son recuerdos.

 

Ignacio Vázquez Moliní

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