miércoles, diciembre 7, 2022

La mordida

Un hombre que se queda un segundo más ante el semáforo en verde y es castigado por un claxon exasperado. Una señora en un paso de cebra, donde más arrecia la corriente, se queda parada con las pupilas dilatadas y el rostro apuntando al cielo. Parece que ha vislumbrado la solución. En un colegio en las afueras, un niño garabatea una alineación con dos interrogantes. La rompe y tira los trozos por la ventana. El aire los esparce tan lejos como él se figura las piezas de su Madrid sin Modric, el hombre-niño desamparado que late en el corazón del equipo. La señora tiende la ropa y es un banderón al viento. Hace señales con su vecina, del Atleti, confiada y segura desde que el cholo les mostró la forma del daño, y desde que descubrieron que el equipo rival ya no tiene un lobo en la majada. 

Bale se rompió en silencio, sin un chasquido intimidante y apenas nadie le acompañó en la comitiva. Al poco rato en Modric se oyó un crujido parecido al de la clase media al despeñarse. Casi inaudible, sin mucho aspaviento. Un drama seco, sin la posibilidad del grito. Desde dentro de Karim tampoco llegaban buenas noticias. Fue arrinconándose en la previa, hasta que todo el mundo supo que el cansancio le había alcanzado. El madridismo asistía impávido ante el parte de bajas. La de Modric le llegó al corazón, pero demostrar desolación era cederle a los atléticos el territorio. El señorío también es encogerse de hombros ante la fatalidad. Somos el Madrid, como letanía murmurada, que cuando llega el partido se convierte en una tormenta. Fueron tres días en los que se jugó una partida de ajedrez en la imaginación de cada hincha del Madrid, barajando todas las posibilidades sin encontrarse a gusto en ninguna. La gente se paraba bajo los umbrales. Quedaba Chicharito, un jugador al que se le tiene cariño un poco por compasión, otro poco por ser mexicano -Hugo es la quintaesencia de esa eficacia que es más recuerdo que verdad-, y también porque todos saben que lleva dentro el gol. El de verdad, no el que el florentinismo ha querido parir una y otra vez desde que Zidane echara abajo el sol con su remate. El gol sucio, mordido y un poco indecente; patrimonio del Atleti y que le está vedado esta temporada al Madrid, y es una prolongación de lo que ocurre en las calles. Eso parecía que Chicharito acarreaba dentro. Ahora lo podría demostrar.

Los rojiblancos no iban por el partido, confiarían en los azares del balón colgado y en el muro mental que para CR son Godín y Miranda

El nuevo himno del Madrid, falangismo postmoderno, cantado con una fuerza extraña, dejó tocado al Atleti que desde el principio se dispuso agazapado sobre el campo. Como si fuera el invitado a la recepción del embajador. Una larga posesión con Ramos de interior despejó la primera duda. Los rojiblancos no iban por el partido, no presionarían alto, confiarían en los azares del balón colgado y en el muro mental que para Cristiano son Godín y Miranda. El plan era echar el partido por delante hasta que los minutos tuvieran gravedad. Hasta que el tiempo fuera otra magnitud en el juego, y el Madrid lo notar a través del silencio de su estadio. Ese era el encuentro que necesitaba el Cholo. Una dramaturgia con un guión muy preciso. Y él entraría a escena en el tercer acto. A través de Torres, su reina predilecta.

Kroos tenía un segundo para pensar, y eso significa el Real en campo contrario y con las piezas bien dispuestas. Es suficiente con que Isco y Ramos se abran, con los extremos vigilándolos de cerca y James y Cristiano caigan en posición de mediapunta. Sólo con eso, y conociendo el Atleti del pie tan dulce que tiene Varane, el enjambre sobre el alemán queda desactivado y el balón llegaba cómodo a tres cuartos del campo rival. Así de elástico y sencillo es este Madrid cuando no está Modric y no se atrofia. Pero su cartografía se ve venir desde muy lejos y eso significa que el dominio se atraganta dos pases antes del último. Cristiano se mueve y busca, pero es expulsado de la zona de remate. Ya no le da para asomarse con un metro de ventaja cuando enfrente tiene a los mejores. Pero no ceja, y eso a la postre fue definitivo.

Dos eran los llamados a resquebrajar los muros de Jericó. Isco y James. Uno partiendo del interior izquierdo y otro haciendo de Karim. Isco tuvo una primera parte espesa, torpe, sin gracia ni peligro, pero tampoco perdió la bola ni expuso a su equipo. James se adueñó de su parte del campo (digamos que del centro hacia la derecha), y hacia ahí se inclinó el encuentro. Hubo una primera ocasión de cartón, muy propia del Madrid en el Bernabéu, con el colombiano abriendo una herida con un balón que rozó sin tocarlo, a la manera antigua de Özil. Chicharito corrió tras la pared, y algo escorado se pensó demasiado el tiro. Falló como todo el mundo esperaba, y siguió un rato con esa cosa bullangera, alborotadora encima, que gusta e irrita al Bernabéu. Gusta porque es acción y el Atleti paraliza los instintos de Cristiano hasta convertirlo en estatua ecuestre. Irrita por el aire intrascendente y amateur que destila.

En cuanto el Real pierde el balón, Ramos se incrusta en la zona de nadie. En cualquiera de ellas. Detrás de Kroos, o entre Varane y Pepe, o mordiendo a los que merodean el área. Esa jugada tan del Atleti que empieza con un aire intrascendente, en una pérdida, llega a una banda donde Koke centra a su manera sibilina, y de repente, el madridismo descubre con horror que se han colado dos rojiblancos en lugares estratégicos del área a donde acude la mala suerte; esa jugada no ocurrió en todo el partido. El ceño fruncido de Varane, que se ha erigido sobre su niño interior para edificar un hombre. La solvencia de Pepe, y sobre todo la libertad de Ramos para adivinar los sitios neutros por donde el Atlético deja resbalar el balón para que alguien lo remate, dejaron al conjunto rojiblanco sin el dominio de las esquinas de la habitación y las segundas jugadas. Una raquítica ocasión de Koke cuando Raúl García provocó unos minutos de desconcierto, y nada más.

 La impresión de la primera parte era que el Madrid seguía con cartuchos de fogueo

Kroos abanicaba la pelota y era el minuto 15. Todo era tranquilo, entonces. El riesgo se vendía caro, por miedo a descolocar las piezas, y porque en la mediapunta nadie asistía a la representación. Chicharito daba un manual de desmarques canónicos. De caídas a banda. Demasiado poco para la solvencia de los centrales enemigos. Sólo James. Un jugador sudamericano. Es el que une a la imaginación, al detalle inesperado, el recurso para ejecutar y la dureza para acabar lo que se empieza. Da una vuelta sobre su eje y pone un centro imposible para el remate del mexicano. Chicharito no llega, pero ahí está. Los centrales ya saben que bastará con una distracción para que el delantero encare de frente a Oblak. Poco después, el balón le llega a Juanfran y comienza una comedia con Coentrao que apartará al Madrid durante un cuarto de hora de su trascendente misión. Saques de banda que salen rebotados una y otra vez, el balón que no acaba de salir a córner, un barullo del que escapa la pelota como una perdiz, patadón hacia adelante y vuelta al mismo sitio. Saque de esquina al fin. El Bernabéu calla miedoso, pero los tres centrales parecen gigantes venidos del pasado y durante todo el encuentro Godín no los erosiona ni un milímetro. Hay un disparo lejano de Gámez, al que nadie conoce, y que parece que se ha colado en la función, y Casillas bloca sin problemas. Gran aplauso como pequeña catarsis.

Kroos retoma el hilo -maravilloso el alemán, en su austeridad elegante- y parece que nada le puede hacer desviar de su función. Da igual lo que ocurra que siempre vuelve a su lugar para comandar a los suyos. Como decíamos ayer, parece decirnos el germano después de una breve interrupción del rival. Y sigue Isco sin arriesgar. Y Chicharito aleteando por todas partes. Y Cristiano que merodea y que el aficionado siempre parece escrutar con mayor crueldad que al resto, y James que para, que observa y que mete una marcha donde ya no se puede ni respirar. Para que el cuadro estuviera completo faltaba el disparo de Cristiano. Llegó en una jugada rebotada del Atlético, provocada por la presión del Madrid, muy efectiva, impulsada mentalmente por Ramos y ejecutada por Chicharo y James. Un balón raso y Ronaldo en carrera y con medio segundo para pensar donde la pone. A sólo un metro del área. Enfrente está Oblak. Ya se conocen. Ronaldo dispara raso y un metro por fuera de la portería. Fue un rebote y una acción fulminante. No parece que haya otro camino. Va llegando el fin de la primera parte, y el Madrid comienza a sentir ansiedad. Todos hablaron en la previa que el paso del tiempo dejaría el encuentro en manos de los atléticos. Por confianza, personalidad y por el valor doble. La impresión de la primera parte era que el Madrid seguía con cartuchos de fogueo. Hubo una falta muy larga. Ronaldo no la va a meter desde ahí y todos lo saben. Con su teatralidad sigue provocando algo de tensión y esta vez el balón va a portería, muy esquinado, vuelo rasante que Oblak desvía a córner. Este combate no se gana a los puntos, dice la media sonrisa de Godín. Queda una última jugada, esa del 45 con la que sueñan los niños. El Atleti saca la pelota de forma confusa y Carvajal se adelanta en la mediapunta a su par rojiblanco. James se abalanza sobre el balón en un segundo donde el atlético se queda a mitad de la escalera y Cristiano dibuja un desmarque ideal. Le llega el balón recto, suave, casi morboso por el rastro que deja en el césped. Pero Oblak ya le ha comido un metro y en ese instante tiene la consistencia del granito y las extremidades de las criaturas del abismo. Ronaldo dispara con la inercia de su carrera. Sin engaño ni imaginación, contra el esloveno, que todo lo tapa. Acaba la primera parte. Sigue la espera.

 Godín y Miranda podrían estar toda su vida despejando corners y nunca fallarían una

Nace la segunda mitad con una buena noticia. Isco se aventura en la mediapunta y vuelve a coserse la pelota al forro. No le duraron mucho las alegrías, pero le dio para un balón filtrado a Chicharito contra el que salió Oblak agitando los brazos como para espantar a los niños. Otro balón perdido aunque pareció que había fuera de juego. Se repiten las constantes, pero hay más electricidad sobre el terrazo. El Madrid deja pequeños resquicios, casi a propósito para que se filtre el atlético. No pasa nada. La geometría del Madrid provoca corners sin descanso. Godín y Miranda podrían estar toda su vida despejando y nunca fallarían una. La foto fija en las luchas del área parece sacada de un cuadro de la contrarreforma. Movimiento, rabia, desesperación, caballos abatidos, orgullo y un rayo de luz donde se vislumbra la siguiente ronda. Varane remata hacia abajo sobre un suelo plagado de soldados. Cristiano sigue con su partido erosivo. El Atlético saca un par de centros de los suyos. No del todo laterales, no del todo frontales, que buscan que iker se choque con el defensa para que el que pasaba por allí recoja las migajas. Se pisa el minuto 60. Faltan otros 10 para entrar en lo irreversible. El Bernabéu entra en contradicción. Siente miedo, ansia, ganas de animar y se choca contra su propia individualización y contra la falta de un jugador que orqueste la rabia. Salta Raúl García al campo y comienza a darse cabezazos contra las paredes. El césped se llena de llagas. Koke la tiene, y es la única que hubo y que habrá. El cabezazo es manso. El Atlético está a medio creer y el Madrid no ceja en sus ganas por quitarse de encima la camisa de fuerza. El escenario no es el descrito por Simeone. Comienza el tercer acto sin ninguna playa a la vista.

Iker está serio. Cristiano la roba y dispara fuerte, combado, pero al otro lado del hilo está Oblak. Un monumento. Levanta una mano y desactiva la jugada. Largas posesiones del Madrid. No tenemos miedo, grita!. Llegaremos al final, donde los hombres, donde dice la gente que el atlético nos espera. Raúl García empuja las líneas del partido hacia adelante, pero en la parte madridista no saltan los cables. Le arrea una patada a Varane. Hay corrillos. Le sacan una amarilla, y otra a Pepe, al que se acercan pidiéndole cordura. Tiene que ser duro estar en su piel, no recibe más que consejos. El Madrid vuelve a perder la comba. Otro balón sobrevuela. Ramos controla y Arda le pone el pie delante. Plancha! gritaron en el patio. Juego peligroso dicta el reglamento. El árbitro le saca ceremonioso la amarilla y todos se vuelven locos. ¿Por qué, si se puede saber? Nadie había reparado, pero el bueno de Turan tenía otra amarilla. Es expulsado. El Bernabéu vocifera. Cholo se queda sin palabras, se le secó el gesto. Su plan, que era hacer pasar las horas, como si fuese una mujer tras la ventana, no ha funcionado. Sabe que sólo le queda la suerte. Y ese pozo está agotado.

 El Atleti estaba destruido casi recibió con alivio una prórroga que hubiera sido la repetición de la de Lisboa

El acto siguiente está a punto de cerrar el encuentro. Con el Atlético desperdigado por el campo, rumiando contra la luna negra, James y Chicharito montan un artefacto explosivo que termina con Godín intentando derribar al mejicano sin conseguirlo. Otra cita con Oblak, y otra vez que sale el esloveno como la araña de la cueva. Sólo sus patas y el balón que huye hacia el córner. Un travelling hacia Kroos anuncia algo que no sucede. El área del Atleti sigue inexpugnable. En el plano siguiente Cristiano avanza ligerísimo por banda, y James le espera clavado en su sitio: el pico derecho del área. Le devuelve una pared entre las piernas de Godín (el malvado / ha sido / burlado) y entra en el área cayéndose, vertiginoso, con el eco del gol dentro. Chicharito quietísimo recibe en el punto de penalti, con Oblak vencido por el vaivén del portugués y toda la defensa sajada a la mitad. Dispara un balón eterno que entra mordido a portería. Sale corriendo hacia la luz, gritando con la mandíbula desencajada. Cristiano, detrás, pasea tranquilo apartado de la montonera. Cristiano, al que los hinchas le piden que los lleve en brazos a la cama, y se quejan cuando nadie les oye de su poca presencia en partidos decisivos. Chicharito, que metió una de cuatro, que al fin y al cabo es lo que se le pide a un delantero de área. Y jugó con hielo en la cabeza y fuego en sus movimientos. Algo difícil de ver en los ausentes.

Ya no hubo más. El Atleti estaba destruido casi recibió con alivio una prórroga que hubiera sido la repetición de la de Lisboa. Chicharito descansó merecidamente sobre el césped y dejó pasar un largo minuto rodeado de rojiblancos que se pasaron el tiempo de descuento haciendo corrillos, exasperados porque la mezquindad de su planteamiento les había secado el fútbol. 

FICHA TÉCNICA

Real Madrid, 1- Atlético, 0

Real Madrid: Casillas; Carvajal, Pepe, Varane, Ramos, Coentrão (Arbeloa, m. 93; James, Kroos, Isco (Illarramendi, m. 92); Cristiano Ronaldo y Chicharito (Jesé, m. 91). No utilizados: Keylor Navas, Khedira, Lucas Silva y Nacho.

Atlético: Oblak; Juanfran, Miranda, Godín, Jesús Gámez; Tiago (Giménez, m. 85), Koke, Saúl (Gabi, m. 45), Arda Turan; Griezmann (Raúl García, m. 75) y Mandzukic. No utilizados: Moya, Siqueira, Raúl Jiménez y Torres.

Goles: 1-0. M. 87. Chicharito.

Árbitro: Felix Brych, alemán. Amonestó a Raúl García, Koke, Pepe y Arbeloa y expulsó a Turan por doble amarilla.

Unos 81.000 espectadores en el Santiago Bernabéu, lleno.

Ángel del Riego

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