lunes, diciembre 5, 2022

Aromatizando La Vera

Son las 10:00 y empiezo a pensar, ¿a qué huele mi tierra?, ¿a qué huele La Vera?. Multitud de olores me rodean en cuanto salgo a la calle. Con el verano, las vecinas de las pequeñas callejuelas se reúnen para hacer ristras de pimientos, el olor de ese fruto rojo envuelve mis sentidos. Vienen a mi cabeza imágenes fugaces: largas hectáreas de campo, gente recogiendo pimientos, aspersores, secaderos, pucheros…  Se mezclan los olores dulces y amargos en el fondo de mi nariz al pasear por esas calles.

Ventanas abiertas, donde salen las mujeres a tender la ropa. Al pasar huele a limpio, a fresco, a nuevo, aire perfumado…, pero hay otras que su olor es tradicional: la comida. ¡Huele a patatas!, ¡huele a pimientos fritos!, ¡mira, ahí deben estar haciendo lentejas! Cierras los ojos y lo primero que piensas es “podían invitarme a pasar…”. Aun así, mi camino debe seguir.

Me sumerjo en las profundidades de los bosques de galería, por donde fluyen las aguas cristalinas de las gargantas que nos representan. Huele a tierra mojada, a humedad, los mosquitos que pululan por mi oreja le ponen banda sonora al lugar, la naturaleza pura entra por mis fosas en una respiración profunda. Pasas por el puente y regresas al pueblo.

Una brisa de aire perfumado roza mi cara. Según voy andando el olor es más intenso. Me detengo ante una arquitectura de olores. Cojo aire, observo…Se trata de una fábrica de pimentón.

Ahumado, ese es el concepto que les representa. Cierto olor amaderado, un ligero picor yace en mi garganta, el pimentón se hace con mis cinco sentidos.

Mientras tanto, en mi recorrido me tropiezo con una gran cantidad de cerezos. Cerezos que llenan el campo de un color especial, como si se tratara de una imagen con filtro. Cojo una de sus guindas, me la meto en la boca, la saboreo y noto una mezcla de sabores: dulce, ácido, amargo…un estallido de sabores, que suben por la faringe convirtiéndose en un suave olor afrutado.

Ya se me hace tarde, y de regreso a casa paso por cinco largas y estrechas calles. En todas ellas corre una brisa fresca, que me llena de calor y me trae a la memoria el recuerdo del panadero amasando el pan. Harina, agua, sal y levadura corren por la panificadora para dar forma al pan de pueblo. Ese olor dulce, a reciente, mis papilas gustativas crujen a la vez que el panadero prueba la cáscara del mismo. No hay tiempo para más, tengo que marchar, pero me marcho dejando atrás una explosión de olores, de sentimientos, de gentes, de costumbres…Me marcho dejando ese tejido invisible que conecta todos mis recuerdos y mis días.

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