lunes, diciembre 5, 2022

Regreso a la alta Edad Media

Hace trece años, un 11 de septiembre, creímos que habíamos alcanzado la cumbre de la irracionalidad y de la crueldad del hombre con el hombre. Tres mil personas murieron, seis mil quedaron heridas, en aquel atentado absurdo de las torres gemelas, que solamente sirvió para causar dolor y ahondar el abismo de la falta de entendimiento que Huntington quiso resumir en un título, 'conflicto de civilizaciones'. Yo diría que, en el tiempo transcurrido desde aquella locura, este conflicto, de cuyo acierto en la denominación tampoco estoy seguro, ha empeorado notablemente. Ya no hablamos de dos civilizaciones, sino de dos concepciones opuestas del mundo. Una quiere las libertades y habla de progreso. La otra preconiza un regreso puro y duro a la Edad Media. Esto ya es así, y no caben ni medias tintas ni pretendidas posiciones objetivas.

Escribo conmovido como ser humano ante las terribles imágenes con las que, hasta hace apenas unas horas, nos ha castigado el mes de agosto. No puedo quedarme indiferente ante el hecho de que alguien sea capaz de degollar a alguien ante una cámara de vídeo en nombre de quién sabe qué ideas disfrazadas de religión. Asesinan y, además, humillan a la víctima enviando a la morbosa curiosidad del mundo las últimas imágenes del máximo sufrimiento del decapitado. No puede haber mayor atentado a los derechos de una persona. Imposible imaginar mayores dosis de fanatismo que las que alberga el corazón  -iba a escribir el cerebro- de un individuo -iba a escribir un hombre- cultivado en Occidente y capaz de olvidar cualquier vestigio de la cultura que aprendió para regresar a la barbarie.

Pero escribo también como periodista. Ellos, y no hablo solamente del Estado Islámico, no quieren testigos; quieren la propaganda que, en el fondo, les estamos haciendo. Naturalmente, aborrecen la libertad de expresión que los denuncia. No puede haber miedos ni debilidades a la hora de esa denuncia: nos ha costado muchos siglos llegar hasta donde estamos. Es preciso olvidar presuntos (o reales) conflictos de civilizaciones para unirnos todos, los de un lado y del otro, en el clamor contra los que vierten la sangre de cualquiera a quien hayan declarado enemigo (y, para ellos, cualquier causa razonable es enemiga). No sé lo que preparan, no me importa lo que quieran. Se hace necesario un nuevo orden mundial que frene para siempre este brote salvaje, que atenta directamente contra la humanidad.

Sí, el horror ocurre en tierras irredentas, remotas, lejos. El sufrimiento, nos decimos, es cosa de gentes ajenas. Y eso es precisamente lo que grito: no hay tierras lejanas ni gentes ajenas. Es cuando ves degollar a un compañero de profesión, que podrías acaso haber sido tú mismo si hubieses tenido el valor de tratar de contar las cosas que él contaba, cuando empiezas a pensar que, acaso, el horror no sobrevuela tu cabeza: te da de lleno en la frente.

Y, a todo esto, ¿dónde están las Naciones Unidas, los cascos azules, un señor llamado Ban ki Moon? ¿Para esto sufragamos a la organización supranacional que más burócratas tiene? Creo que, para acabar con una situación insostenible, tenemos que empezar a cambiar algunas cosas, muchas cosas, en el lado de acá. No solamente, aunque desde luego también, a los bankimoon que, en aras de no sé qué objetividad, han decidido lavarse las manos para no contaminarse tomando decisiones.

Fernando Jáuregui

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