sábado, diciembre 3, 2022

¿Es legítimo acosar a los dirigentes?

Empiezan a proliferar protestas en el ámbito más Íntimo de los dirigentes, en sus casas. Los ciudadanos, acelerados por la impotencia de sus reclamos, buscan a quienes les confieren sufrimiento en el epicentro de sus vidas. Se habla de asalto a la intimidad. ¿Hay mayor asalto a la intimidad que un desahucio?

La política se ha blindado separando a los representantes de los representados

La política, en su deslegitimación actual, se ha blindado separando a los representantes de los representados. Guardaespaldas, coches con chófer, y protección las veinticuatro horas del día, hacen imposible un contacto de los ciudadanos con los dirigentes. Y sin embargo, el conjunto de medidas, que carecen de legitimidad electoral por los programas incumplidos, zahieren los derechos conquistados e introducen condiciones de vida imposibles millones de ciudadanos. ¿Cómo vencer esa muralla de aislamiento de quienes vulneran el mandato representativo de los electores?

Poner puertas a la indignación promueve abrir ventanas a la protesta. Quien ha perdido su trabajo, su casa y su esperanza, reclama el desahogo de acercarse a quienes les infringen sufrimiento para materializar su rechazo. Para mí, la protesta en el único entorno en donde se puede encontrar a los causantes de tanto dolor, es legítima si se cumplen algunas condiciones.

La primera, que los reclamos sean absolutamente pacíficos, exentos de amenazas o de cualquier forma de violencia. Y, segunda, que no se haga sufrir a los hijos y familiares de los políticos o dirigentes económicos las consecuencias de esas protestas de forma directa.

Quienes se favorecen de la desgracia ajena deben saber que su estatus no es eterno.

No solo se trata de dirigentes políticos. Ejecutivos de banca que se reparten cientos de millones de euros mientras sus entidades ejercitan desahucios no tienen legitimidad para pedir que se respete su aislamiento. Burbujas de felicidad en un entorno de sufrimiento.

Guardaespaldas, aviones privados, y la impunidad de los vencedores con sus derrotas de los desfavorecidos. ¿Qué quieren, que encima no se les pueda echar en cara su ignominia?

Quienes se favorecen de la desgracia ajena deben saber que su estatus no es eterno. Y deben estar dispuestos a aguantar la pacífica indignación de sus víctimas. Tal vez, en tiempos de crisis, tendría éxito organizar tours por las mansiones de los banqueros para que sintieran el aliento de una calle que esquivan con sus blindajes.

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Carlos Carnicero

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