sábado, diciembre 3, 2022

La política de cristal

Los restos de Enrique Tierno descansan en la Almudena, cerca de la entrada principal de la necrópolis, flanqueados, a corta distancia, por un monolito de la División Azul y tras un mausoleo, envejecido, en el que yacen los restos de cuatro aviadores de la Legión Cóndor.

Tierno Galván fue un hombre perseguido por el régimen y un hombre agnóstico ‘gracias a Dios’

No deja de ser paradójico que el primer alcalde democrático, y de izquierdas, tras la dictadura de Franco, un hombre perseguido por el régimen, un hombre agnóstico ‘gracias a Dios’, repose en la Almudena, rodeado de tan distinguidos símbolos y junto a otros muchos miles de vecinos de la villa.

Puede que en eso consistiera la reconciliación de la que tanto hablábamos durante los años de la transición, y que la naturaleza dialogante, tolerante, abierta y nada sectaria del viejo profesor, tuviera como fin simbólico apaciguar la ira de tantos años y tantos otros, con un gesto integrador, aunque más allá de la vida, en uno de los rincones de la ciudad que tanto quiso y que tanto le quiso como alcalde, como hombre cercano, distinguido, como político honrado, tan distinto de esta especie actual, tan llena de mugre en los bolsillos y tan vacía en la cabeza.

Al fin y al cabo, Tierno tenía muy poco que ver, nada por ser exactos, con esto que llaman ‘la casta’, y que otros edulcoran llamando ‘clase política’. Algunos son tan bobos que se sienten cómodos con esa clasificación porque, no nos equivoquemos, con lo que les ha costado llegar como para ser iguales a los demás.

Hace veintisiete años que murió el viejo profesor. Se cumplieron este fin de semana. Y los socialistas, un pequeño grupo de gente cabal y honrada, decidió acudir, temporal aparte, a presentar sus respetos a quién marcó, en su día, el abismo que distingue a los grandes políticos sin alharacas, ni asesores de imagen, de los mediocres que pacen su estulticia con ínfulas, borbotones de soberbia y planicie cerebral, en dosis proporcionadas.

Tierno nos podría ayudar con un poco de luz para guiarnos unos instantes

Son tiempos estos de escasez. Nos faltan Diógenes que reten a las circunstancias para descubrir un hombre entre tanta piedra; nos falta la luz de sus lámparas para mostrarnos una salida de este mar de sargazos en el que estamos atrapados, enganchados por las carteras, atascados entre monederos, cubiertos de sobres descubiertos. Nos cercenan las venas las ramas afiladas de esta hiedra de sofocante mezquindad; ya ni miramos las sombras con perplejidad en el fondo de la cueva, el lado equivocado de la humanidad. Ya ni miramos, siquiera: la realidad nos ha arrancado los ojos. Y simplemente respiramos el hedor de la peor política, la de estos que nos mandan. Y en tantos sitios.

El caso es que yendo, o más bien volviendo, a Tierno, con los viejos militantes que acuden a dejar flores sobre su lápida, como antes se hacía en el pequeño mausoleo de Pablo Iglesias, en el cementerio civil, los primeros de mayo de la clandestinidad; uno escucha a Gómez o a Barranco y piensa, así, distraídamente, que quizá aquella aparentemente frágil, no sé si de actualidad, pero sí al menos sensata condición de político con nobleza nos hace falta ahora más que nunca para sobreponernos a esto que nos pasa. Tierno, como recuerda Barranco, que tenía bolsillos de cristal, ética e ideas, nos podría ayudar con un poco de luz para guiarnos unos instantes.

Y así escapar de esta asfixia. Y poder volver a la concordia, más allá de este aguacero.

Rafa García-Rico – en Twitter @RafaGRico – Estrella Digital

Rafael García Rico

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