lunes, febrero 6, 2023

Gingrich: El partido de un miembro

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Acabar en el cuarto puesto en New Hampshire normalmente no es la catapulta a unos comicios a dos por la candidatura Republicana, pero Newt Gingrich puede defenderse razonablemente bien.

El expresidente de la cámara baja queda por detrás de Mitt Romney entre los Republicanos en los sondeos nacionales. Rivaliza por el segundo puesto en Carolina del Sur. Es el segundo claro en Florida. Con Rick Perry terminando sólo 800 votos por delante del excandidato fugaz Buddy Roemer en New Hampshire, Gingrich puede decir ser el último sureño viable de la campaña. Dispone de dinero para publicidad. Y se ha asegurado el apoyo importantísimo del marido de Sarah Todd Palin.

Pero el precio que ha pagado Gingrich por su constante relevancia es elevado. Esperaba triunfar confundiendo las expectativas con su volatilidad, su hipocresía y su inestabilidad. Ahora sólo va a mantener la atención de la opinión pública confirmando esas expectativas.

Aunque los sondeos le son favorables, el relanzamiento de la imagen de Gingrich fue la principal temática de la campaña Gingrich. Iba a ser «respetuoso y constructivo». Condenaría los ataques de los comités de acción política y despediría a los asesores que participaran de campañas negativas. En la línea típica de Gingrich, predicar la virtud no bastaba. Criticó al resto de candidatos por «actuar como alumnos de séptimo».

Pero al parecer, Gingrich tendrá 14 años siempre. Cuando su trayectoria fue objeto de ataques, llamó «embustero» a Romney. Denunció ser «Romney-teado». Restó importancia a sus semanas de asueto positivista como «un experimento», prometiendo sacar a la luz a diario materiales poco lisonjeros para Romney. «Todo lo que digamos», anunciaba, «va a tener citas de Romney, grabaciones de Romney, vídeos de Romney; todo se apoyará explícitamente en Romney». Y luego la ofensiva Bain.

A principios de diciembre, Gingrich estaba convencido de que la candidatura era suya. Ahora está convencido de que le fue robada por los engaños de Romney. En realidad, se le llama propiamente investigación. Las emociones de Gingrich son comprensibles. Pero es el contraste entre el Gingrich ganador y el Gingrich perdedor lo que asombra. Pide a gritos no un tratado de política sino de licantropía: sale la luna. La transformación se completa.

El mecanismo de selección del candidato presidencial es según se dice demasiado largo y demasiado indigno. Pero también es revelador. Con el tiempo saca a la luz al candidato como vino al mundo. No pueden ocultar quiénes son. En el caso de Gingrich, la campaña ha resumido una carrera entera. Es un caballero de capacidad excepcional -desenvuelto, tenaz y creativo. Nadie tiene mejor sensibilidad del pulso del conservadurismo, si bien es alguien puntualmente dispuesto- en cuestiones como la inmigración a plantar la ortodoxia conservadora.

Pero Gingrich también fue pionero de la política de la destrucción personal, en la misma medida que la política del terreno personal. Una vez más, intuye que el asiento que le corresponde a bordo del Air Force One le ha sido negado. De manera que ataca a Romney desde la derecha en el aborto y desde la izquierda por Bain Capital. El único principio unificador -la única causa claramente atendida- es el impulso emotivo del propio caballero. No lucha por ninguna variante del conservadurismo sino por el Newtismo, que es más importante para él que ninguna formación o ideología.

Gingrich recuerda a otra figura política imponente pero con defectos. Tengo en mente a un sureño atraído por las grandes ideas, fascinado por las teorías de gestión empresarial y los paradigmas científicos, propenso al moralismo y la grandiosidad, capaz de introspección e intimidación en la misma medida, desenvuelto a través del cultivo de la alarma constante. Al Gore también fue transformado por la derrota, que coincidió con el «ataque a la razón», el fracaso del «análisis racional» y «la impactante decadencia y degradación de nuestra democracia». El fracaso político de una figura tan relevante exigía de explicaciones cósmicas. Los rivales de Gore se convirtieron en «casacas marrones digitales» y en «antiamericanos» y en «una banda renegada de extremistas de derechas» que había «traicionado al país». El agravio se mezclaba con la vanidad. Es fácil imaginar a Gore pronunciando las palabras de Gingrich: «Si quiere difamar a la gente que trata de pensar, vale».

Newt Gingrich se está transformando en el Al Gore del Partido Republicano -pero con una gran diferencia. Al aceptar el papel de profeta vengativo, Gore apela a un subconjunto de la coalición progre- la clase de personas que consideran justo y equilibrado al presentador de izquierdas Keith Olbermann. (Gore, en realidad, le tiene contratado). Con independencia de los defectos de Gore, es el líder de una causa.

Es en la actualidad difícil discernir cualquier causa en la campaña Gingrich aparte del propio Gingrich. Es la formación de un único miembro un líder histórico de talla mundial, financiado principalmente por un multimillonario. No es un movimiento; es el proceso de una disputa. Al igual que Sansón, Gingrich está dispuesto a echar abajo el templo que le rodea. Pero en este caso no son los filisteos los que sufren. Son los Republicanos los que quedan entre los escombros.

Michael Gerson

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