domingo, febrero 5, 2023

La opinión que tiene Newt de sí mismo

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«Me parece que soy una figura transformadora», dijo Newt Gingrich al periodista del Washington Post Dan Balz allá por 1994 — antes de que los Republicanos se hicieran con el control de la cámara baja.

 La modestia nunca ha sido el punto fuerte del ex presidente de la Cámara.

Acabó en un distante cuarto lugar en Iowa, y los sondeos dicen que no le irá mejor en New Hampshire el martes. Pero mientras recorre este estado presumiendo de logros reales o imaginados, es una maravilla que todo su autobombo no le haya astillado sus costillas.

«En el año 1980, ayudé a diseñar una parte clave de la campaña Reagan», anunciaba Gingrich, que por entonces era un legislador advenedizo.

«Trabajé con Reagan durante los primeros años 80», prosigue, «desarrollando una estrategia para el imperio soviético».

¡Anda! ¡Así que fue Gingrich, un legislador de segunda fila en el partido de la oposición en la Cámara, el que venció la Amenaza Roja!

«A finales de los 70, en colaboración con los legisladores Jack Kemp, Art Laffer, Jude Wanniski… desarrollamos la teoría económica Reagan».

¿Conoce la gráfica de Laffer que demuestra que si los impuestos se elevan más allá de un cierto nivel se deprime el crecimiento económico? En realidad es la gráfica de Gingrich.

 «He escrito varias novelas acerca de la Revolución norteamericana», añade.

«Hice dos películas».

«Ayudé a crear la comisión Hart-Rudman de seguridad nacional».

El echarse flores le envuelve: «la mayor bajada de impuestos a las empresas de la historia»; «la única vez de nuestra vida»; «una campaña a un organismo legislativo tan buena que quedó en la historia americana»; «la mayor ventaja electoral en unas generales de año impar en la historia americana».

¡Yo! ¡Más grande! ¡El primero! ¡El mejor! Gingrich habla a menudo del «excepcionalismo estadounidense» en la palestra, pero su campaña parece apoyarse en la teoría del excepcionalismo Newt-tiano.

Hay quien dice que sigue en su improbable campaña porque está movido por su odio a Mitt Romney — pero sus ataques vertidos contra el favorito vienen siendo inconsistentes. Hay quien dice que está tratando de brindar una alternativa conservadora — pero su candidatura, al dividir el voto conservador, está haciendo todo lo contrario.

Una mejor explicación es que su gira electoral gratifica su ego. Sin duda, el caballero se ganó un lugar en la historia llevando a los Republicanos al poder en la Cámara. Pero los alardes sin final insinúan aires de grandeza. «Vosotros queréis alguien que haya cambiado realmente Washington», dice a los partidarios, «y yo trabajé tanto con Reagan como con Thatcher a esa escala de cambio».

Después se puso a inventar internet.

La jugada de Gingrich en New Hampshire incluye su colección usual de alegaciones exageradísimas contra el Presidente Obama y los Demócratas: «Radicalismo… presidencia imperial… intentar comprar la reelección alcanzando acuerdos que vulneran la ley… Socialista europeo… dictatorial». También se regodea poniendo a caldo al caballero con más probabilidades de ser el candidato de su partido: «Un moderado de Massachusetts… abortos pagados por el contribuyente… más impuestos… elegir magistrados de izquierdas».

Pero la temática más presente de la campaña de Gingrich hasta la fecha es su tendencia a la egomanía — su alarde el mes pasado de ser «el favorito por un amplio margen», su equivalencia entre su exclusión de los comicios de Virginia y Pearl Harbor, y su alarde en torno a su tarifa por discurso, 60.000 dólares.

Evidentemente, la población de Plymouth, N.H., no reparó en la suerte que tuvo de tener gratis a Gingrich, porque había asientos vacíos en el viejo andén cuando presentó su autobiografía esta semana.

«Reagan y el equipo que le rodeaba, creamos en cuatro años 11 millones de empleos nuevos», decía de su tiempo en la oposición. «El paro siendo yo presidente de la Cámara descendió enseguida al 4,2%», añadía, olvidando compartir los méritos con Bill Clinton.

Una mujer le preguntó por la seguridad social. «Fui asesor estratégico del grupo de presión de la tercera edad AARP»», informaba Gingrich.

Un caballero le pidió que se midiera con Rick Santorum. Gingrich explicó que la diferencia era su «experiencia de primera mano trabajando con Reagan y Margaret Thatcher».

«La reforma social no habría tenido lugar si yo no hubiera sido presidente de la Cámara», añadió. «Toda la negociación a nivel de obligarle (a Clinton) a aprobar la reforma se dio a mi nivel».

Unos cuantos alardes más y Gingrich estaba listo para pasar a una pregunta acerca de las Naciones Unidas, lo que le permitió presumir de que «fui secretario del grupo de trabajo de la reforma de las Naciones Unidas junto al secretario de la mayoría en el Senado George Mitchell».

Una hora más tarde, Gingrich estaba en Littleton, en la cordillera de los Apalaches de New Hampshire, y su opinión de sí mismo no había hecho sino escalar. «Nos convertimos en la primera mayoría Republicana en la Cámara reelegida desde 1928», les informaba.

Uno de los presentes preguntó si la audiencia podía escuchar a la mujer de Gingrich, Callista, que venía compareciendo de pie en silencio a su lado. «Estoy verdaderamente convencida de que es la mejor persona para liderar a nuestro país», ofrecía ella.

¡Que alguien la pare! ¡Le está robando el discurso a Newt!

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Dana Milbank

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