jueves, diciembre 1, 2022

Aprender de lo malo

Cuando se enfurruñaba con los nietos, a mi abuela se le escapaba una sentencia cotidiana: “siempre aprendéis de lo malo, nunca de lo bueno”. Me ha venido a la memoria aquella regañina al oír hablar de los “minijobs”, eufemismo con el que se camufla la contratación basura más tirada que se ha inventado en el primer mundo desde la revolución industrial. Se reguló por primera vez, como tantas otras cosas, en Alemania y se puso en marcha para combatir los efectos de la reunificación territorial. Cientos de miles de obreros, que tenían su puesto de trabajo asegurado en la República Democrática, se quedaron en la calle o emigraron a otras ciudades de la nueva Alemania, provocando una crisis desconocida en la locomotora Europea.

Se parieron entonces los “minijobs” contratos por unas horas, retribuidos con poco más de 400 euros, que no generaban derechos ni prestaciones sociales y tampoco cotizaban al estado. Se asegura que sirvieron para que se colocara mucha gente sin cualificar, aflorara la mano de obra camuflada en la economía sumergida y se cuantificara la cantidad de personas que prestaban servicios a domicilio. Las estadísticas alemanas fijaron en más de siete millones los trabajadores que se ocuparon amparándose en esta modalidad contractual. Como los “minijobs” no tienen fecha de caducidad, aún existen y la cifra de minisueldos se mantiene estable en el tiempo. Dicen los expertos que probablemente fue una salida para remediar el problema, pero que la prolongación indefinida de este invento provoca en la actualidad el enquistamiento social de un colectivo sin especialización alguna y problemas de competencia en algunos sectores industriales.

España siempre ha sido, por desgracia, un país atípico e introvertido, aislado en su continente natural, demasiado orgulloso de su pasado y muy poco dado a planificar su futuro, acostumbrado a vivir de las riquezas que venían de ultramar e incapaz de invertirlas en su progreso. España siempre fue una nación pintoresca y visceral que se incorporó tarde y mal a la modernidad que enriqueció a Europa. Nuestra democracia recuperada impulsó sin embargo los deseos incontenibles de un pueblo que deseaba equipararse con sus vecinos. Y así fue como, bien entendido y bien gobernado, se sintió capaz de incorporarse al pelotón, correr con ellos y acelerar hasta colocarse entre los mejores. Ahora, casi sin fuelle en los pulmones, rezagados otra vez, nos agarramos a los calzones alemanes para no perder más posiciones y ganarnos un sitio en la recta final. Siempre fuimos bastante afrancesados, pero en estas horas malas nos hemos vuelto germanófilos y queremos ser como ellos.

No supongan que la propuesta consiste en copiarles sus virtudes tradicionales: disciplina, competitividad, organización milimétrica del trabajo, inventiva, directivos capaces, concertación social y capacitación permanente. Se trata según parece, de importar los “minijobs”. Y yo me pregunto para qué queremos más flexibilidad laboral. Apunten ustedes la lista de posibilidades en vigor: contratos temporales, interinos, a tiempo parcial, fijos discontinuos, de formación y prácticas, contratas de todo pelaje y empresas de trabajo temporal. Añadamos también el trabajo de miles y miles de becarios, que curran por cuatro duros y no tienen costo añadido alguno. Les recuerdo también que nuestro salario mínimo es uno de los más bajos en la Comunidad Europea.

Me temo que los minicontratos no generarán empleo neto, sólo desplazarán a los mileuristas al sótano del pluriempleo precario y mal pagado. La solución, creo yo, no es desregularizar aún más el mercado de trabajo, se trata más bien de bombear financiación y liquidez en las arterias de la economía española. Lo contrario sería, parafraseando a mi abuela, “aprender de lo malo y nunca de lo bueno”.

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Fernando González

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