lunes, diciembre 5, 2022

La rabieta progre de Obama

El adulto del grupo cuyo comportamiento siempre es apropiado acaba de agarrarse una rabieta progre de las de berrinche y pataleo.

En julio, el Presidente Obama contemplaba un acuerdo de reducción del déficit de 3 dólares de recortes del gasto público por cada dólar de subida tributaria. Su actual propuesta, según el cálculo de Keith Hennessey, de la Hoover Institution, incluye unos 15 dólares de subida tributaria neta por cada dólar de reducción neta del déficit. Vaya con lo del «enfoque equilibrado». En el curso de unos cuantos discursos destemplados, Obama ha prescindido de cualquier pretensión de centrismo en el contenido, el estilo negociador o el tono.

Si el objetivo político es consolidar su electorado de izquierdas, también es un desesperado reconocimiento del erosionado entusiasmo entre sus partidarios más convencidos. Si la intención es reproducir el éxito electoral del Demócrata Walter Mondale, se recomienda una lectura más atenta de los resultados electorales de 1984. Puede que a los estadounidenses les encante gravar a sus multimillonarios. Pero esto no se traduce en apoyo político a un candidato presidencial cuyo programa económico consiste principalmente de envidia y generosidad pública.

Cualquiera que sea el cálculo político de Obama, él ha justificado su giro a la extrema izquierda como cuestión de moralidad. Este argumento ético no es difícil de distinguir, puesto que la mayor parte de los discursos del presidente consisten ya de repeticiones hasta la náusea. Durante su breve intervención acerca del déficit en la Rosaleda, Obama empleó variantes de la palabra «justicia» en 10 ocasiones por lo menos. Los ricos y afortunados tienen que «pagar su justa parte». Sus críticos defienden «la injusticia». Se trata «de justicia».

Obama no está solo haciendo uso del lenguaje de los conflictos entre hermanos, «¡No es justo!», está plasmando el compromiso definitorio del izquierdismo moderno. El filósofo politólogo de izquierdas más influyente, John Rawls, escribía sobre «la justicia como equidad». Sostenía que el observador racional sin interés particular, alguien desconocedor de las circunstancias económicas en las que la suerte le puede situar, minimizaría su exposición buscando la distribución más equitativa posible de la riqueza. Las desigualdades económicas, en opinión de Rawls, sólo se podían justificar si benefician «a los que peor suerte tienen». La concepción de justicia de Rawls proporciona la excusa moral de un estado del bienestar creciente. También consolida un supuesto entre los izquierdistas que dice que todos los razonables son egalitarios.

Lo que resulta anodino en el estamento académico parece más llamativo y desconcertante en un presidente norteamericano. Hemos visto de primera mano algunas pistas de la doctrina de la justicia de Obama en el pasado. Durante una entrevista en el año 2008, el periodista Charlie Gibson preguntaba al candidato si iba a elevar el impuesto a las inversiones de particulares y empresas de las rentas altas, incluso si esta política daba lugar a una inferior recaudación pública. Obama respondió: «Me plantearía elevar el impuesto de capitales a efectos de justicia».

Bien, Obama ha dado su respuesta a la crisis fiscal: conservar sin reformar los compromisos sociales asumidos con una carga fiscal más elevada y más progresista en nombre de la justicia. Esta es, dice él, la única elección racional sin interés particular, lo que deja a los Republicanos a la burla por ser irracionales, injustos y egoístas. Todos los razonables, al parecer, son egalitarios.

Existe, sin embargo, otra tradición de pensamiento político estadounidense, la fe en la justicia como oportunidad. En lugar de poner el acento en la distribución equitativa de la riqueza dentro de una economía estática, presidentes como Abraham Lincoln o Ronald Reagan pusieron desde el principio los medios para elevar la rentabilidad económica de la ambición y la libre empresa. Distinguieron correr riesgos, no la aversión al riesgo. No sólo hablaban de igualdad en el caso de los que ocupan los últimos peldaños de la escalera social sino de oportunidades de subir por ella progresivamente. En el caso de Lincoln, «el principal objeto de la administración pública» era «elevar la condición de los hombres, levantar pesos artificiales de todos los hombros, para despejar el camino de la encomiable búsqueda de todo, permitir a todos un comienzo sin trabas, y una oportunidad justa, en la carrera de la vida».

Esto no es, o al menos no debería de ser, una filosofía del quien no nade que se hunda. Un gobierno compasivo ayudará a los necesitados y los arruinados. Un gobierno despierto dotará a los particulares, a través de la educación, la formación laboral y similares, de mejores medios para competir en la carrera económica. Pero en el seno de una sociedad libre, el objetivo más importante no es un resultado equitativo sino una oportunidad justa, la igualdad económica no, sino la movilidad social dentro de una economía dinámica.

Nuestra economía es de todo menos dinámica. La movilidad económica está estancada a niveles inferiores a los de gran parte de Europa, un importante desafío a nuestra identidad nacional. Pero no está claro que apuntalar el sistema social actual con impuestos más elevados vaya a servir para recuperar el crecimiento económico ni para reanimar el sueño americano. Estas prioridades brillan por su ausencia casi por completo en el programa izquierdista de Obama más reciente. Y eso, a largo plazo, es injusto con ricos y pobres en la misma medida.

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Michael Gerson

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