jueves, abril 25, 2024
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La irrelevancia de la presidencia Obama

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El Presidente Obama pronunció uno de los discursos más exaltados de su presidencia al dirigirse a una sesión conjunta de las cámaras del Congreso la noche del jueves. Una lástima que tanta de su audiencia creyera que se trataba de una broma de mal gusto.

«¡Hay que tramitar este plan de empleo ahora mismo!» exhortaba Obama. El Senador Republicano de Tennessee Bob Corker se reía con el Senador Republicano de Carolina del Sur Lindsey Graham.

«Warren Buffet paga un tipo impositivo más bajo que su secretaria – un escándalo que nos ha pedido corregir», proseguía Obama. Estallaban carcajadas en la bancada Republicana del hemiciclo.

«No es ostentosidad política», decía Obama. El congresista Republicano de Wisconsin Paul Ryan se reía a carcajadas.

«No es lucha de clases», decía Obama. Más risas histéricas entre la derecha. «Hemos identificado más de 500 reformas (del régimen) que van ahorrar miles de millones de dólares», afirmaba el presidente. El congresista Republicano de Virginia y secretario de la mayoría en la Cámara Eric Cantor se reía tontamente con el coordinador Republicano Kevin McCarthy, congresista de California.

En cierto sentido, fue más insultante que la salida de tono del «miente» del congresista de Carolina del Sur Joe Wilson durante el anterior discurso presidencial al Congreso. Los legisladores no se mostraron particularmente hostiles al Presidente — simplemente consideran cada vez más irrelevante al impopular Obama. Y la tendencia a no tomar en serio al presidente del 43% de popularidad no se limitó por completo a los Republicanos.

El país se encuentra inmerso en una crisis de paro, y por fin Obama daba a conocer, tarde, sus propuestas, pero a la congresista Demócrata de Nueva York Carolyn McCarthy le pareció que esta vista conjunta de las cámaras del Congreso era buen momento para pedir a la Secretaria de Estado Hillary Clinton que le firmara un ejemplar del libro infantil «Ratón de Cámara, ratón de Senado».

El presidente legislativo John Boehner y el Vicepresidente Biden marcaron el tono desde el principio. Aguardando a que Obama entrara al pleno, comparecían ante la Cámara y mantenían una conversación — sobre empleo no, sobre golf.

«Siete bajo par, cinco yerros», informaba Boehner a Biden. «¡Me tomas el pelo!» decía el Vicepresidente. «Fallé uno bajo par plano en el último hoyo», decía Boehner de otro encuentro. «¡Jolín!» decía el Vicepresidente. «Así que, a la jornada siguiente», proseguía Boehner, «hice un hoyo a la primera, ja, ja, ja». «Eso es increíble», decía el vicepresidente.

Boehner siguió hablando de otras memorables jornadas de golf antes de que un ayudante hiciera saber a ambos caballeros que sus micrófonos estaban abiertos.

Obama estuvo a la altura con una audaz propuesta de empleo que encantó a los progresistas pero que también contenía elementos que a regañadientes suscriben los conservadores. Pero aun así, ambas partes del hemiciclo habían llegado a la conclusión mucho antes del discurso de que no importaba nada: Obama se ha vuelto demasiado débil para implantar algo lo bastante ambicioso para surtir efecto alguno.

«Me pareció un gran discurso», decía el congresista Demócrata de Tennessee Steve Cohen. Pero las probabilidades de que Obama saque adelante su plan en el Congreso «probablemente sean las mismas de que los Nationals ganen la liga este año».

Las alocuciones presidenciales al Congreso a menudo son momentos dramáticos. Esta pasó sin pena ni gloria. Normalmente el palco de prensa está lleno hasta la bandera; en esta ocasión sólo 26 de los 90 puestos habían sido reservados dentro de plazo. Por lo general, algunos congresistas llegan a la Cámara horas antes para ocupar un escaño de posición privilegiada en el hemiciclo; 90 minutos antes del discurso del jueves, solamente un legislador Demócrata se había situado así.

Los líderes Republicanos, habiendo obligado a Obama a posponer la intervención a causa del debate electoral Republicano, decidieron que no iban a distinguir el acontecimiento ofreciendo una  «respuesta» formal televisada. Y la Casa Blanca, muy consciente de la popularidad de capa caída de Obama, desplazaba el discurso a las 7 de la tarde para no rivalizar con el encuentro Packers-Saints de la NFL a las 8:30.

Casi todos los Republicanos ignoraron el llamamiento a boicotear el discurso que  circulaba entre su formación. De hecho, los escaños vacantes se daban entre la bancada Demócrata. Los Demócratas se levantaron de mala gana para dar al presidente varias ovaciones, pero en ocasiones lucharon por manifestar entusiasmo. Cuando Obama propuso deducciones en la retención para la pequeña empresa, tres Demócratas se levantaron para aplaudir. El empleo estival temporal para jóvenes discapacitados entusiasmó algo a seis Demócratas, y una ventaja fiscal a la contratación de parados de larga duración dio lugar a 11 legisladores en pie.

Obama habló con rapidez, con urgencia, hasta airadamente. El congresista Demócrata de Illinois Jesse Jackson miraba al techo. El congresista Demócrata de Vermont Peter Welch pasaba revista al hemiciclo. El congresista Demócrata de Virginia Jim Moran se dejaba ver leyendo un periódico. Y los Republicanos, cuando no se estaban riendo entre ellos, guardaban silencio en su mayoría.

Ni siquiera la referencia a Abraham Lincoln, «un presidente Republicano que movilizó los recursos del estado para construir la línea ferroviaria transcontinental», provocó el aplauso de la bancada Republicana. La congresista Republicana de California Dana Rohrabacher bostezaba. El congresista Republicano de Louisiana Jeff Landry eligió este momento para sostener un cartel que rezaba «Prospección petrolera = Empleo».

¿Ni siquiera Lincoln merece ya el aplauso Republicano cuando Obama invoca su nombre pues? Si no fuera tan inquietante, resultaría hasta curioso.

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Dana Milbank

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