lunes, noviembre 28, 2022

El consenso constitucional

El diputado por CiU, señor Durán Lleida, acaba de asegurar en sede parlamentaria que la votación que ha dado paso en el Congreso a una reforma de la Constitución ha roto el consenso constitucional. Se refiere por supuesto al consenso prácticamente unánime que respaldó en 1978 la Constitución que desde entonces está vigente en España. De inmediato, otras voces se le  han unido para afirmar lo mismo. Entre todos, entre la CIU catalana y el resto de los que consideran roto aquel consenso, no llegan a treinta diputados, mientras sobrepasan los trescientos los que no opinan así. Es decir, un número insignificante de ciudadanos apoyan, si es que piensan igual que sus representantes, lo que el Sr. Durán afirma, mientras que la inmensa mayoría de los españoles no parece moverse en esa línea.

No soy experto en temas económicos, y no debo por tanto pronunciarme sobre el fondo de la reforma en curso. Incluso el momento elegido y la precipitación adoptada pueden merecerme alguna crítica. Pero no voy a entrar en ese aspecto de la cuestión, en el que no me considero competente. Me referiré en cambio, estrictamente, a la afirmación de Durán Lleida: la votación del Congreso -más de 300 diputados a favor, menos de 30 en contra- rompe el consenso constitucional. Esto realmente me parece muy grave. No que se rompa, sino que se diga. Y que se piense.

Desde 1978 -treinta y tres años ya-, en el Parlamento español se han tramitado un enorme conjunto de leyes. Muchas de ellas se aprobaron por media docena de votos, o menos, de diferencia; muchas merecieron grandes críticas de quienes no iban a votarlas; y sobre las mismas se elaboraron innúmeras enmiendas, se mantuvieron profundas discusiones, y se dio lugar a momentos de graves rupturas consensuales. Pero no se rompió -nadie dijo que así ocurriera- el “consenso constitucional”; nadie afirmó que aquel enfrentamiento, tan frecuente, de unos ciento setenta contra unos ciento sesenta diputados -una auténtica ruptura en dos del Parlamento-, rompía la unidad constitucional alcanzada como glorioso remate de la transición en 1978. Nadie aseguró que la división en dos bloques, bastante similares en número, de los españoles, cerraba el ciclo histórico del consenso. Nadie repudió el conjunto de la Constitución porque unos grupos políticos la interpretaran en línea a) y otros en línea b).

Y no se olvide cómo se han conseguido en los últimos años las exiguas mayorías que sacaron adelante nuestra legislación hoy vigente: como dicen los italianos, “io ti do una cosa a te, tu mi dai una cosa a me”. Bastantes veces, los pocos votos necesarios para suplir la falta de mayoría absoluta del Gobierno se han logrado, hay que decirlo con toda claridad, literalmente comprándolos. Todos los lectores saben a lo que me refiero.    

Pero eso no rompía el consenso constitucional. Seamos de nuevo claros: no lo rompía porque una minoría muy sólida y muy amplia, una oposición muy responsable, aún consciente de tantas irregularidades, no quiso pese a todo romperlo. Les valía más el consenso constitucional que el logro de sus programas.

Al Sr. Durán Lleida, no. En nombre de unas exiguas minorías, frente a un acuerdo de una inmensa mayoría, cree que el consenso constitucional se ha roto. O sea: la Constitución, que apoyan los representantes de tantísimos ciudadanos, ya no, porque contradice a los intereses de poquísimos. He aquí, pues, la democracia, versión Durán Lleida.

Pertenezco desde el inicio al grupo -hoy en claro crecimiento- de quienes no estamos conformes con la existencia del régimen autonómico en sí mismo, y mucho menos con cómo ha sido entendido, desarrollado y llevado a su dramática situación actual. Sé lo que es una “monarquía compuesta”: varios reinos, cada uno con sus propias estructuras políticas y sociales, unidos en una misma Corona. Sé lo que es una República Federal. Sé lo que es un sistema centralista. Pero este invento español de las diecisiete Autonomías me parece una creación artificial, edificada sobre falsos presupuestos históricos, sin verdaderas raíces, y gravemente perjudicial tanto para el conjunto de la Nación como para buena parte de las propias Comunidades. Ah, pero que no se toquen sus privilegios, sus derechos, pues hacerlo es tan grave que rompe el consenso constitucional, ese que no se ha roto cuando, incluso con el voto autonomista, se han lesionado otros muchos derechos, bastante más verdaderos o más sólidos o más justos.

¿Qué hay de lo mío?, pregunta el Sr. Durán Lleida. Parece que es lo único que les importa. Y lo siento, porque habla muy bien, da muy buena figura en el Congreso y me merece todo el respeto. No tanto así los que, con mucha menos autoridad, se han  apresurado a copiarle.  

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Alberto de la Hera

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