martes, diciembre 6, 2022

Hambre e hipocresía

La FAO ha celebrado una reunión urgente el pasado fin de semana para debatir qué hacer ante la tragedia que viven millones de personas en el Cuerno de África. La FAO no ha dicho qué va a hacer aunque se ha comprometido a dar «una respuesta inmediata y adecuada». No hay prisa. Seguramente no sabían qué es lo que estaba pasando meses atrás ni tenían información sobre los miles de refugiados ni sobre el medio millón de niños que está en «inminente riesgo de muerte», a pesar de que ¡hace dos años! las organizaciones humanitarias empezaron a denunciar que la situación empeoraba día a día.

El Banco Mundial se ha comprometido ahora a destinar 350 millones -25 de los cuales los aportará España- pero para muchos llegarán tarde. Ya habrán muerto. La mayoría de los niños está en la fase 4 de malnutrición, es decir que han pasado por la 1, la 2 y la 3 sin que nadie moviera un dedo y tienen tan sólo un cuarenta por ciento de posibilidades de sobrevivir. Pero hasta ahora no les veíamos. No existían.

La guerrilla islamita Al Shabab niega que exista hambre en la zona, bloquea la escasa ayuda humanitaria que llega e impide que se reparta. Las imágenes que envían los fotógrafos y los reportajes que emiten las televisiones vuelven a ser la más terrible de las denuncias. Pero los ejércitos occidentales siguen en Libia intentando acabar con el dictador, ignorando la tragedia del sur de Somalia. Y la de Etiopía, que ya sufrió un millón de muertos en 1990 por la hambruna. Y la de Kenia. ¿Dejaremos que todos ellos mueran?

Somalia sufre la mayor sequía de los últimos sesenta años, una fuerte subida del precio de los alimentos, la inexistencia de un Estado, una guerra civil enquistada, millón y medio de desplazados Pero eso no ha sido de repente. Los sabían las ONGs, los países de alrededor, los organismos internacionales, los Gobiernos occidentales, libres y prósperos, a pesar de la crisis: Seguramente lo sabíamos todos. Y nadie ha hecho nada.

Ahora han llegado los periodistas y las cámaras de televisión y gracias a ellos no podemos eludir la verdad de una terrible situación. Hasta que se vayan. Durante días o, tal vez, semanas, tendremos las imágenes en las portadas y en los telediarios, crecerán las cuentas bancarias que abrirán las ONGs y todos nos doleremos de esa terrible indignidad. Y luego, ¿qué? Habrá otros asuntos. Se quedarán algunos cooperantes de Médicos sin Fronteras, Acción contra el Hambre o ACNUR y los misioneros que ya estaban y que seguirán estando como en tantos otros lugares. Y no volveremos a hablar de la hambruna en África, de unos países sin futuro, de miles de niños condenados a muerte. Vergüenza e hipocresía de una sociedad rica a pesar de la crisis, instalada en la opulencia frente a decenas de miles de niños que no tienen nada. Ni la esperanza de sobrevivir.

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Francisco Muro de Iscar

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