martes, febrero 7, 2023

Un juguete roto

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Los genios de la música moderna mueren a los veintisiete años. Janis Joplin, “Jimi” Hendrix, Morrison y, ahora, Amy Winehouse. En un documental que emite Canal Plus sobre la vida y muerte de Jim Morrison entre poesía, rock y alcohol, cuentan que el líder de The Doors se sentía atenazado por la posibilidad de morir con esa edad, esa cifra de dos dígitos, convertida en cabalística, mágica, siniestra.

Eran los años del pacifismo, las guerras y las drogas; del ácido y la heroína, de la psicodelia, el rock en estado puro y de los viajes desde los sofás hacia ninguna parte, de los retorcimientos en los rincones de la angustia, el genio y la creación de nuevas y más lejanas fronteras a las que alcanzar desde algún lugar, no tanto para llegar a ellas, como para ir flotando hacia el destino.

De es época parece que Amy heredó la tradición de la autodestrucción y del suicidio lento, aunque a ella, sinceramente, la pillara tan lejos. Quizá tuviera eso que ver con la consunción del cuerpo mediante la creación con el alma de una belleza radiante, distinta, original e innovadora, como se dice ahora tanto. Crear nuevos estilos, buscar nuevas formas, explorar en los parajes recónditos de la imaginación te puede acabar llevando a la locura personal, tan presente en las tradiciones de las vanguardias literarias de los dos últimos siglos y en esta vieja Europa que se consume entre mercados y disparos, entre las deudas y los crímenes miserables de una ultraderecha incapaz de extinguirse.

Así que Amy, compositora, cantante, diseñadora de su propio estilo, creadora de una estética musical y de un personaje social, ha caído, como corresponde, a los veintisiete años en el pozo de la muerte, el lugar profundo y oscuro del que no se vuelve ni con una canción, ni con un poema.

No hay magia, ni belleza ni pasión en la muerte inútil. Duele que esto ocurra cuando tantos jóvenes inocentes de la izquierda socialdemócrata noruega han sido acribillados por un demente. Jóvenes con compromiso y con voluntad de construir.

Los reaccionarios dirán ahora, como siempre, sus peroratas moralistas, ese encaje complejo de justificaciones y consignas que siempre terminan en anular nuestra libertad, reducir la el libre albedrío y limitar nuestros derechos mediante fórmulas que nos oscurecen entre el temor y el miedo tanto a ser como a vivir, para formar parte de un oprden perfecto.

Pero aún así, me duele la muerte inútil de Amy, por mucho que su trayecto creativo fuera inevitablemente asociado a su trayecto autodestructivo, y que su talento tuviera mucho que ver con su capacidad para hacerse daño, arrancando de sus cuerdas vocales y produciendo con su extraordinaria creatividad letras y músicas magistrales, al mismo tiempo que se arrancaba pequeños trozos de si misma, indispensables para vivir.

Como creo que para ser un genio hay que ser, necesariamente, diferente, empieza a disgustarme esta extraña costumbre de ser iguales tantos genios que idolatra la gente en las miserias de la vida y en la hora de la muerte, y siento que para ser veloz, original y extraordinario entre tanta mediocridad, pereza mental y vulgaridad tengan que acabar su vida de seres excepcionales tan pronto y tan mal.

Pero aún así me niego a juzgar y me limito a recordar y reconocer, una vez más, el talento de una chica inglesa de veintisiete años que rompió records de premios, ventas, genialidad y escándalos con la misma voracidad con la que se bebió la vida, con toda rapidez, a tragos largos tan imprudentes como majestuosos, ella, extraordinaria y ejemplar, que pronto será tan solo un mito desvanecido en el firmamento de las estrellas imposibles.

Buen viaje.

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Rafael García Rico

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