martes, febrero 7, 2023

La ley electoral

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Escribo para la gente corriente y moliente. O, mejor dicho, escribo en nombre de la gente corriente y moliente. O, mejor aún, escribo como una persona corriente y moliente.

Somos muchos, la gran mayoría, los que no conocemos bien la Ley electoral bajo la cual se celebran en España las elecciones, de cuyas resultas salen designados nuestros representantes; eso que se llama democracia. La gente como yo, ya digo, la gran mayoría, no acabamos de entender una importante serie de disposiciones de la tal Ley; y nos hacemos preguntas. Vamos a ver si soy capaz de formularlas aquí; preguntas del hombre de la calle, cosas que no entendemos bien. Por su orden.

La primera: lo de las listas abiertas o cerradas. ¿Qué lógica tiene que los votantes votemos a listas de veinte o treinta personas -atención: que van a gobernarnos  diciendo que nos representan-, personas de las que no conocemos sino a una o dos a lo sumo? Sí que tiene una lógica, la del interés no nuestro sino de los Partidos: no elegimos a personas sino a Partidos. Votamos al Partido, y éste designa a quienes van a salir con el apoyo de nuestro voto. Nosotros, al Partido. Pero eso no es democracia, es la tiranía de los Partidos, es la Partitocracia, una dictadura como cualquiera otra. El Partido, sus máximos dirigentes, lo deciden todo: quienes van a ser diputados, quienes van a ser ministros, quienes van a ser presidentes de las comunidades o alcaldes, quienes van a ser magistrados; todo. El Partido asume los tres poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial; lo controla todo; y el que se mueve no sale en la foto. ¿Por qué no elegimos a nuestro directo representante, el de nuestro distrito, y sólo a ese, cada uno al suyo, al que conocemos, en el que tenemos confianza y al que podemos exigir? No, los españoles nos hemos entregado a los Partidos. Hemos renunciado a una verdadera libertad.

La segunda: lo de las variantes en cuanto al número de votos que hay que sacar para ser diputado. Según donde te presentes, necesitarás para salir elegido en un caso treinta mil votos y en otro trescientos mil (cifras hipotéticas, pues sólo trato de señalar el hecho diferencial). Eso es injusto. En el Parlamento puede haber cinco diputados que, entre los cinco, representan a doscientas mil personas, y uno que representa él solo a la misma suma de ciudadanos. Con igual respaldo, aquéllos influirán decisivamente en la acción de gobierno y éste no podrá hacer nada. Eso es injusto, se mire por donde se mire. Eso no es democracia.

La tercera: en los países más democráticos y más serios, un Partido que no obtenga a nivel nacional un respaldo del cinco -o del tres, da igual- del total de electores de todo el país, no entra en el Parlamento. Aquí entran Partidos que a nivel nacional están respaldado por un porcentaje infinitesimal de votantes, que no tienen verdadera representatividad, que solamente sacan votos en una Comunidad Autónoma, y son los que condicionan la acción de gobierno. En nombre de sus cincuenta mil votantes deciden lo que tenemos que hacer varios millones de españoles. Eso también es injusto, tampoco es democrático.

La cuarta: los pactos postelectorales. El votante vota sin saber a quien, pues no sabe con quien se va a aliar el Partido al que ha votado. El votante vota a ciegas. No sabe si los diputados o concejales a los que votó se van a unir luego, para constituir una mayoría que las urnas no les han dado, con éstos o con aquéllos, con x, con y o con z. Y resulta que el votante no les hubiera acaso votado si hubiese sabido de antemano que se iba a producir ésta o aquélla alianza. Y más en las elecciones municipales y autonómicas. No señor. Los pactos hay que anunciarlos antes, y una vez efectuada la elección no se pueden cambiar. El ciudadano desea saber de antemano a quien está votando, y no le debe ser indiferente que luego el Partido pequeño apoye a los de un lado o a los de otro, o que luego el Partido grande se apoye en éstos o en aquéllos. Si voy a saber lo que voto, tengo que saberlo todo. Los pactos, antes; y luego nada de sorprender al incauto votante que votó una cosa para encontrarse con otra.

La gente corriente y moliente se hace estas preguntas, se plantea estas dudas. Y, visto que no se resuelven, se pregunta: ¿por qué se mantiene una ley electoral -y desde siempre- que beneficia a los partidos y no a la ciudadanía?   

Alberto de la Hera

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