martes, diciembre 6, 2022

Incertidumbres

Si acaso, entre los recelos hacia lo que pueda resultar de la revolución en Egipto –y en general en el mundo árabe- los únicos explicables como tales son los de Israel  (nunca homogéneos, como corresponde a ese país). Ello hace aflorar la contradicción manifiesta de que, siendo una democracia en alerta por las amenazas del entorno, prefiera la certeza del apoyo de dictadores pro-occidentales en sus países vecinos que la incierta deriva de un anhelo democrático.  El caso de Irán, donde el derrocamiento del Sha de Persia derivó en la situación actual del régimen islámico de Ahmadyneyad, es un precedente temible.

Pero la revolución desatada en Egipto –como antes en Túnez y en otra medida en Jordania-  no pueden sino recibirse con respeto y aliento por el mundo democrático. Sus ansias de libertad son, necesariamente, las de todos los demócratas.  Con qué derecho podría recelarse del sueño democrático que otros disfrutamos,  o desconfiar de esa ambición de convivencia entre las sociedades árabes. Cabría señalar, en todo caso, la distinta derivada de la revuelta post electoral en Irán, en junio pasado,  en la que la oposición denunciaba la manipulación de las urnas, acallada brutalmente por el régimen.  Aquellos opositores contaron con la comprensión occidental, aunque les duró poco. Enseguida se quedaron solos. También ellos necesitan la libertad.

El temor a nuestra seguridad nos hace poco generosos con las revueltas en el mundo árabe. Y los prejuicios ideológicos de algunos, con quienes aspiran a ser libres en los regimenes comunistas.   Sistemas que fueron idealizados por gentes que nunca vivirían en ellos,  como acertó a denunciar Mario Vargas Llosa años atrás.  Porque  es un hecho que la democracia no tiene contraindicaciones para nadie; sí las tienen, en cambio,  todos los totalitarismos.

¿Qué pasará? Nadie lo sabe.  A pesar de las incertidumbres de estos tiempos resulta un deber moral apoyar el deseo de libertad de la multitud en Egipto.  El científico Ilya Prigogine certificaba hace unos años “El fin de las certidumbres”, aplicado a los descubrimientos de la ciencia.  Las certezas se acabaron también en la política con la caída del imperio soviético, y ahora ante un mundo imparable entre la globalización y de las redes de internet.  La administración Obama parece entender los nuevos tiempos. Cuando no se sabe siquiera si el devenir de las cosas deparará un futuro mejor.  

Chelo Aparicio

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